(Observaciones de carácter meramente privado)

Márcia Batista Ramos

Todo lo que aquí escribo está forjado en mi silencio y en la penumbra. Veo poco, casi nada oigo. Me sumerjo por fin en mí hasta la matriz del espíritu que me habita. Mi fuente es oscura. Estoy escribiendo porque no sé qué hacer de mí. Es decir: no sé qué hacer con mi espíritu. El cuerpo informa mucho”. Clarice Lispector

Clarice Lispector me dijo un día que: “escribir es una maldición que salva” y no estoy segura que así lo sea. En primer lugar, no sé si existe salvación y cuanto a la maldición, estoy segura que es todo lo contrario.

Escribir no es un extraño acto de sobrevivencia, en este insólito mundo de desigualdades, plagado de miserias y sin sentidos; escribir es llenar de sentido los espacios, igualarse con los demás, disminuir el dolor y alargar el tiempo, especialmente, cuando no se escribe sobre hechos y se escribe sobre sentimientos.

Recurrir a la pluma y escribir para expresar diferentes pensamientos, es ingresar a un territorio donde se puede respirar tras las dificultades de la cotidianeidad, un territorio en el que uno puede reinventarse una y otra vez, en un intento, optimista, de ampararse del riesgo de extinción causado por la televisión y otros entes, que invaden nuestro pensamiento y nos manipulan, para que seamos uno más en el montón.

Percibo, por el acto de escribir que no existe nada más sencillo, después de todo, que encontrar un sin fin de contradicciones en uno mismo. Ya que todo texto compone el subtexto, que es de alguna manera, mismo cuando uno no quiere, el río autobiográfico que el escritor, fatalmente devela.

En mi caso, involuntariamente, mis palabras no están envueltas por el embeleso del optimismo, de todo lo que es bello y positivo en el mundo, en la vida, en fin.
Un poeta me dijo “discúlpame, pero siempre veo lo bueno y lo positivo…” Me sentí desconcertada, equivocada; parecí medio soberbia, egoísta; hasta tonta, por mí relación con el mundo… Pero, el celofán que la vida me otorgó, no alcanza para envolver lo que mi vista abarca y mi entendimiento comprende. Entonces, fatalmente, me queda la insatisfacción, el sabor a poco y esa manía de agonizar frente a todo, incluso a lo bueno que la vida me da.

Sin buscar excusas, apenas en un soliloquio de entendimiento, hago recuerdo al poeta que, a esa agonía, algunos llamaron mentalidad crítica. Contrariamente, yo admiro, la capacidad de ver lo bueno en todo. Únicamente que mí cristalino, medio borroso, no logra ver el color rosado. Para mí todo es más o menos patético y real.

Tal vez, conseguir escuchar los pensamientos, en medio a tanto ruido, y calcarlos en el papel, ya es suficiente para mí; lo demás es retórica exagerada, por tratar de mostrar lo que no se es. Pienso que la grandilocuencia, apenas aleja las ideas del entendimiento… Tienden a confundir y no logran ayudar a uno mismo.

En el mundo occidental, dicen que no hay lugar para una postura de neutralidad, que escribir presupone enmarcarse y posicionarse ante lo social, político, económico y otros, además de la propia literatura.

Gao Xingjian, me dijo que aboga por la neutralidad de la literatura, me gustaron sus palabras y las quise hacer mías, pero me dolió salir a la calle y ver al perro abandonado, al niño abandonado, al mundo miserablemente abandonado y enfermo que existe… Por esas cosas y otras, es que la literatura es comprometida y no logra ser un arte puro. Y es válida así.

En verdad me siento comprometida. Todo lo que escribo está ligado, de alguna manera, a la realidad en que vivimos debajo de la línea del Ecuador. Es posible, que este lado mío, se fortifique más algún día. ¿O no? No sé nada. Puede terminar por aniquilarme.

Mi burbuja mental, no es lo suficientemente grande para asimilar todo eso, tampoco es tan hermética como para evitar permear los dolores del mundo. Tal vez, de ahí, viene esa mirada melancólica, tristecita. Por eso y entonces, de muchas maneras, por mi pluma gotea el dolor sencillamente, el dolor de ser humano y no poder ser neutral. El dolor de saber que no hay escondrijo en donde esperar a que, de alguna manera, la vida pase. Entonces escribo.

Existen obras que hablan con esa voz tan vívida por mucho tiempo y otras, lo hacen eternamente, las últimas son más raras, tal vez por eso logran el grado de imprescindibles.

Así que, yo admiro a eses autores que lograron escribir lo que sentimos todos y se tornaron imprescindibles, no solo para mí, para toda la humanidad. Y lo mejor, es que ellos escribieron con simplicidad e inteligencia. La claridad fue fundamental para perpetuarse. Expresaron de forma linda, adorable y fácil, sea en verso o en prosa, aquello que necesitábamos leer, porque ya lo sentíamos mucho antes, las cosas que ellos supieron expresar de forma genuina con gran sensibilidad.

Eso me da la certeza de que la literatura es muy reveladora, primero de uno mismo, después del otro. Porque, escribir trasciende y profundiza el pensamiento hacia más allá, ya que torna visible al ojo desnudo una realidad tenue y menos visible.

Cuando escribo, lo hago sin rumbo, medio a la deriva…aun así, llego a un puerto, eso me enternece de las letras, es como si ellas me guiasen; en esos momentos pienso que, de alguna manera, tienen vida propia; sonrío y sigo escribiendo.

Wisława Szymborska me dijo: “No hay nada extraño en la necesidad de anotar pensamientos y las vivencias personales, más bien lo contrario, se trata de una manifestación natural de la propia cultura literaria, cultura que deberían tener no solo los escritores, sino toda la gente culta en general.”

Pienso que Wisława Szymborska, logró tener muy clara la idea sobre escribir; porque al final, escribir es un acto sencillo que ayuda a dilucidar la vida. Aunque es difícil, que la obra del escritor sea coherente con su vida. Eso me inquieta…

A la hora de enfrentarse con las palabras se requiere tenacidad, lectura e inteligencia, porque el escritor debe pensar por cuenta propia. Pienso en un idioma diferente al que escribo. Entonces pienso y traduzco. Busco palabras, entre palabras. Gasto el tiempo…
Me percato que el tiempo urge. No debo perder un minuto del tiempo que forja mi vida. Escribo algo más antes de dormir.

Recuerdo, ya con sueño, que Clarice (Lispector), me dijo algo más. Algo importante y tierno, pero el sueño se entrevera entre las conversaciones importantes y el olvido se hace presente.
Clarice me dijo algo así: “Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida. Salva el alma presa, salva a la persona que se siente inútil, salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. Escribir es buscar entender, es buscar reproducir lo irreproducible, y sentir hasta las últimas consecuencias el sentimiento que permanecería apenas vago y sofocante.”
Bendigo a Clarice, su mente escritora y las cosas buenas que me dijo.

Es en ese momento que comprendo que escribir no es un entretenimiento, ni una huida de la vida, sino la propia vida. Un lugar precioso donde habitar.

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