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El Sebas

En los años en los que estudiaba el doctorado en Bélgica, mi entrañable amigo y maestro Guy Bajoit me compartía su visión crítica de la política. Él había sido militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en los 70, cuando aquella agrupación era una constelación de ideas y esperanzas. 

Se vislumbraba en un futuro próximo la posibilidad de llegar a ser Gobierno, y a sus camaradas Guy les decía que, si aquello sucedía, él devendría en el primer crítico. Todos le argumentaban en sentido contrario, le decían que necesitarían de sus saberes, a lo que respondía: “van a encontrar decenas de nombres para estar en un cargo de poder, y ninguno para que los critique”.

Con el tiempo comprendí mejor el episodio y la desconfianza de Guy hacia el ejercicio práctico de la política. Lo he dicho muchas veces: el poder te transforma –a menudo sin darte cuenta– en lo que nunca quisiste ser.

Una de las discusiones constantes en la política es quién va a “poner el rostro”, quién va a aparecer en el afiche. No es menor, decidir quién se sienta en la cabecera, quién toma el mango del sartén, puede llevar a despiadadas batallas. A menudo la idea, el proyecto, se diluye en el camino; importa más el nombre que quedará impreso en la gloria, que la gloria del proyecto colectivo. Lo hemos visto tantas veces…

Cuando ganó Evo, una amiga muy cercana a ellos me dijo que estaba contrariada porque en una de sus primeras apariciones públicas en la plaza Murillo, las enormes imágenes que acompañaban el palco presidencial eran la del nuevo presidente y la de Túpac Katari. ¿Fueron esos dos hombres los dueños de la historia? ¿Dónde quedaron las masas que, al final del día, son quienes dieron el cuerpo y la vida? Lo sabemos: atrás, pequeñas, subordinadas, invisibles, dispensables.

En el “Proceso de cambio” el culto al personaje tocó extremos insospechados. El propio Jorge Sanjinés, uno de los cineastas más lúcidos que apostó siempre a las comunidades y no a los líderes, terminó convirtiéndose en un artista de Estado, elogiando ciegamente al jefazo y ocultando al pueblo. Y como él, varios atrás, con mayor o menor talento.

Traigo estas referencias a colación porque en el mundo político es difícil –aunque a veces sucede– encontrarse con lo que pareciera ser el personaje antagónico al “animal político”. Ese fue Sebas. Yo lo conocí poco, más por los relatos de mi madre, pero nos encontramos algunas veces. Era de origen venezolano –creo–, llegó a Bolivia en los 70 –también creo– y se incorporó a la militancia del MIR con pasión. Nunca supe bien su nombre, una temporada fue “el Sebas”, otra “Juan Pablo”; anduvo en la sombra, por voluntad y convicción. Poco importaba cómo lo llamásemos, él siempre estaba en las posiciones importantes y discretas haciendo política de verdad, construyendo el proyecto, colaborando en lo fundamental. No daba el nombre, daba el trabajo. Optó por el anonimato, en vez de la exhibición.

Sé que nunca fue funcionario público, nunca fue candidato, nunca luchó por aparecer en alguna página de celebridades al lado de los poderosos. Lo suyo fue concentrarse en lo que realmente había que hacer. La discreción fue su mejor talento, la modestia su mejor arma. Pero siempre estaba ahí, sin necesidad de reflectores, de laureles. El Sebas trascendía al esporádico segundo de la gloria pública en el que todos querían aparecer.

Lo recuerdo en distintos momentos. Tal vez el que mantengo más vivo en la memoria es cuando, yo con mis 17 cándidos años, buscaba formación política. Charlamos largo en alguna oficina del entonces Movimiento Bolivia Libre, me regaló libros, discutimos, reflexionamos juntos.

Luego le perdí la pista. Supe que se fue a vivir a Santa Cruz, y hace unos días, me enteré que murió. No le pude decir lo mucho que aprendí de su discreta presencia, de lo refrescante que es encontrar personas que les preocupa más contribuir desde el anonimato que ser el centro de la foto.

Se fue Sebas. Gracias por imprimir a la política una dosis de humildad.

Hugo José Suárez, investigador de la UNAM, es miembro de la Academia Boliviana de la Lengua.

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