Durante las últimas semanas la población del occidente de Bolivia ha sido rehén de bloqueos, marchas estruendosas, un inhumano cerco de la sede de gobierno y violentos enfrentamientos con policías encargados de mantener el orden público en el territorio, como faculta la Constitución Política del Estado.
Esa misma CPE reconoce el derecho a la huelga, pero, hasta donde me acuerdo, no reconoce el derecho a bloquear carreteras, ni a usar dinamita (prohibidas durante el gobierno de Evo Morales), ni a destruir la propiedad pública y privada, como ha sucedido en días pasados. Esas acciones pertenecen a otro orden de cosas: la criminalidad y el vandalismo, que son materia juzgable según el código penal.
La Central Obrera Boliviana (COB), que en las dos primeras décadas de este siglo pasó de ser “gloriosa” a odiosa, y de “poderosa” pasó a ser apestosa, está dando manotazos en el aire para hacerse ruidosa, porque sabe que ya no representa a nadie, no tiene base social genuina.
En un país con 85 % de fuerza laboral informal y con una industria estatal colapsada, la COB representa cada vez a menos trabajadores, aunque todavía suele enarbolar en sus marchas estandartes de organizaciones fantasmas.
Los mineros del Estado fueron reducidos a su mínima expresión por los cooperativistas que el MAS favoreció para quebrar la espina dorsal de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (Fstmb). Ahora los cooperativistas del oro, potentados que explotan a mineros pobres en detrimento del medio ambiente y sin entregar al Estado los beneficios que pertenecen al país, son parapolíticos arrogantes y chantajistas, cuyas exigencias desproporcionadas ponen de rodillas al gobierno.
Los trabajadores del Estado, salvo los del magisterio, no se buscan pleitos que puedan poner en riesgo sus pegas (ya no están obligados a inscribirse en el partido, a entregar el 3% de su salario al MAS y a participar en las marchas). Y los ponchos rojos que se han volcado sobre La Paz ya no tienen la conexión con la tierra que tenían antes, se prestan a cualquier cosa por unos centavos, pues la Confederación Sindical Única de
Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb), otrora prestigiada por dirigentes como Genaro Flores, ahora no es sino un cascarón vacío.
¿Y los fabriles? Hasta la palabra ha desaparecido del léxico cotidiano, porque ya no hay fábricas, el Estado ya no produce nada, sólo la empresa privada lo hace y las pequeñas empresas familiares. Todas las siglas de sindicatos y federaciones que se fueron construyendo a lo largo de 70 años ya no significan nada, porque el MAS se encargó de sustituirlas por “movimientos sociales” fácilmente manipulables y corruptibles.
Todos esos estandartes de las marchas del pasado están enfundados en bolsas de plástico para que no se apolillen. Ya no hay valor genuino para marchar, ya no hay valores fundamentales para defender en las luchas sindicales, convertidas en transacciones cupulares oportunistas.
Piensen un poco compañeros de la COB, ya nadie los apoya voluntariamente: nadie. Quizás es el momento de optar por otras medidas de presión, para no cargar con la responsabilidad de más muertos y heridos, como ya hemos tenido en días anteriores por culpa de los bloqueos.
Quienes impiden el tránsito libre de personas y de ambulancias son pasibles de sanciones y no pueden simplemente “deslindar responsabilidades” como ha pretendido Argollo, el principal instigador del vandalismo, ahora prófugo, teledirigido por intereses que no son de los trabajadores.
Por eso, yo les aconsejo a los dirigentes de la COB que hagan algunos sacrificios por sus bases, en lugar de usar a la gente como carne de cañón y obligarlos a participar en actos violentos con la amenaza de imponer multas o aplicar sanciones físicas como latigazos con quimsacharani, reminiscencia de los capataces de la época colonial que hacían lo mismo con los indígenas.
Verán que estos dos consejos benefician a todos: hagan huelga de brazos caídos y huelga de hambre, ambas tienen ventajas notables.
En la huelga de brazos caídos no necesitan hacer ningún esfuerzo, ni siquiera salir a la calle. Simplemente dejan de trabajar (aunque en realidad nunca lo han hecho). Se ahorran los discursos, eso de escribir fogosos comunicados cuidando la ortografía y amenazando con absurdos plazos de “24 horas” que nunca se cumplen.
