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Francisco Cajías de la Vega / Cuento

“Delfín del mundo”

Mi nombre era Delfín Loza. Ese había sido mi problema.

En mi rutucha, mi tío Andrés no quería cortarme mis pelos. Delfín –decía –, cómo pues, Delfín. Problema va a ser. –De borracho sabe lo que habla –decía mi mamá. Mi papá igual, como nada. –Está bien Delfín –decía.

De Delfín me he quedado. Sin problema, hasta que me he casado con la Ángela y han pasado tres años y ni sombra de hijo. Sembrando y sembrando y ningún fruto. Como si fuéramos tierra estéril.

Mi padre decía que era culpa de la Ángela, que ella estaba pagando por haberse metido con un hombre que la había despreciado y olvidado. Que después de eso ya nadie la podía querer. –Sólo el cojudo de mi hijo–repetía, hasta delante de ella.

De que el Juan se ha ido a Chile y no ha vuelto, dos años la Ángela se ha quedado muda. Otra noche yo estaba tocando y recién ha abierto su boca. Con mis músicas ha cantado y gritaba –Ángela, Ángela –. Mudos se han dormido los borrachos. Esa noche nos hemos acercado. Al mes hemos casado.

A la Ángela recién le he hablado cuando ya nadie le hablaba, cuando la despreciaban. Para chipayas, una mujer tocada y luego dejada no sirve ya para nadie más, no sirve ya para nada. Sólo para quedarse sola. Pero yo me le he acercado.

Tejía mejor como nadie, hacía chuspas con colores, fuerte, tan bonitos. También cantaba, delgadito hacía como huecos en las paredes. A mí, mi abuelo me había enseñado los siete temaria de los chipayas. A mis diez años ya conocía. La Ángela también conocía. Esa fue otra desgracia. Tocábamos cualquier cosa, pinquillo, tambor, cantábamos, cualquier cosa. En Todos Santos, en Carnaval, siempre. Los dos. También con todos.

Para trabajar y trabajar, también buena era. Nunca me hacía faltar. No importaba dónde me tocaba el trabajo, siempre tenía lista la merienda. También sembraba y cosechaba. Nunca le salía una queja. En su mano les daba de comer a las gallinas, al amanecer.

Llevaba los chanchos hasta el río y los recogía ya cayendo la tarde. Tejía colchas… hasta sombreros me hacía. Nunca se quejaba, siempre estaba alegre. Sobre todo cuando cantábamos y ella gritaba –Ángela, Ángela –.

Pero ya tres años han pasado y ningún hijo. Hasta he comenzado a pensar. –Tendrá razón este mi papá– he pensado. Pero el Bernardino me ha dicho –No es ella, eres tú. No por Delfín, sino por lo de Loza –. Esa noche que me ha leído la coca. –Sobre la loza no crece nada, te tienes que cambiar –, ha dicho, hasta con pena.

Don Bernardino siempre me ha querido, siempre le gustaba los siete temaria de los chipayas. Siempre se quedaba hasta el final, escuchándome tocar. Pero siempre ha sabido decir la verdad.

Al otro día, me he perdido. En cerro pelado he tenido que dormir. A los pies del Sajama. Frío era. De dos días ya estaba perdido. A un lado y otro he caminado. Peor, más perdido. Más cansado. Una cueva he encontrado. Ahí me he echado.

De dormido estaba y la tierra parecía como lodo. Me ha chupado. Ahí me he aquietado. –No corras– me ha dicho. La cueva… una voz, ¿qué sería? –¿De qué te preocupas? –me ha dicho –¿acaso la tierra te ha desamparado? Mirá lo que tienes –me ha dicho –, no mires lo que no tienes –me ha dicho.

La otra mañana como fuerte me he levantado, como con energía. Al tiro he llegado a mi casa. Al otro día me he ido a Oruro.

Esa vez cuando de tránsito trabajaba en Oruro, mi pito lo he perdido. Justo ese día mi sargento ha venido a vigilar. Ese rato un camión se ha pasado. Prrrrrrr, he hecho, y el camión se ha parado. Después, mi sargento me ha encarado. –¿De dónde has sacado ese pito, con qué pito has tocado? Con mi boca he hecho –le he dicho. –¿Acaso? –ha dicho. De ese día, después meses he trabajado sin pito, sólo con mi boca. Se ha reído.

