Hugo José Suárez publicó la carta de amor y de despedida de su abuela, divorciada de su amante, el gestor cultural anarquista Líber Forti. “Luchador y seductor, encantó a Elena y empezaron una relación de pareja estable”, escribe el nieto. Hasta que, “en una ocasión, Elena llegó inesperadamente a su casa y encontró a Líber besando a una mujer y sus manos acariciándole los pechos descubiertos”.
Ella había sacrificado las comodidades, incluso renegaba por su docilidad para lavar los overoles de los amigos sindicalistas, pero no perdonó la infidelidad. El 2 de julio de 1954 se despidió de aquel hombre que había alterado su tranquilidad y a toda Tupiza con sus prédicas ácratas y los ensayos en lo que sería La Cueva de “Nuevos Horizontes”.
“Desde que vi por primera vez tus ojos negros y dulces supe que te quería, sin reflexión y sin cálculo, más allá de la vida y de la muerte”, desgrana su historia de pasión desbordada en una misiva de novela. Decide dejarlo antes de “ver cubrirse con un velo de cansancio tus ojos que amé tanto o dibujarse una mueca de hastío en la boca que me besó”. Dos años después conoció a un beniano que le prometió formar una familia. La embarazó y después desapareció.
Ni la familia ni la comunidad apartó a Elena; quizá algunos comentarios inevitables; la vida continuó. Sus descendientes sienten orgullo por la biografía de una mujer que administró sola la finca Santa Rosa y emprendió cada vez nuevas rutas para sacar adelante a sus dos hijos. La añoran por su fortaleza y por su ternura, por tejer chompas, por mantener viva la esencia de Sud Chichas, por proteger a todos en las duras épocas de la dictadura. Nunca se le ocurrió hacer dramas de su dura vida desde la temprana orfandad hasta las enfermedades de pobreza y soledad.
En las historias familiares encontramos con frecuencia esas coordenadas, de amantes y de amazonas. Mis líneas genealógicas cruceñas son de abuelas y bisabuelas que tuvieron romances y críos con más de un hombre. Sin embargo, siempre fueron las matronas, las Mamá Grande. Eran las administradoras de los pocos o muchos bienes, las que sabían ahorrar, invertir, comprar la casa, prever el calendario agrícola, reservar los alimentos, organizar la cocina, costurar las ropas viejas y nuevas, conservar la cultura, las canciones y los versos. Entre tanto, los chicos crecían juntos, en fraternidad a pesar de la disparidad de apellidos. Puritanismo anglosajón, jamás.
¿Se verían a sí mismas como víctimas? Creo que no. Quizá más como personas limitadas en espacios pequeños, aunque lograron viajar y conocer otros horizontes.
En las grandes propiedades agrícolas de La Paz anterior a la Reforma Agraria encontramos a la abuela, a la bisabuela, que organizaba la economía doméstica y de la propiedad. En Río Abajo, en lo que era Hachumani (así, con H, que heredó una mujer que abandonó a su flojo marido), en cada piso ecológico.
En las ciudades, los hombres perdían el tiempo (y el dinero) como abogados, bohemios, políticos o jugadores.
Ni qué decir de la chola paceña, como bien la describió Antonio Paredes Candia. Una reciente exposición fotográfica en el Museo Costumbrista refleja el poder económico y privado de las cholas, especialmente las propietarias. Dominaban la vida doméstica y los mercados, tambos y tiendas donde se forjaba el poder de la sede de gobierno.
Estaban las Claudinas, bellas dueñas de chicherías y de corazones de estudiantes y obreros. Es más que un nombre de novela. Es una categoría de mujer que maneja las riendas de su entorno. Así lo reconocía Juan Lechín. ¿Se sentirían “objeto sexual”, víctimas del patriarcado?
Era diferente ser mujer urbana, provinciana que campesina; era distinto tener recursos, apellidos, instrucción, vivir en casa, en galpón, en casucha, sufrir el derecho de pernada, ser esposa del patrón o del pongo.
Las corrientes feministas quieren meter a todas en un mismo cajón. Las españolas porque se desbordaron después de décadas de dictadura; las argentinas, idem. Un discurso (y acciones y normativa) que ha abierto la reacción más violenta.
Las bolivianas deberíamos escuchar más las historias de amor y de lucha, de maternidad y de escritura, de arte y de belleza de nuestras antepasadas. ¿Acaso quieren ser recordadas como sometidas?
Cada persona nace con unos dones que llegan desde sus ancestros y su entorno social, y unas oportunidades. De cada cual depende creer en sus posibilidades y forjar sus propios méritos e ideales, más allá de las modas y de los fundamentalismos que están llevando a la humanidad al abismo.
La autora es periodista