Las ventajas para la población son también significativas: nadie se va a dar cuenta de que están en huelga porque de todas maneras nunca producen nada. Para decirlo de manera que entiendan: el país no los necesita.
La huelga de hambre también tiene ventajas para los dirigentes. Es sano dejar de comer por unos días, y tomar mucho líquido en vez de ingerir voluminosos platos de fricasé, chicharrón, lomo montado, ranga-ranga, rostro asado, silpancho, y otros que, en exceso, son dañinos para la salud, producen gota y diabetes.
Con la huelga de hambre van a sentir cambios en su cuerpo, estarán más esbeltos al cabo de dos o tres semanas (si aguantan), y sentirán además que su capacidad de razonar y reflexionar aumenta.
Sus dirigentes podrían perder 12 o 15 kilos de peso, lo cual les vendría muy bien para parecer más esbeltos y menos chanchos. Nunca tendrán la estatura de Simón Reyes (ni física ni moral), pero podrían por lo menos lucir una figura menos voluminosa y desagradable.
Para la ciudadanía, la huelga de hambre de los dirigentes de la COB y organizaciones afines sería también beneficiosa porque habría silencio en la ciudad y muchos elevarían oraciones para que la huelga de hambre se prolongue indefinidamente, “hasta las últimas consecuencias”, como suelen decir los dirigentes de la COB.
Las medidas que sugiero evitarán que los dirigentes de la COB queden mal parados luego de haber perdido su oriente. Empezaron reclamando un aumento salarial irracional de 20 % (que nunca había exigido cuando el Estado tenía las arcas llenas), y luego pasaron a pedir la renuncia del Presidente democráticamente electo (pero no combatieron a Morales cuando gobernó inconstitucionalmente).
Al mismo pedido de renuncia del presidente se sumaron los campesinos de La Paz y los maestros, todos ellos muy equivocados, porque eso no va a suceder, mejor se olvidan. Es un despropósito que no aceptará la mayoría de la población boliviana que hace apenas seis meses decidió en elecciones democráticas elegir a Rodrigo Paz. Si se suman todos los votos de sus afiliados, no llegan ni llorando a la centésima parte del número de ciudadanos que votó por la aniquilación del masismo que ustedes quieren resucitar.
Comprendan que no estamos en el año 2003 cuando provocaron la salida de Gonzalo Sánchez de Lozada. La COB y los otros movimientos afiliados al masismo ya no tienen la fuerza que tuvieron alguna vez, y además no tienen ninguna representación en el Poder Legislativo, como no sea un desaforado que quiere ser presidente, un tal Nilton, que impresiona a los incautos por sus discursos fogosos y su oportunismo beligerante.
Si no fuera por las medidas coercitivas (multas y latigazos), los dirigentes de la COB y de otras organizaciones del masismo, no tendrían muchos seguidores. La cruda realidad es que las organizaciones sindicales tradicionales como la COB, la Fstmb o la Csutcb ya no tienen vigencia, son cascarones vacíos que solo funcionan aceitados con billetes del narco y promesas de prebendas.
En cuanto al gobierno, mis consejos son sencillos. Para empezar, quiten los privilegios de los dirigentes sindicales sin afectar el derecho de huelga.
Es decir, eliminen las declaraciones “en comisión” que pagamos los propios ciudadanos y pongan límites a los sueldos sindicales más altos.
Segundo, hagan pagar a todos los vándalos por los daños a la propiedad pública y privada (ministerio de Educación, estaciones de teleférico, tiendas, etc.), y que no salgan de la cárcel hasta que no hayan reembolsado el costo de las reparaciones. Tercero, todos los vándalos que han sido sorprendidos en bloqueos y hechos violentos, deben ser debidamente fichados por la policía y procesados según leyes penales, para que quede constancia de sus antecedentes delictivos.
La diferencia entre la COB y los ciudadanos de La Paz es clara: los ciudadanos no somos violentos, no tiramos al aire cachorros de dinamita, no botamos desde lo alto de los puentes los basureros que son para el servicio público, no rompemos ventanas, no somos salvajes; sin embargo hemos demostrado que solamente con pititas y la tricolor boliviana, pero sin violencia, podemos hacer huir a los autócratas como el que cometió fraude en 2019. Ustedes, los violentos, no podrán vencernos por la fuerza, nunca.
Alfonso Gumucio es escritor y cineasta.