“Prefiero cometer una injusticia antes que tolerar el desorden”, decía Goethe. En tanto Santo Tomás sostenía que la ley humana debía ser obedecida aun cuando no fuera del todo conforme con el bien común, es decir, aunque constituyera un daño “por razón de la conservación del orden”.
Las máximas goethiana y tomista son apreciaciones del orden no como fin de la fuerza, sino como un valor en sí mismo, previo a la justicia. El orden proporciona los mecanismos, las garantías y las normativas necesarias para que la sociedad pueda convivir y dirimir sus conflictos.
Rousseau planteó, en contraposición a Thomas Hobbes, un estado primitivo -anterior a la invención de la propiedad privada y la división del trabajo, que forzaron la creación de normas sociales-, en el que los humanos eran libres e independientes (“libres de cadenas políticas o morales”). Un estado pacífico por no estar sometido a una soberanía, a un orden impuesto.
Menos idílico, el estado de naturaleza en Hobbes no era un asentamiento hippie del poder de las flores, sino un campo de guerra de todos contra todos; “una condición constante y violenta de competencia en la que cada individuo tenía un derecho natural a todo, independientemente de los intereses de los demás”. La ausencia de una autoridad superior que resolviera disputas, a diferencia de lo que creía Rousseau, hacía que reinara el temor y la desconfianza mutua, lo que imposibilitaba el comercio y la cultura…
Afortunadamente, el desaparecido filósofo inglés ya no puede pasearse por Caracollo o Senkata. No habría resistido la tentación de retractarse de su propia tesis: incluso cuando elegimos una autoridad política, un “Leviatán”, supuestamente renunciando así al estado de naturaleza, nos es más cómodo volver a ese lugar de origen en el que no existen reglas, el derecho natural individual no es transferible y no se aspira a una amistad cívica.
Abundan los roussonianos new age (estos días hemos recibido unos cuantos de Argentina) que, por sentimiento de culpa, idealismo tuerto, compromiso económico o simple impostura, insisten en que las de su lado son personas sin mácula (Rousseau pregonaba que en el origen vivíamos guiados por el instinto y la compasión, siendo moralmente buenos, y que la civilización había corrompido esa bondad). Pero no, esto que vivimos por más de cuarenta días se parece más al estado de naturaleza de Hobbes. Un estado de caos similar al que existía antes de la creación del contrato social, en el que el derecho al libre tránsito, a la salud, al comercio, a la cultura, a la educación o a la alimentación ya no son reconocidos y protegidos por el Leviatán, que ha cerrado su despacho, sino que son disputados entre los propios miembros de la comunidad. Y en el que, siguiendo las premisas hobbesianas, los más fuertes llevan las de ganar. Como llevan ganando.
Uno de los peores efectos del desorden es la incertidumbre. Al estar huérfanos de mando, los ciudadanos impotentes actuamos a ciegas, sin saber qué esperar ni cuánto más se perderá. Por eso Cicerón valoraba la certeza, a la que definía como “la capacidad que tiene el Derecho de permitir a los ciudadanos prever con seguridad el comportamiento que en relación con sus actos tendrán los otros ciudadanos y los órganos del Estado”. Eso, cuando hay Derecho, pero más que nada, cuando hay quien lo aplique.
En Bolivia no hay certezas. Y a estas alturas ya no sabemos si la convivencia pacífica es posible. Si podemos renunciar a nuestros intereses individuales en favor de un bien común. Si las políticas identitarias (que celebran, por ejemplo, las arengas de que solo algunos son “los dueños del país”) dejarán de promover la valía de una minoría, despreciando la valía de los demás.
El carácter público de las reglas asegura que quienes participan en una sociedad sepan qué limitaciones de conducta pueden esperar unos de otros y qué acciones son permisibles. Hay pues una base común para determinar las expectativas mutuas. Solo que los bolivianos, por lo pronto, no compartimos expectativas. Mientras algunos aguardan recuperar el poder del que gozaron por veinte años, otros esperamos un orden. Volver al Derecho (esa función ordenadora real y superadora del caos), que es el medio necesario para realizar el orden, sin el que tampoco puede haber justicia. El orden es esencial para conseguir seguridad y equidad (Goethe diría que el caos imposibilita la aplicación equitativa de cualquier ley). Y a veces, de tanta falta de orden, la gente clama por seguridad, incluso si injusta.
Escribo esta columna desde la incertidumbre. Que el Estado cierre las cortinas me hace suponer que seguiremos sin gasolina ni alimentos, y también sin dejar el estado de naturaleza al que retornamos de tanto en tanto.
Para Hobbes, el estado de naturaleza es una amenaza remota. Dado que el poder del Leviatán es indiscutible, su colapso es muy improbable. Solamente se produce cuando ya no es capaz de proteger a sus súbditos…