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¿Qué hay detrás de la guerra de Ucrania?

Rafael Narbona

“La “operación militar especial” de Rusia en Ucrania (un eufemismo concebido para mitigar la incomodidad que producen términos como “guerra” o “invasión”) no puede interpretarse como una simple agresión imperialista.

Putin actuó movido por dos razones bastante comprensibles: garantizar la seguridad de Rusia y proteger sus intereses comerciales.

La expansión de la OTAN hacia el Este desde la caída del Muro de Berlín siempre constituyó una provocación, pero el desafío se volvió intolerable cuando Ucrania aprobó en 2019 reformas constitucionales bajo la presidencia de Petró Poroshenko para lograr la plena integración en la Unión Europea y en el Tratado del Atlántico Norte, una la alianza militar históricamente liderada por Estados Unidos.

La presencia de la OTAN en Ucrania hubiera representado un grave riesgo para la seguridad rusa, pues es un pasillo estratégico sin obstáculos naturales situado a pocos cientos de kilómetros de Moscú.

La posibilidad de una invasión terrestre similar a la que llevó a cabo la Alemania nazi con la “Operación Barbarroja” es poco realista, pues implicaría bajas masivas que la opinión pública occidental no soportaría.

En cambio, instalar en suelo ucraniano misiles balísticos de corto o medio alcance habría destruido el “equilibrio del terror” basado en la destrucción mutua asegurada.

En el caso hipotético de que la OTAN hubiera lanzado un ataque, Moscú no habría tenido tiempo de reaccionar, pues los misiles solo habrían tardado cinco o siete minutos en alcanzar la sede del estado mayor, decapitando al ejército ruso.

Es cierto que aparentemente no había planes de instalar misiles y que los submarinos nucleares rusos podrían haber lanzado un contrataque letal, pero lo que estaba en juego no era solo una cuestión militar, sino una exhibición de poder capaz de influir decisivamente en aspectos políticos y comerciales.

La presencia de la OTAN en Ucrania habría representado una intolerable humillación para Moscú.

A estas alturas, no es un secreto que Estados Unidos y la UE promovieron el Euromaidán, un golpe de estado diseñado para alinear a Ucrania con Occidente, alejarla de Rusia y expandir la influencia de la OTAN.

Washington apoyó activamente a los manifestantes enviando a destacados políticos estadounidenses, como el senador republicano John McCain, el senador demócrata Chris Murphy, Victoria Nuland, subsecretaria de Estado, y John Kerry, secretario de Estado.

Nuland repartió galletas y pan entre los manifestantes que desafiaban al gobierno de Viktor Yanukóvich.

Yanukóvich era un corrupto y un déspota, pero eso no es lo que molestaba a Estados Unidos, sino su alianza estratégica con Putin, que protegía las exportaciones rusas de gas a la Unión Europea.

Durante décadas, Ucrania fue la principal puerta de entrada de este comercio mediante una gigantesca red de tuberías construida en la época de la Unión Soviética.

Suministraba el 45% del gas y era un gas barato y con muy pocas impurezas.

Actualmente, esa cifra ha caído al 12% y está previsto que en 2027 se interrumpa definitivamente el comercio.

En cambio, Estados Unidos ha incrementado sus exportaciones en un 400%. El gas licuado que exporta procede del fracking, un procedimiento que consiste en romper capas de pizarra a gran profundidad, lo cual libera más metano a la atmósfera que la extracción convencional, agravando el efecto invernadero.

El gas licuado estadounidense es un 23% más caro que el ruso y mucho más contaminante. Sin embargo, se ha apoderado del mercado europeo.

Putin intentó frenar este fenómeno mediante la ocupación militar de Ucrania, pero ha fracasado. Sin embargo, pretende conservar el Donbás, con un subsuelo rico en carbón, hierro, litio y gas.

No es extraño que Trump no se muestre tan beligerante como Joe Biden en la guerra de Ucrania.

Uno de los objetivos principales de la presión ejercida en la región se ha conseguido. Además, el conflicto debilita a Rusia, que pierde entre 800 y 1.200 soldados al día, soporta un asfixiante aislamiento económico y tecnológico y ha perdido uno de sus principales mercados energéticos.

No importa demasiado que Ucrania sufra unas 400 bajas diarias. El coste humano es irrelevante desde el punto de vista geopolítico.

Estados Unidos ahora concentra sus esfuerzos en afianzar su control del hemisferio occidental (América del Norte y América del Sur) y dominar las rutas comerciales y marítimas en el hemisferio oriental, evitando que China se convierta en la potencia hegemónica en Asia.

Eso no significa que Ucrania ya no le interese. Trump no ha ocultado su pretensión de que un acuerdo de paz esté subordinado al control estadounidense de las tierras raras, ricas en litio y titanio, dos recursos esenciales para la fabricación de baterías de coches eléctricos y aviones de combate.

De momento, el fin de la guerra en Ucrania no es una prioridad. Estados Unidos envía material bélico anticuado a Ucrania, sin dejar otra opción a la Unión Europea que comprar material nuevo (F-35, tanques Abrams, sistemas Patriot) fabricado por empresas como Lockheed Martin o Raytheon. Esas ventas le permiten reponer su stock bélico e incrementar los beneficios del complejo industrial-militar.

La guerra es un gran negocio, pero la Administración Trump ha cometido un grave error al atacar a Irán.

Su intención no era democratizar el país, sino proteger el sistema de petrodólares.

Desde los años 70, el petróleo mundial se vende casi exclusivamente en dólares, lo cual obliga a todos los países a disponer de grandes reservas de esa moneda.

Gracias a eso, el dólar es la moneda internacional de reserva y Estados Unidos puede continuar imprimiendo dinero para financiar su gigantesca deuda nacional.

Sin esa posibilidad, su economía ya habría colapsado. Irán y Rusia trabajan conjuntamente para promover la venta de petróleo en yuanes chinos y rupias indias, pues aspiran a romper el monopolio del dólar.

Estados Unidos ha recurrido a una guerra desde el cielo para frustrar esta maniobra, especulando ingenuamente que conseguiría un éxito rápido e incruento, pero ha calculado mal y no sabe cómo salir del atolladero.

Saddam Hussein y Gadafi ya intentaron acabar con la hegemonía del dólar y les costó la vida. Evidentemente, se ocultó a la opinión pública mundial por qué se destruyeron Irak y Libia. La prensa se ocupó de vender lo sucedido como la guerra del “mundo libre” contra el “eje del mal”.

El capitalismo seguirá impulsando guerras mientras no surjan modelos políticos alternativos.

No es fácil construir un orden mundial distinto, pero hasta que no se consiga, el ser humano solo será una mercancía explotada y maltratada por los intereses económicos de las grandes multinacionales.

La guerra de Ucrania ejemplifica con nitidez cómo funciona la política internacional.

El materialismo histórico no se equivoca al señalar que las claves de los acontecimientos hay que buscarlas en las fuerzas y relaciones de producción.

Las ideas -o superestructura- solo son el barniz retórico que se utiliza para manipular a las masas. ¿Saldremos algún día de este círculo infernal?

Pienso que sí, pero no lo lograremos sin una ciudadanía que conozca las causas últimas de los conflictos.

Hay que ir al fondo, a la raíz, ser radical en el mejor sentido de la palabra. Si nos quedamos en la superficie, seremos presa fácil para la manipulación y el engaño.”

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