Es una sensación inigualable. Pegar la última se siente como meter el gol del triunfo en un match decisivo. Es la culminación de una etapa de mucho esfuerzo; un empeño que no es solo económico, sino también físico y mental, pues conseguir las restantes nunca es fácil. Hay que ir de un lado a otro buscando gente para el intercambio, elaborar tablas de control —que ahora ya pueden ser virtuales— y descifrar cuáles son las más urgentes de obtener: las «difíciles». Este 2026, después de 16 años, y pese a la crisis económica y los problemas sociales y políticos que —vaya novedad— atraviesa Bolivia, pude completar junto con mis padres el álbum del Mundial.
Palpar un álbum, hojearlo, manipularlo, ¿no es acaso un acto de rebeldía en esta era de inmediatez y virtualidad? Llenándolo, uno pone a prueba aquellas capacidades hoy en peligro de extinción: la paciencia y la tolerancia ante la frustración. No olvidemos que las lindas tradiciones de antaño, como leer un periódico físico, comprar una revista en un quiosco o leer una carta manuscrita, se basaban en la dulce espera. A diferencia del efímero placer que hoy proporcionan el “me gusta”, el “visto” en Instagram o las métricas de tráfico en una página web, el goce táctil de rasgar un sobre y la emoción de descubrir qué depara el azar duran mucho más tiempo en el cuerpo.
Las pantallas líquidas que hoy nos tienen absortos nos están haciendo olvidar aquellos sitios de comunión donde se cortejaba, se tomaba café o se jugaba al fútbol después del colegio. Espacios cuya representación más arquetípica sería el ágora pública donde hace miles de años Sócrates, como un apóstol de la razón y la verdad, dialogaba con los jóvenes. En estas semanas pudimos ir con mamá y papá a cambiar figuritas a esos rincones tradicionales de la ciudad donde aún existen la comunión intergeneracional y un genuino ambiente de emoción. Allí uno prueba sus habilidades de negociador para conseguir las «difíciles» o incluso, ya que hay cromos que valen por dos, por diez o por veinte (yo cambié mi CR7 por veinte) o hasta por cincuenta, puede convertirse en un audaz especulador.
Hacer el álbum del Mundial significa llevar a cabo un ejercicio humano cara a cara. Durante estos días no me cansé de repetir que completarlo significaba todo un rito, toda una ceremonia. Al mismo tiempo, el ejercicio, mediante el recuerdo, me devolvió a mis años de niñez y pubertad, cuando llevaba mis álbumes (recuerdo dos de los Mundiales de 2006 y 2010, uno de Los Simpson y otro de dinosaurios) al colegio para cambiar figuritas durante el recreo o, furtivamente, durante las clases.
El álbum fue hoy, en 2026, como una aguja que reventó las burbujas de aislamiento en las que estamos atrapados. Pues al menos en mi caso, no fue un proyecto individual, sino colectivo: mi mamá organizaba las “duplis”, mi papá se encargaba de elaborar las listas de las faltantes, y yo pegaba y negociaba las especiales. En la época de la atomización social e incluso familiar, cuando cada quien posee su propio televisor y su pantalla individual en el teléfono o el ordenador, completar el álbum funcionó como un hermoso taller para la tribu.
Soy de quienes defienden los objetos y el papel. Este último preserva el testimonio de la historia y, a diferencia de los datos que se almacenan de forma abstracta en la nube, los álbumes físicos resguardan la estética de una época.
¿Cuál puede ser el valor económico de un álbum ya lleno? Seguramente algunos miles de bolivianos. Pero más allá de su valor material, está su valor sentimental: se convierte en un tótem de memoria familiar o en un objeto de fetiche, algo que ninguna aplicación virtual podrá ser jamás. Hoy los jóvenes abren recompensas virtuales con un frío clic, ignorando la humilde emoción de rasgar un sobre de papel. Por eso, coleccionar inmateriales “me gustas” nunca se igualará a coleccionar pequeños retazos de papel adhesivo, cuya historia es también la historia de quienes nos ayudaron a conseguirlos.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social