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Fundadores de la geografía

Eduardo Martínez de Pisón

Ascuas humboldtianas

Quienes nos hemos dedicado a la geografía física y al paisaje solemos manifestar cierto orgullo en tener como fundador universal de las modernas concepciones de nuestro trabajo a Alejandro de Humboldt. Sobre todo, por su obra Cosmos para las mentes analíticas, por los Cuadros de la naturaleza para los espíritus contemplativos, y, cómo no, por su Viaje para avivar el ánimo descubridor, sin desdeñar sus demás obras. Aquí, sobre todo gracias a Amando Melón, hemos estado al tanto de aquel magisterio fundacional desde hace años, en coincidencia aproximada con la consolidación entre nosotros de la geografía universitaria e investigadora. Y fue así, fundamentalmente, por la publicación en 1960 del libro Alejandro de Humboldt. Vida y obra, que ahora reimprime y renueva Urgoiti Editores, en su atractiva colección de «Historiadores», con una sólida introducción de Josefina Gómez Mendoza1.

Algunos, por edad, como es mi caso, tuvimos a Melón de profesor en aquella fecha. Y, además, al ser también don Amando director del Instituto de Geografía Juan Sebastián Elcano, del C.S.I.C., donde poco después fui becario, viví esta referencia humboldtiana de modo bastante directo. Incluso, la revista de este Instituto, Estudios Geográficos -eje de la investigación geográfica española durante muchos años-, había dedicado un número especial en 1959 a Alejandro de Humboldt. Conviene añadir que giraba esta concentración del interés por Humboldt en 1959 y 1960 alrededor de la conmemoración entonces del centenario de su fallecimiento.

Hay obras, en este mundo de las ciencias y las letras, que se pueden leer sin pérdidas con independencia de quiénes fueron o son sus autores

En fin, al incorporarme a la universidad de la Laguna en 1978, tuve en mis manos y leí con verdadero interés la obra de Alejandro Cioranescu, también editada en 1960 y reimpresa en aquel año, Alejandro de Humboldt en Tenerife. El espíritu del maestro me perseguía. Y de ese trabajo recuerdo una observación de Goethe sobre nuestro fundador que viene a cuento repetir ahora por referirse a la ingente multiplicidad de la obra humboldtiana: «Por doquier se le pregunte, está en su casa y nos abruma con tesoros de sabiduría. Parece una fuente con muchos caños, donde solo hace falta llevar muchos cántaros».  Y añadía Cioranescu que, por ello, para estudiar realmente a Humboldt, haría falta ser otro Humboldt. Y esa raza desapareció con él.

Hay obras, en este mundo de las ciencias y las letras, que se pueden leer sin pérdidas con independencia de quiénes fueron o son sus autores. Hay otras que ganan sustancia conociéndolos y las hay que quedan dañadas cuando se averigua cómo son o eran los que las produjeron. En el caso de Humboldt, su biografía, sus estudios, planes, personalidad, método, vicisitudes y viajes son hechos indispensables para entender no solo el marco que le permitió emprender tan notables trabajos, sino sus mismos datos y razonamientos, pues ambos están basados en su directa experiencia de la naturaleza -como la americana- y en su mundo intelectual y artístico -como el frecuentado por Goethe, Forster, von Buch, Heyne o Schiller-. Cuenta Melón que, al volver Humboldt por Gotinga, tras su viaje por América, se reunió con «Gay-Lussac y Leopoldo Buch; visita, puede decirse, en la que se conjuntaron el que más había viajado (Humboldt), el que más había subido (ascensión en globo de Gay-Lussac) y el que más había descendido (Buch, en las galerías mineras)».

