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En los noventa años de Rafael Guillén

Santos Domínguez Ramos

Hoy cumple 90 años el poeta granadino Rafael Guillén -“Poeta al fin, en tiempo de poeta”-, a quien el Centro Andaluz de las Letras dedica una nueva entrega de su espléndida colección Clásicos Singulares.

Rafael Guillén. Del conocimiento al asombro titula Pepa Merlo este recorrido por la vida y la obra del poeta. Un recorrido que, como en los otros volúmenes de la serie, ofrece también un breve itinerario de lectura con la intercalación de algunos de los textos más significativos de su trayectoria humana y literaria.

De esa manera, el relato biográfico, el estudio crítico y la antología breve completan el acercamiento a la vida y la obra de Rafael Guillén.

El recuerdo de la prematura orfandad infantil y el desamparo en La Zubia (“De pronto, y no es posible / porque el recuerdo en mí siempre / ha corrido por delante, de pronto, /pero es así, regreso”); las penurias de la posguerra en Granada (Supe decir que no mucho más tarde, / negar con la cabeza y mirar hacia arriba / preguntándolo todo con los ojos”); el amor (¿A dónde irá este amor cuando la muerte / socave en nuestros cuerpos su cimiento?”); la reivindicación del presente y el despertar de la vocación poética ( “Habría que crear / una palabra nueva”); las travesías nocturnas por las tabernas del Albaicín (“Y en el toro de la noche / las puyas de los cipreses”); las tertulias del grupo de poetas jóvenes de Versos al Aire Libre; el conocimiento de Blas de Otero en Bilbao (“y Blas y no es posible / la paz sin libertad y sin justicia. // Hoy recuerdo la lluvia de Bilbao, / mis afanes ¿de qué? Y lo que debo / a un hombre paseando, ¡tantas tardes!, / chapela y gabardina, por la ría.”) son algunas de las estaciones de paso de ese recorrido Del conocimiento al asombro que da título al volumen.

Y luego el primer libro en 1956, Antes de la esperanza, y otros libros como El gesto, Límites o Los estados transparentes, al que pertenece este ‘Cristal romano’:

Si este ungüentario de cristal romano

que veinte siglos irisaron, donde

la transparencia envejecida apenas

deja ya ver el soplo que le diera

forma de lágrima y que aún se esconde

en su interior como con miedo a verse

en otro tiempo; si este vaso leve

que otro soplo o milagro ha conservado

indemne entre los mármoles partidos

de la arrasada villa, resbalase

de mis manos y en un funesto instante

se estrellase en el suelo dulcemente,

consternación aparte, no sabría

apreciar las distintas magnitudes

de tamaño suceso, ni sabrí

ponerle fecha; pero estoy seguro

de que en el tiempo aquel, que permanece

detenido entre togas y columnas,

se oirían los clamores del desastre.

Y los reconocimientos y los viajes (“Hoy mi castigo / es saber que no he estado en sitio alguno / jamás por primera vez.”), la vejez y la muerte que aparece en este texto de su último libro, Balada en tres tiempos para contrabajo y frases cotidianas:

ESTOY ESPERANDO UNA LLAMADA…

Estoy esperando una llamada. Hace

ya muchas vidas que la espero.

Si coges el teléfono y escuchas

una canción, como una nana, susurrada

por una voz antigua, con regusto

de miel y de calostro, esa llamada

ya fue un día para mí.

Si coges el teléfono y percibes,

como a través de una tupida malla

de sonidos y voces y diario

ajetreo, algo

como un aliento cálido, que sabes

no volverás a percibir, esa llamada

ojalá fuese para mí.

Si coges el teléfono y resuenan

silbidos, roces cósmicos

como de rocas que se incendian o cometas

que peinan sus lucientes colas, o te aturde

un silencioso estruendo de sistemas

solares que entrechocan y se multiplican

hasta un confín desconocido, esa llamada

tal vez sea para mí.

Si coges el teléfono y, tras una larga

espera, no oyes nada,

esa llamada sí; esa llamada

es para mí.

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