¿Hoy quién aplaude a Jeanine Añez?

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Cuando Jeanine Añez entró al Palacio de Gobierno, enarbolando la Biblia, tenía una oportunidad de estar en la historia de Bolivia de una manera que trascendiera la forma dudosa en que obtuvo el primer cargo público del país. Sea como fuere, allí llegó y esta oportunidad de brillo la ha tenido.

Añez, sin duda por el sólo hecho de ser mujer en un mundo masculino profundamente machista, ha batallado para lograr ser alguien en los partidos que ha militado. En 2010 logró ser senadora por la alianza Plan Progreso para Bolivia-Convergencia Nacional (PPB-CN) y en 2015 por el partido Unidad Demócrata (UD).

Ambos resultados electorales, gracias a la paridad de género que se instituyó en el Parlamento o Asamblea Legislativa Plurinacional con la Constitución Política del Estado de 2009 que lo establece en su artículo 11 como en el 147. Y digo gracias porque de lo contrario es muy difícil que a una mujer se le dé lugar en lo público político.

Hay quienes rechazan las cuotas parlamentarias ya que las mujeres suelen ser floreros decorativos y votos útiles sin voz en el espacio político (como lo son gran parte de los hombres); sin embargo, esta oportunidad es hoy la única que asegura lugares que son prácticamente prohibidos para las mujeres. Igualmente se podría decir que para qué dar el voto a las mujeres si las políticas son machistas. Pero esta no es ahora la discusión.

Si bien Añez tenía y tiene una fuerte oposición del partido de Evo Morales y de una parte importante de la población, que respalda al líder indígena o rechaza el golpe de Estado, la actual Presidenta gozaba de un apoyo también importante de mucha gente. Apoyo de quienes, además, esperaban muy poco de ella para aplaudirla, esa población estaba ansiosa por demostrar, con ella, que no se habían equivocado. Sólo tenía que gobernar correctamente.

Añez, como Presidenta transitoria, no debía hacer grandes obras, no necesitaba hacer grandes cambios, no tenía que reconstruir una imagen deteriorada. No, poca gente la conocía y debía hacerse ver y aceptar con algo básico: hacer un gobierno correcto, suficiente, bastante con que cumpla: llamar a elecciones y mientras tanto llevar adelante la cosa pública. Sólo con eso podía haber logrado gran respaldo. De hecho, de inicio su imagen fue popularizándose y fue ganando apoyos, lo que le abrió el apetito de ser candidata, entre otras ambiciones.

La crisis del coronavirus ha sido, por supuesto, el mayor reto que cualquier gobernante ha tenido en al menos el último medio siglo y, como lo dije en un anterior artículo, éste sería el tema que juzgaría a Añez.

Hoy nadie, o pocas personas, cree que ella esté en el gobierno con el ánimo de atender los asuntos del país, si antes no ha atendido sus “asuntos” propios, lo mismo que muchas personas que le acompañan.

Han pasado seis meses y, sí, su gestión ha trascendido, pero no en sentido positivo, como podía haberlo hecho; todo lo contrario, ha trascendido debido a innumerables hechos

denunciados de corrupción, nepotismo, abusos de autoridad, entre tantos que día a día ya han hecho que perdamos la capacidad de sorprendernos. Lo que es, al final de cuentas, una pena ya que se trataba de la segunda mujer Presidenta de Bolivia.

Hoy Añez no tiene ese apoyo importante, las críticas y el rechazo le llueven merecidamente de quienes hasta hace poco le aplaudían. Hoy, donde se toca aparece el pus. Se trata de uno de los gobiernos más vergonzantes de Bolivia y así se le recordará.

He sido crítica con Añez y su gobierno desde el inicio porque no me parece correcta la manera en que llegó al gobierno. Me habría gustado equivocarme, pese a ese inicio poder decir que: esta mujer mostró carácter, mostró compromiso, priorizó a Bolivia antes que cualquier otra cosa, se preocupó también por las mujeres y las violencias que sufren, es un ejemplo de cómo se debe afrontar la crisis del Covid-19, esta mujer lo hace bien. No ha sido así, no es posible aplaudirla.

Drina Ergueta es periodista.

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