Este extraño mundo

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Tanto has aguantado las pendejadas de las mujeres, me dice un amigo, que ya debían nombrarte el Madre Tereso de Calputa, ríe burlón. Tarzán ya se jubiló y los monitos terminaron en el circo. Lo cierto es que hay que reflexionar sobre los errores, recapacitar, y cometerlos de nuevo. O no.

Me escribo con un par de amigas ucranianas. Ucrania, país exportador de mujeres. Terrible decirlo, como si fueran papayas. Hay comentarios, por supuesto generales, del papel del hombre allí, ese, el mismo, el que se tira en el sillón a mirar fútbol, el que discute eternamente en torno al vodka sobre si los rusos avanzan o no. El que abandona a su pareja porque en una región que las produce hermosas y en cantidades, ninguna es per se joya a preservar. Comentamos los salarios: 150, 200, 250, 400 para una uróloga, 500 dólares mensuales para una financista. Poco, si se deduce el precio de los alquileres, así sea barata la comida. Menos, si se carga con hijos, de los cuales no se desprenden estas muy maternales mujeres en venta en el mercado. Yo soy quien soy y en eso incluyo a mis hijos. Dicen, comentan, que los maridos norteamericanos son los mejores. Otra generalidad que insufla esperanza. Lo mejor es el dólar, claro, y comer, y disfrutar. Y descansar que hasta a la pereza tenemos derecho según Lafargue.

Despierto en Denver luego de otra expedición a la tierra oriunda. Llovió en Cochabamba y marcó una diferencia de visión que contradecía los años del polvo. Macondo renaciendo de la ceniza. Tanta juventud, tanto dinero, tan poco trabajo.
En el aeropuerto de Miami me siento al lado de una familia argentina. Esposa, esposo, vestidos chic; tres críos y una “coya” de sirvienta que se dirige a la patrona con el término de “niña”. Alcanzo a ver su celular y de portada tiene a una chica desdentada, diez años quizá, que sin duda es hija. “Coya” como ella, oscura, calchaquí, quechua, sirviendo desde hace quinientos años a la histérica niña que está de paso por Miami, Meca de los imbéciles, para ir a lucir sus zapatos deportivos y su culo acentuado por un lycra colorido al sur. Aristocracia… jaja.

No seguía series por televisión después de la debacle marital. Comienzo a verlas, a interesarme de nuevo por cosas más importantes que los menesteres sanos e inmundos de la institución matrimonial. Al fin, cada uno está solo y no hay destino compartido. A quien lo que le toque, y al cómplice lo que merece. No hay vuelta, ni de tuerca ni mandandirundirundan.

La serie que miré por la mañana era acerca de la rebelión irlandesa de la Pascua del 16. Desde perspectivas individuales y familiares, algo fuera del concierto más grandilocuente de los líderes y la política. Excelente, de primera, enfocada sobre todo en personajes femeninos a través de los cuales discurre la historia. Una revuelta popular, nacionalista encima, debiera contar con apoyo masivo. Sin embargo, los insurrectos derrotados son objeto de burla, desdén, insulto, de parte de sus paisanos, quienes los acusan de ser causantes directos de la escasez, del empeoramiento de una situación que nunca podría mejorar en las condiciones de entonces.

Putas, rameras, delincuentes, gritan a las mujeres que intervinieron en el alzamiento. Es que el caído es siempre enemigo, o es más fácil hacerlo rival ya que no puede defenderse. La tragedia desmorona y en las ruinas crecen los líquenes que afianzarán el futuro. Siempre igual, la planta regada por martirio da frutos rojos como la granada cuyo jugo mancha y no se borra.

Deambula el pensamiento por el Parque Lincoln cochabambino, por algún café georgiano de Kiev, por los peces que cosechan los padres de Anna en los ríos revueltos de Sumy, en las excentricidades de alguna señorita argentina que se cree Victoria Ocampo y apenas sabe escribir (si supiera, no iría a Miami). Mundo extraño. De rencilla y venganza. De gran estupidez, de tozudos, tontos y cojudos.