Mi Biblioteca de Alejandría

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Allá va una máscara Punu, de Gabón; allá un libro de Sánchez-Ostiz. Las cajas devoran todo, gentes, tejidos, repujados afganos en metal. Un jarrón chino de laca roja se va para una casa cercana; las máscaras de zorros chaqueños, de aguará guazús, tucanes y armadillos, viajan en el auto de mi hija. Quedan en el reborde los clavos pequeños que las sostenían. Es Mad Max y la guerra del fin del mundo.

Recurro al maestro Bakunin mientras aplico la tea cuyo fuego arrasa los cimientos de lo que fuera un museo privado, nuestro. Aksus de Salinas de Garci Mendoza, oscuros tejidos de Chayanta, un chumpi rosado, de origen desconocido, que usaba mi padre cuando lo operaron de la hernia de disco. Canastas amazónicas que enviaron los deudos de Ligia. Y la música, Mozart que se insume en el fondo junto a Bonny Alberto Terán. Es renunciar al sonido, quizá, a condicionar el cuerpo para el ruido de aviones y el tracatraca de los trenes que tal vez nos cargan al paraíso del arbeit macht frei. Pero hay algo dulce en semejante destrucción, en aplastar los álbumes de sellos cuya memoria va hasta 1967 y unos camellos libaneses que mamá trajo del colegio para iniciar un vicio que perduró a las mujeres y muere hoy. Colecciones ya nunca a ser abiertas de nuevo; ruina armenia en las orillas del lago Van, con el mismo polvo, la adustez genuina y fría de la muerte. Algo dulce porque prefigura el descubrimiento de lo nuevo, alguna cadera lusitana (a decir de mi amigo Maurizietto) recostada en trapos rojos y mostrando un sexo carmesí que se diría boquita pintada, o Matisse. Callejas inundadas de vino negro, olor de mar, una cama que mira a la ventana desde donde ya no se ven, por más que lo intente, los Estados Unidos. Si el fin del tiempo, no puedo decirlo; el principio, sí. De extensión ignota. Un fado suena en la noche del puerto. Y aunque se dijera que huele a triste, más bien a perfume, a azahar, a piernas blancas.

En el desorden se conjugan papas rojas de un negocio falleciente. Los asados no han de oler a mejorana, ya no más. Mientras ríen los alebrijes y Ezra Pound recuerda la casa de Cingolani en el río abajo, mirando a las montañas del diablo.

Pongo música de fiesta, vallenato que cubre los vacíos que quedan en las paredes. Arrojo una máscara maliana al piso, cerca de la caja de cartón. Ejecuto como verdugo los elefantes de piedra. Se rompe el vidrio que cubre un afiche de Miró. John Lennon llora detrás de la puerta. Lo escucho, ij, ij, solloza, y lo encierro, lo dejo detrás con el murmullo de la lavadora que limpia pantalones.

Alegría, alegría, que se viene el carnaval. Aprecio la danza de los coyas en las quebradas calchaquíes. Una mujer nativa, shoshone quizá, amamanta su niño en un dibujo ocre en piedra. Marionetas balinesas, el gorro de un niño afgano que mi esposa me regaló cuando los cumpleaños se festejaban.

Todo cae a la olla; cuece una caldosa de culturas y vida atesorada. Al fin, de todo esto, quedará un dibujo de Lander Zurutuza para afirmar que existió, que fue verdad, que en ese simple apartamento de patio con maderas sonaba Haendel a la vez que el martillo aseguraba a la pared un grabado napoleónico. Todo esto que pasa, me dice Maurizio, es otra vez repetida Ana Karenina. El dolor no viene de hoy, viene de ayer, desde Tolstoi y mucho antes.

Cuentas de luz y de teléfono se apilan sobre el ordenador. El jabón de lavar se convierte en cáscara seca. Me digo: hay que limpiar, pero, incrédula, desde el muro del sur, encima de los discos compactos, una oscura máscara Bozo de murciélago parece sonreír. Enciendo el televisor: Ligia ejercita pasos de baile en el mezanine del Café Fragmentos. Negro cabello, casi azul. Pies y pechos descalzos. En el piso dormita una famosa foto de Osip Brik con anteojos; suenan bocinas en la calle Ecuador. El reloj se ha detenido. Se quiebra la mañana como un delgado femenino cuerpo italiano.