Así que el libro de Melón, una biografía científica de Humboldt, entendido como geógrafo, permitió acceder a mi generación a la figura del maestro para comprender mejor su obra y para animarnos a frecuentarla o incluso a seguirla. Su recuperación hoy parece tener, pues, dos propósitos: uno, contribuir a la historia de la geografía general, por un lado, y más específicamente a la española, por otro, con una pieza bastante fundamental, quizá olvidada o escondida; y, dos, reavivar, más de sesenta años después, las ascuas humboldtianas actuales, que no han cesado de humear, con la propuesta de una vieja lectura en la que se puede seguir aprendiendo.

Historia de la geografía

Pero, para estar bien conducidos en esta recuperación, era necesaria una introducción actual y a la vez desde dentro de Humboldt, de Melón y de la geografía. De todo ello se ha encargado Josefina Gómez Mendoza con juicio experto y con mirada doblemente académica, es decir, con rigor investigador y con la proximidad otorgada por pertenecer tanto Melón como Josefina, cada uno en su tiempo, al estamento de los sucesivos geógrafos miembros de la Real Academia de la Historia. De este modo, al trazar la biografía profesional de Melón, Gómez Mendoza narra el nacimiento y la consolidación, vinculados a la figura de don Amando, de la geografía universitaria y científica en España. El libro aparece, así, como páginas en una historia de nuestra ciencia que convenía recobrar en su contenido, trazar en su contexto y difundir entre los estudiosos actuales.

Humboldt y Bonpland al pie del volcán del Chimborazo, de Friedrich Georg Weitsch (1810).
Humboldt y Bonpland al pie del volcán del Chimborazo, de Friedrich Georg Weitsch (1810).

Los que conocimos a Melón tenemos un excelente recuerdo personal de él. Algunos alumnos de letras temían su lado científico (o humboldtiano), como cuando les hacía calcular la epacta, pero su trato era siempre cortés y cordial. Fue un hombre de ideas libres, afable de trato, incluso acogedor, persona culta y reconocida, profesor serio y competente, frecuentador de la ciencia y de las letras, amante del arte, gran lector y abundante escritor, investigador tanto de la geografía histórica (el territorio en el tiempo) como de la historia de la geografía (donde se encuadra su interés por Humboldt). Recuerdo, así, con interés y agradecimiento personal sus clases, su dirección intelectual en el C.S.I.C, su conversación, sus trabajos y sus consejos, junto a Manuel de Terán. Más conocimiento directo de Melón tuvieron, como es lógico, sus colegas geógrafos y la generación de primeros discípulos universitarios, como, entre otros, los profesores Casas Torres, Arranz Cesteros, Rubio Recio, Cabo Alonso, García Fernández, López Gómez o Quirós Linares.

Sitúa Gómez Mendoza el rescate de este libro en el cuadro científico y profesoral que procede del inmediato ascendiente geográfico de Melón en la Universidad, Eloy Bullón, quien, llegado a la geografía desde la historia, ajustaba ya el peso real del medio natural en la causalidad científica, entendiéndolo como no determinante, y recomendando como método pasar las interpretaciones generales por la prueba del análisis regional, según venía haciendo la escuela francesa de Vidal de la Blache. Melón, por su parte, con similar origen, estuvo interesado particularmente en los viajes geográficos de los siglos XV y XVI, cuando la ampliación del conocimiento geográfico de la Tierra fue en buena medida llevada a cabo por los descubridores, exploradores y cronistas españoles, con dedicación a los de Juan de la Cosa, al de Magallanes y Elcano y a la notable aportación de Acosta, entre otros, situándolos en una historia más amplia de la geografía, que incluye la etapa modernizadora de Humboldt. Atendió también don Amando al proceso de las divisiones territoriales en España hasta la implantación de las provincias y sus fuentes históricas.

