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Eso que se llama amor

Andrés Canedo / Bolivia

En El Banquete de Platón, se habla del Amor. Se dice, Aristófanes lo afirma, que al principio éramos un solo ser, un único cuerpo integrado de dos unidades, con dos caras, cuatro brazos y piernas. Entonces, nos separaron en hombre y mujer, y se nos arrojó a la soledad. Por eso, cada uno anda en la vida, buscando su mitad perdida, para volver a ser un ser completo. Por lo menos así lo entendía Aristófanes. Las dos mitades al encontrarse, se juntan, se unen, se abrazan, se penetran. Sin embargo, no pueden volver a ser uno, único; permanecen, permanecerán siempre como dos. Toda esta lucha por la reunión efímera, con ansias de eternidad, es el Amor, es Eros, el más antiguo de los dioses, que es anterior a todo. Y todo surge del Amor, que nos hace ser mejores.

Pausanias, distingue dos Eros: el primero que busca la satisfacción del cuerpo en el cuerpo del otro; el segundo que busca la satisfacción del alma, en el alma del otro. Agatón, poeta, filósofo y actor, de El banquete, de Platón, veía en el Amor todo lo joven y bello.

Sócrates, tomando las palabras de una mujer, de Diotima de Mantinea, según cuenta el mismo Platón, decía que el Amor, es el eterno buscador entre lo que somos y lo que deseamos ser. Esto empieza en el deseo del otro cuerpo y se complementará con el deseo de la belleza de la otra alma. Es, dice, la búsqueda de la belleza eterna. El Amor con el que y al que vamos buscando, es el ascender en una escalera de lo bello, de lo perfecto, de lo que reúne, y esa escalera, es el vehículo para subir de lo humano a lo divino. El último escalón será la belleza misma, pura, substancial. El Amor es lo que nos acercará a la divinidad.

Entonces ese Amor hecho de instantes, de etapas, frente a la magnificencia de lo infinito, del cosmos, es lo único que nos dota de sentido en esa inmensidad. Es la trascendencia, la justificación del vivir. El humano, pobre, pobre, no es nada en su no completitud. Solamente en ese esfuerzo y arrobamiento de la rudimentaria y fugaz complementación con el otro, podrá ser. Y todo aquello se inicia con la mirada que seduce, con las vestimentas que caen, con los muslos que se abren y el ariete de uno que penetra y del otro que se apodera, con el sacudimiento que supera todos los desgarramientos geológicos, y concluye con las almas que se encuentran y deciden vivir la aventura compartida, en aquello que es predestinación y destino mismo. Quienes hemos amado lo sabemos, aunque al final permanezcamos solos, como una estrella suspendida en la noche enorme, sabiendo que hay millones de estrellas como nosotros y sabiendo también, que esas otras, ya no se podrán alcanzar.

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