“Es indispensable el brío cooperante, tanto para reconstruirse como para construir el horizonte agrupado, sustentado en el calor de hogar. En cualquier caso, ninguna máquina debería elegir jamás poner fin a la vida de un ser humano”.
Nadie puede reencontrarse si antes no se adentra en sus interiores, para saber quién es y qué pretende ser en un futuro próximo. Estudiar y vivir nuestros aconteceres diarios acordes con los pasados, nos ayudarán a despertar, a mantener encendida también la llama de la conciencia colectiva. Justamente, realizamos esta peregrinación por aquí abajo, con el deseo conciliador de vivir y mejorar vidas. Esa debe ser la proposición vertida. Sin embargo, hoy nuestra época, marcada por cambios rápidos, crisis humanitarias y transiciones culturales, nos demanda volver a nuestras raíces para extraer conclusiones. Desde luego, todo ser humano está llamado a sustentar su existencia en sus raíces de respeto y alegría mutua. De ahí parte todo, para que nuestras biografías entren en clarificación.
Hay que aprender de lo vivido, no para detenerse únicamente en lo visible, sino para continuar enmendándonos con perseverancia humilde, a fin de dar continuidad a caminos recorridos o cambiar de rumbo. Por eso, es vital la etapa contemplativa que todos llevamos consigo. Debemos cada día leer los signos con discernimiento, interpretar los silencios y el enigma de las cosas, intuir eso que aún no está escrito, sin olvidar las huellas ya trazadas. No tiene sentido, pues, regresar a las contiendas. En lugar de guerras, tomemos otros garfios más armónicos. Aprendamos a considerarnos entre sí, ya que cada rastro humano tiene valor y su rostro valía, pues nada puede descartarse. Estamos para salvaguardar el bienestar, creciendo como humanidad y en familia.
En este sentido, la mejor curación es la del cultivo del abrazo sincero, unido al de la de la pausa para el análisis, porque la misma sabiduría tradicional, es la que nos acompaña puede proteger las nuevas existencias. Así, en las catacumbas, nada permanece en la reserva, todo habla en un tono de mística anhelante, de la vida más allá de la muerte. Por desgracia, vivimos en un orbe que tiende a olvidar hasta sus propios fundamentos. Quizás tengamos que hacer más memoria, trabajar más el espíritu interior, no para refugiarnos en el pasado, sino para habitar el presente, en busca de seguridad y de una vida digna para uno mismo y sus genealogías. A diario, vemos a multitud de gentes que huyen del hambre, de los peligros, en busca de seguridad y de un mejor bienestar. ¡Ayudémosles!
Indudablemente, hay que hacerse prójimo para uno poder volverse próximo y poder servir con amor de amar amor. Parece algo obvio, pero a menudo no lo es. Sin duda, necesitamos mejorar la capacidad de escucha hasta con nosotros mismos. Seguramente, entonces, obraríamos de otro modo. Tenemos que aprender a compartir para poder crecer juntos. De lo contrario, continuaremos hundidos en el mismo barco existencial, que todavía sigue teniendo como lema: “el tanto tienes como tanto vales”. Es indispensable el brío cooperante, tanto para reconstruirse como para construir el horizonte agrupado, sustentado en el calor de hogar. En cualquier caso, ninguna máquina debería elegir jamás poner fin a la vida de un ser humano.
De hecho, el renacerse y la concordia es una dimensión existencial que nos da subsistencia. Al fin y al cabo, todos compartimos un destino común, respiramos el mismo aire y vivimos en este pequeño planeta. No podemos, ni tampoco debemos, quedar pasivos ante el sufrimiento del otro. Hermanarse sería lo suyo, aunque nos cueste sangre, sudor y lágrimas. Por desgracia, las nuevas ideologías, caracterizadas por un enredado individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, fomentando esa mentalidad excluyente, que nos deja sin palabras. Resulta sorprendente que la humanidad todavía no sepa caminar en armonía, que vocablos como conveniencia y competitividad, sean los que nos gobiernen, en lugar de voces como convivencia y solidaridad.