El interés por Humboldt como figura decisiva en esa historia de la disciplina se concretó, finalmente, en diversos artículos sobre sus aportaciones y en su relación con Germán Bleiberg (quien luego dirigiría un amplísimo Diccionario geográfico de España) y la tesis de este en 1958 sobre el sabio alemán y su relación con España, dirigida por Melón, acudiendo ambos a Berlín en 1959 a los actos organizados con motivo del centenario de Humboldt. Al constatar Melón el hueco existente en la bibliografía sobre tal relación en su viaje peninsular, canario e hispanoamericano, tomó la decisión de realizar su aportación desde esta perspectiva y en conjunto, en forma de libro. Yo conocí en mis inicios profesionales -creo que era aún estudiante- también a Bleiberg y colaboré en varias voces de dicho diccionario a partir, tardíamente, de la letra T. Así que asistí desde una juvenil periferia a aquella eclosión humboldtiana, que me pareció absolutamente normal entre mis eruditos maestros. Hay que tener en cuenta que el Instituto Elcano permitía por las tardes asistir a seminarios específicos de gran calidad, incluyendo a estudiantes interesados en la materia, y a tratar con cercanía y mayor profundidad a los profesores que en la mañana de la universidad estaban obligadamente a parecer más distantes.

Era, sin duda, una tarea necesaria la que emprendió Melón, pero compleja, pues la obra de Humboldt, por su amplitud y con tanta acumulación y cruce de materias, no se deja meter fácilmente en la redoma. No obstante, el autor venía preparado por sus anteriores trabajos monográficos alrededor del sabio alemán. Que se embarcara en ella y lograra ese acercamiento desde la geografía fue además, desde luego, un acierto. Allí estarán, por ello, el reconocimiento de la meseta como unidad fisiográfica que arma la península ibérica o el perfil de la vegetación de Tenerife, que sigue el procedimiento del conocido corte de «les montagnes vivaroises», realizado por Giraud-Soulavie en 1784 (pisos descendentes de cumbres, grandes árboles, castaños, viñas y olivos) y que Humboldt llevó y adaptó al Teide, hasta llenar de nombres de plantas su dibujo y el del Chimborazo. Es un hecho feliz que, andando el tiempo, en 2019, un reconocido estudioso actual de la obra humboldtiana, Puig-Samper, escribiera un supuesto e inexistente diario secreto de Humboldt en España, reconstruyendo así literariamente, pero con verosimilitud, el recorrido por nuestro país del gran geógrafo viajero. Claro está que este investigador tenía en su haber rigurosos trabajos sobre la estancia de Humboldt en España y su contribución a la geografía peninsular, así como sobre la investigación humboldtiana en España, donde naturalmente se encuentra el libro de Melón. Como prologué ese libro de recreación, nuevamente me vi implicado lateralmente en los avatares de Humboldt y los humboldtianos. También, entre otros repetidos encuentros, admiré públicamente en 2012 la cuidada edición que hizo Nicolás Ortega de las Vistas de las cordilleras. Con este comentario a Josefina Gómez Mendoza en su rescate de don Amando, culmino en 2021 mis giros casi perpetuos, pero excéntricos, alrededor del fundador y de sus estudiosos, intérpretes y seguidores.

El autor y su personaje

Pone al día Josefina con maestría la obra de Melón, repasando lo sustancial de lo mucho publicado desde entonces y anotando minuciosamente a pie de página el texto de don Amando. La geografía se implanta como un orden de la naturaleza, los lugares se enlazan con los sistemas y con las clasificaciones desde otros principios. Esta es una idea eje en la aportación humboldtiana, por ejemplo, a la botánica, y el naturalista debe abordarla y aplicarla directamente mediante el viaje mayor, que en su caso será el equinoccial. Y tal viaje fue para Humboldt, como se dice también en la introducción que ahora comentamos, la obra de toda su vida, planeada ya desde América y sostenida con un tesón extraordinario. Su excepcional conocimiento del cosmos le permitió utilizar lo que se ha llamado «geografía comparada», con analogías de lugares que remiten a las fuerzas, tiempos y estructuras planetarias generales que toman formas concretas. Sus cuadros de la naturaleza, en fin, nacidos también de sus viajes y de su capacidad de entendimiento global, no son sino anticipos, con nombre romántico, de los paisajes geográficos, los conjuntos morfológicos y dinámicos en los que se presenta la superficie terrestre, animados por la mirada del observador y su cultura. Escribía Humboldt que el sentimiento espontáneo de la solemnidad de la naturaleza era el presentimiento de su orden y sus leyes. Tal vez deba confesar que esta es la geografía que me gusta.

