¿Antecedente literario del Facebook?

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De: Álvaro Vasquez / Para Inmediaciones

Augusto Monterroso es reconocido como autor de micro cuentos (El dinosaurio es con seguridad su cuento más famoso), aunque tiene grandes textos fuera de ese formato. Hace poco leí Uno de cada tres, cuento que me llevó a pensar en Facebook y las redes sociales tan populares en la actualidad.

Este cuento se publicó el año 1953, cuando Monterroso (que aunque hondureño de nacimiento, tenía nacionalidad guatamalteca y trabajó como diplomático para este país) fue nombrado cónsul  en Bolivia (donde se sabe que escribió el cuento Mr. Taylor, sobre reductores de cabezas), país que enfrentaba  una revolución que influiría decisivamente en el curso de su historia. Ese mismo año, Carpentier publicaba Los pasos perdidos; Macedonio Fernández, Poemas, y Rulfo, El llano en llamas. Y no, no soy un erudito literario; el libro mencionado es parte de la colección Cara y Cruz, del Grupo editorial Norma, que nos regala a los lectores este tipo de información.

Sería ideal poder hacer aquí una referencia a la actividad de Mark Zuckerberg en este año, para crear así el contexto adecuado, pero me es imposible hacerlo  debido a que el creador de Facebook nacería recién treinta y un años después.

El relato en cuestión, ya desde el epígrafe –en el que cita a Plauto–  muestra algo de lo suyo: Más querría encontrar quién oyera las mías que a quién me narre las suyas. Y sí, parece que a veces preferimos ser escuchados a escuchar, ser narradores en lugar de lectores, ser emisores y no receptores.

Ya entrando al cuento como tal, éste se ocupa de las personas que en su interacción social, apenas luego del saludo protocolar empiezan a relatar sus infortunios, y para eso necesitan, obviamente, de alguien a quien dirigirse. Hay quienes se conforman con un amigo para hacerlo, pero hay otros que necesitarían cientos, y aún así sentirían que les faltan confidentes. Estas personas buscan cada vez más confidentes a quienes contar sus cuitas y de quienes recibir consejos (aunque no los sigan, pues ya se sabe, buscan más ser escuchados que escuchar). Esa necesidad les llevará a ampliar su círculo de amistades con tal empeño, que pronto se darán cuenta de que las 24 horas del día son escasas para tal cometido.

A estas desesperadas personas, el narrador del cuento les ofrece una solución: utilizar una radioemisora para contar sus desventuras a cientos o miles de personas en una sola “emisión”. ¡Eureka! Ya no es necesario buscar amigos o conocidos por las calles, en los buses o en los parques. La oferta concreta es por quince minutos al aire, gracias a los cuales podrán mantener a muchísimas personas al tanto de sus desdichas.

A continuación, el cuento menciona ocho ventajas de este método, que garantizo que podrían servir de argumentos publicitarios para las redes sociales actuales (si acaso éstas los necesitaran).

El cuento termina refiriéndose a toda la fauna de potenciales clientes de este servicio, de los que dice al final: Todos contando interminablemente su historia, todos pidiendo compasión.

Volviendo a Zuckerberg, me gustaría creer que en su vida universitaria leyó a Monterroso, pero apenas logré encontrar datos que dicen que la obra del guatemalteco se tradujo a “numerosos idiomas”. Elijo creer, entonces, que no es imposible que un joven Zuckerberg  haya leído a Monterroso, y haya sido capaz de entender el poder premonitorio de Uno de cada tres, logrando así pasar a la posteridad con más fuerza que el autor de tal cuento (valgan estas líneas como un ingenuo intento de acortar diferencias entre los legados de cada cual).

Finalmente, permítaseme caer en la tentación de rescatar la frase final del cuento, la que hace referencia a todos aquellos que cuentan sus historias como una forma de pedir compasión, para confesar que me remitió a aquellas personas (las conozca yo personalmente o no) que pasan horas y días frente a un teclado, creando textos que llegan a mi pantalla. Textos que destilan bilis (con o sin fundamento), regándola a todos aquellos que opinen distinto, a los hinchas del equipo rival, a quienes son de otra ciudad/edad/convicción/religión… a los diferentes. Textos que cada día machaconamente repiten que el autor(a) ya olvidó a su ex, provocando un natural y lógico escepticismo al respecto. Textos celebratorios que incluyen fotos de mascotas disfrazadas de personas (estoy convencido que tal afán es una forma de maltrato animal). Textos que a fuerza de likes y repetidos amén buscan ganar la salvación eterna en el paraíso de su elección. En fin… textos que –como este– buscan que alguien escuche lo que se quiere decir, que el medio eventualmente compense falencias del mensaje, que nos permitan ser leídos/escuchados.

Sí. Monterroso tenía razón. Todos buscamos algo de compasión (y el Face lo sabe).