Andrés Canedo / Bolivia
Ella era de cabellos rubios que se mezclaban con el sol al dispararse en el viento y también, de cabellos morenos, que formaban el mapa de la vida al posarse sobre la almohada del delirio. Tenía ojos azules, firmamento, día, mar, impulso, vuelo. Y tenía ojos negros, noche, azabache, esplendor lunar, alucinación, locura. Su nariz, mostraba una pequeña concavidad vista de perfil, que la proyectaba en la inmensidad contra el cielo color de cielo, como la fotografía de una ilusión, asimismo, su nariz era recta como la distinción, como la tenacidad que postraba a los humanos ciegos de tanto haberla visto. Su boca estaba hecha de labios carnosos y deseables donde la otra boca se sumergía y sorbía el líquido del embeleso, e igualmente, de labios finos y anhelables, serpientes ansiosas, que filtraban el líquido que alimenta el amor y el desaliento, que inflamaban el sueño e igualmente conducían a la quimera. Sus pechos eran como duraznos llenos de miel y como manzanas de embriagante sazón, donde se posaban los anhelos. Sus muslos eran territorio de sedas y de peces, de suavidades de porcelana ardiente, donde se acunaba el placer, pero también mazmorras que sujetaban el deseo y lo hacían prisionero definitivo en el viaje inagotable del planeta. Sus pies delgados alumbraban la noche, y en sus arcos se deslizaban los besos, y eran de dedos un poco alargados y maravillosamente armoniosos. Lo mismo sus pies estrechos, tenían dedos cortos que mantenían atrapada la luna y producían la enajenación en los amantes. Su espíritu se volcaba hacia fuera y cantaba todas las alegrías y maravillas del mundo, pero igualmente sonreía tragedias que se infiltraban en las almas de quienes lo anhelaban. Su sexo era fuego, ardor, delicia, entrega y prisión de los que era imposible evadirse sino con la muerte. Su sexo era el mismo y único para todos, pero se entregaba una sola vez, de manera de condenar a la espera perpetua y al apetito eterno. Así era ella, distinta, diferente al mismo tiempo y cada vez, y era fugaz, pero solía ser, perenne y similar a sí misma. Tal vez por eso, por todo el desacuerdo entre sus humanas manifestaciones, un día desapareció, se esfumó en la nada, se perdió en el vacío infinito del universo. Y los que la amaron formaron un clan que instituyó los ritos de su culto y permanece honrándola, en la tierra tan banal y prosaica, donde sólo queda la bella ilusión de su misterio por siempre ido.