Humboldt y Bonpland en la selva amazónica del río Casiquiare, de Eduard Ender (c. 1850).
Humboldt y Bonpland en la selva amazónica del río Casiquiare, de Eduard Ender (c. 1850).

Resume Gómez Mendoza el legado de Humboldt en los siguientes términos: presentación estética, geografía, comparación, transversalidad y universalidad. Buena parte de todo esto se encuentra detrás, de modo tácito o explícito, de los planteamientos de la geografía que algunos hemos continuado manteniendo en parcelas accesibles hasta hoy mismo. La mirada al pretérito está, por tanto y en este sentido, justificada. Otra cosa es comprender su aportación en su concreta circunstancia histórica. El hecho de que Humboldt naciera el mismo año que Napoleón, al que profesaba profunda antipatía, es expresivo, respecto a lo primero, de por donde transitaban la Francia y la Europa al menos en una parte de su tiempo y, por lo segundo, de su buen juicio. La España de entonces, recreada por Puig-Samper, no era de fáciles recorridos, ni la navegación por el océano era sencilla ni menos aún los largos trayectos americanos. Esto tiene también su mérito viajero y funda un estilo naturalista de campo y un método de observación directa no reñido con el sentimiento de la naturaleza. Pero Humboldt, por supuesto, no descubrió España ni tampoco América: encontró, además de paisajes, civilización, acogida, cultura y sabiduría y tuvo egregios predecesores en el ámbito de las ciencias naturales y la exploración. Supo verlo, sistematizarlo y luego difundirlo por el mundo, todo ello magistralmente, en una labor ingente, de tal modo que hizo que los descubridores fueran entonces sus lectores. 

En el bastidor de ideas de la geografía española se requería, al mediar el siglo pasado, la plasmación de dos grandes temas teóricos, además de precisar objetivos y métodos, que abordaron Melón y Terán. El primero, con esta obra sobre Humboldt, el fundador, y su específica relación con la España continental, insular y de ultramar. Y el segundo, poniendo al día y razonando, en 1957, la cuestión sobre la causalidad en geografía humana, indispensable para optar por una línea epistemológica correcta. Los dos trabajaban conjuntamente y en sus propias parcelas en el Instituto Elcano.

Melón, consciente de la importancia teórica de su asunto y de la incorporación de su perspectiva, tan clave como infrecuente, a la bibliografía humboldtiana, divide su libro en etapas de la vida y obra del sabio; la primera comprende la formación y el viaje a España, la segunda su gran viaje de 1799 a 1804 por Venezuela, Cuba, Nueva Granada, Quito, Perú, Nueva España, de nuevo Cuba y Estados Unidos, la tercera en París y Berlín con publicaciones y su «Serie Americana», y la cuarta y última, con su viaje a Asia y la edición del Cosmos. Voy a resaltar aquí con brevedad, al hilo de la exposición de don Amando, algunos hitos de sus viajes y obras que siempre me han atraído: su ascensión al Teide, el gran viaje americano, la «Serie» derivada y ese Cosmos final.

Pone al día Josefina con maestría la obra de Melón, repasando lo sustancial de lo mucho publicado y anotando minuciosamente el texto
de don Amando