Ese sargento, único bueno era. Con él me he sincerado. Delfín también se llamaba. Me ha comprendido. Para mi carnet me ha ayudado. –Delfín Ramos o Delfín Flores, ¿cuál prefieres? –Flores, nomás, mi sargento –he aceptado, riendo.

Ni una tarde ha tardado. Foto me han sacado. Otro papel he firmado. Más rato, ni una hora sería, – Ven, Delfín –me ha llamado. Hasta el patio me ha llevado y este otro carnet me ha dado.

–Un platito nos serviremos –le he dicho. –Ya –me ha dicho. Con el otro sargento más hemos ido. Ranga nos hemos servido. Después hasta doce cervezas he pagado. –Al baño iré– les he dicho y me he escapado. Mi laque he vendido, mis botas he vendido, para el pasaje.

Me he vuelto. Hasta ahora debe seguir renegando mi sargento. Grave.

Ese año la Ángela mellizos ha tenido y al otro año otros dos mellizos. La Ángela los cargaba. –Parecen como sus ramos del Delfín Flores– reían mis compadres. Ya ese rato me tendría que haber quedado feliz.

Si quiero cantar, quiero cantar. Todo dejo. Si estoy aporcando o estoy sembrando, igual. Acabo rápido y me voy. La Ángela ya me sabe. Antes que yo llegue ya está lista. Aunque sea sola se pone a cantar. Después, horas estamos cantando.

Igual ya no es lo mismo. –¿Para qué estamos entrenando? –hablamos. –¿Acaso va a haber fiesta… acaso alguien va a acompañar? Puro evangelista ahora es–.

Primero, ese Jimi Olsen había llegado en su jeep. Había hablado de la Biblia y había repartido harina. Después, con avioneta ha llegado. Daba tres vueltas y luego aterrizaba en la cancha, al lado de la laguna de los chanchos. Tenía lista de los que ya no tomaban. Premio daba. De tres, de cuatro subía en la avioneta y los llevaba a volar, a conocer el cielo. De ahí ya bajaban convertidos.

No había caso de hablar con nadie. Ni mis amigos ya querían tocar los siete temaria conmigo. –La música es yunta del alcohol– me decían, y no me hacían caso. Nunca antes habíamos peleado. Así ahora vienen y me dicen que estoy endemoniado, que cómo puedo estar hablando con el cerro. Antes juntos íbamos.

Los cerros hablan… callados te dicen. Cuando quiere, de nuevo habla. –No corras, no te preocupes– me dice. Y me quedo a dormir y de nuevo estoy como bien, como si no pasara nada. Pero después vuelta estoy como mal.

Ahora estoy pensando que más grave que el Loza, más grave es el Delfín. Mi papá decía que había escuchado de España, que así les ponían los reyes a sus hijos, que por eso me había nombrado Delfín. Pero ahora digo que ha debido ser porque ya nos llegaba el fin… que dentro de poco ya no íbamos a estar como chipayas, que nos íbamos a olvidar de los siete temaria.

Por eso cuando al principio me has preguntado mi nombre, te he dicho que era Delfín, primero Delfín Loza, después Delfín Flores y ahora Delfín del Mundo.

Eso será, aunque tampoco sé.

¿No quieres que te lo cante?

Mejor esperaremos a que llegue la Ángela para que me acompañe.

Biografía

Francisco Cajías  Nació en La Paz fue un escritor y cineasta boliviano,  hijo del historiador Huáscar Cajías.

Estudio Fotografía en Buenos Aires y literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, en la misma universidad llegó a ser catedrático en la carrera de la literatura, y comunicación.

Fue catedrático y director de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, desde 1971 hasta 2000.

Ingresó en la Academia Boliviana de la Lengua el 19 de febrero de 1976. En 2004 recibió la medalla Pablo Neruda, de la República de Chile. En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Cultura de su país.

Formó, junto con otros personajes de La Paz, el Colectivo de Comunicación Antara, por los años 80; fue gestor del crecimiento del Nuevo cine y video boliviano.

Foto: Gentileza de Elias Blanco Mamani

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