La escala de Humboldt en Tenerife le puso ya en una primera conexión, como un prólogo, con los paisajes de ultramar. Aún llevaba el viajero europeo al Etna como modelo de volcán y le esperaba el Chimborazo para entender lo que era un gigante andino, pero el Teide, muy elevado en continuidad con la isla sobre el mar, con carácter subtropical, fue su oportuna estación intermedia y su banco de pruebas para comprobar el contenido real de su formación neptunista. Sin duda, la influencia de los recorridos alpinos de Saussure fue también directa. El Teide venía siendo un símbolo cultural desde el Renacimiento y, por ello, tiene su propio ciclo de viajes con su edad de oro en la Ilustración, en muy buena medida gracias al relato de Humboldt de su ascensión. Pese al mito persistente de ser la más alta montaña del mundo, la primera narración de una subida al Teide es de Torriani (1587 o 1588), aunque le antecede una descripción mesurada de su cumbre del mercader Thomas Nichols (entre 1557 y 1560). De 1650 es una detallada Relación del Pico de Tenerife, que describe de forma bastante pormenorizada el itinerario seguido por unos mercaderes hasta la cima. Baudin había estado también poco antes que Humboldt, en 1797, tomando altitudes en el área cimera del volcán.

Por tanto, cuando asciende Humboldt, el Teide era ya un lugar consagrado para viajeros y naturalistas. Según el relato de Torriani, la subida requería veinticuatro horas a caballo y dos andando, con su sector alto sin «calle ni sendero», padeciendo el caminante el mal de altura, estando coronado el cono por un cráter con fumarolas. Atravesó Humboldt igualmente el «Llano de las Retamas» y el «Malpaís», durmió en la «Estancia de los Ingleses», subió de noche por la falda iluminado con antorchas y alcanzó la cima con tiempo frío y ventoso, y ponderó, como hacían los viajeros del Etna, la altitud y las vistas. Recolectó la violeta del Teide, se hizo cargo de los pisos de vegetación de la isla entera y al anochecer ya estaba en la Orotava. La siguiente expedición célebre -hubo más- al Teide sería la de Berthelot en 1827, otro hito en una historia de viajes que no ha cesado hasta hoy. Pero el paso de Humboldt, con todos sus significados, y con su pormenorizada descripción, pese a su carácter pasajero, es el jalón sustancial del ciclo literario y científico del volcán.

Respecto a la citada etapa del «Gran Viaje», Melón sintetiza en un relato ameno las peripecias, contactos, estancias y excursiones de Humboldt y Bonpland por continente e islas. Recoge la primera impresión de los científicos, que fue feliz, bien acogidos, entretenidos por las historias sísmicas, las plantas, la observación de un eclipse, mediciones de cuanto encontraban a su paso, alguna expedición por «angostos senderos» y su exploración del Casiquiare y el Orinoco. Más adelante reseña el encuentro con Mutis en Santa Fe, con Caldas en Quito -en este caso con posterior desencuentro- y con los grandes volcanes, especialmente el Pichincha, junto a la ciudad, y el Chimborazo, con gran aventura. La ascensión de Humboldt hasta altas cotas del Chimborazo es expresión tanto de su método de observación científica como de su afán por experimentar la vivencia de la elevada cordillera. Pasa seguidamente al Perú, donde recibe la impresión de la selva, otra vez de la altitud, del desierto y el océano, para viajar luego a México y observar nuevamente los volcanes. Replegado a Europa, retoma estepas, desiertos, ríos, cataratas, bosques y volcanes, que se plasmarán en un primer resultado geográfico paisajista, los «tableaux de la nature», expresión del arte que conviene decir en francés por sus raíces, trasladada a las composiciones espontáneas de la naturaleza.

Y, en París, en continuidad, iniciará la «Serie» de publicaciones de su primer amplio proyecto vital y profesional como escritor, con la redacción de su Voyage aux régions equinoxiales. Melón realiza aquí una exposición amplia y sistemática de la aportación humboldtiana entre 1805 y 1834, vinculada principalmente a aquel «Gran Viaje» que hizo de él un geógrafo y de la geografía una ciencia y una sabiduría. Estudia Melón la botánica descriptiva en la obra de esta etapa, sus observaciones, operaciones y medidas, sus atlas y, en las Vistas de las cordilleras, su interés añadido por la ilustración, el arte, la arqueología y los paisajes singularizados. Humboldt parece con ello pretender llevar al lector con él de viaje y comentar directamente, en presencia de la «vista» representada, lo que esta significa. Desde los cronistas de Indias a las exploraciones científicas del siglo XVIII y, de nuevo, desde Humboldt hasta Darwin, los paisajes americanos han nutrido y cambiado de modo esencial el conocimiento del mundo. Nicolás Ortega ha señalado que en las Vistas de las cordilleras se expresa además particularmente la orientación paisajística que ya se encontraba en los Cuadros de la Naturaleza. No son grabados que ilustran un texto geográfico: con ellos se da prioridad a las imágenes y se recurre a la escritura para comentarlas. Al reunir estas vistas valores culturales y naturales se enuncia su complementariedad como componentes mixtos del paisaje. Se trataba, en suma, de mostrar gráficamente el lejano legado americano, de volver conocido lo desconocido: una selección en un caudal de desiertos, quebradas, volcanes, costas, selvas, mesetas, ríos, nevados, sabanas, esteros, cascadas, pajonales, fosas, punas, páramos y glaciares. Este libro es, pues, ante todo, una obra visual. Mis láminas preferidas en él son el volcán Cotopaxi, las dos vistas del Chimborazo, el Pichincha, los basaltos columnares de Regla y el cráter del Teide (licencia del autor, puesto que no está en América).

La escala de Humboldt en Tenerife le puso ya en una primera conexión, como un prólogo, con los paisajes de ultramar

La geografía de las plantas, a la que dedicó Humboldt un ensayo particularmente interesante, no es una sección más de su visión enciclopédica, pues tiene que ver con una idea central en la geografía, luego repetida y que llega a nuestros días, que sitúa el componente vegetal en el centro de relaciones del paisaje y lo expone como su manifestación más expresiva. A todo ello añadió Humboldt, finalmente, su capacidad como historiador, quizá su aportación más comentada, en relación con su Ensayo político tanto sobre Cuba como sobre Nueva España.

La entrega vital, intelectual y casi final de Humboldt al Cosmos está contada por Melón con agilidad y precisión, desde las conferencias multitudinarias que dieron pie al proyecto hasta su largo, laborioso y reiterado proceso de confección. La muy ambiciosa idea de tal plan era ofrecer los resultados propios de su concepción unitaria y global del orden de la infinita variedad de la naturaleza, entendida como un Todo. Algo parecido a una aspiración de armonía final, tal como se expresa una obra de arte. En palabras de Melón: «discurre la descripción de Humboldt desde los más remotos espacios siderales hasta los más profundos abismos de la tierra». Y así pasan por sus páginas nebulosas, estrellas, rocas, continentes, volcanes, océanos, nubes, plantas, fieras, seres humanos y hasta el espíritu y la inteligencia.

El tomo primero del Cosmos es la reunión de tal sistema, que se ampliará en los restantes formando el conjunto una gran espiral. El resultado es tan extraordinario e irrepetible como el mundo. Su capacidad de éxito se funda, a la vez, en la profundidad del sentimiento de la naturaleza, en la expresividad de su pintura de los paisajes y en el acopio y concatenación de innumerables conocimientos geográficos y físicos. Parece responder tan monumental respuesta a una poderosa llamada de la naturaleza, cuyo espíritu afincaba entonces en Rousseau, de Saussure y Bernardin de Saint-Pierre, anidados bajo la masa de datos de observación razonada, inmediata e instrumental de los paisajes. Y cumplió con un afán ilustrado y romántico de poseer una decantación de los conocimientos, del saber sobre la naturaleza. El legado final de esta obra de Humboldt será, de este modo, tan sugestivo, profuso, inmenso y abrumador como el mismo universo del que trata. Esta fue la fundación de la geografía moderna, dotada de universalidad, paisajismo, rigor, espíritu viajero, una oferta de mapas, textos, notas e ilustraciones como una devolución del mundo al mundo.

Publicado en Revista de Libros

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