La sensación de un cambio después del MAS se ha visto rápidamente sustituida por un sentimiento de frustración. La impresión de que con el actual gobierno solo tenemos más de lo mismo se impone cada día con más fuerza. En consecuencia, a estas alturas parece urgente definir qué entendemos por “cambio”, lo que nos obliga a definir también qué entendemos por “fin de ciclo”. Necesitamos ponernos de acuerdo en el significado de ambos conceptos para comprender el momento que estamos atravesando.
Lo que entendemos por “fin de ciclo” señala el agotamiento de todo un amplio conjunto de acciones de orden práctico, ideológico, simbólico, cultural y político cuyo único fin era la transformación de la realidad en todas las dimensiones. Es decir, un fin de ciclo supone una revolución en el más amplio sentido del término.
Obviamente este movimiento de la historia comporta una infinidad de “cambios” que por sí mismos no constituyen una alteración del estatus histórico de una sociedad en un determinado momento. Se pueden cambiar una infinidad de aspectos de un Estado y sin embargo esto por sí mismo no supone el “fin de un ciclo”, y mucho menos una revolución.
En la experiencia nacional, el primer cambio de ciclo constituyó la independencia y la fundación de la República. Vencido el poder colonial peninsular, la construcción de la nación basada en la Constitución bolivariana de 1826 (la de Bolívar) abrió el ciclo republicano. El segundo ciclo lo vivimos con la Revolución Nacional en 1952 que, parafraseando a Víctor Paz Estensoro, sacó Bolivia del siglo XVIII y la instaló en el siglo XX, con lo que la nación empezó a funcionar bajo los parámetros de la modernidad capitalista. Se trató sin duda de un cambio de ciclo.
Los argumentos anteriores apuntan a mostrar que por amplio que sea un paquete de “cambios”, si estos no alteran el curso “normal” de la historia y no abren una etapa totalmente diferenciable de la inmediata anterior y no expresan una superación cualitativa de la vida cotidiana del ciudadano de a pie, no estamos hablando de un cambio de ciclo, estamos hablando de un gobierno transformador, incluso, podría darse el caso de un gobierno “progresista”, pero un cambio de ciclo supone no solamente transformaciones en la perspectiva de las acciones estatales, sino, la superación de la mayor cantidad posible de elementos que hacen a la vida social, económica, política, cultural y simbólica de una sociedad en su momento, pero sobre todo, la definición de los nuevos interlocutores del Estado y de la historia.
Por ejemplo, los sectores populares, obreros y campesinos fueron los interlocutores válidos del ciclo anterior (el nacionalista revolucionario). En mi criterio los interlocutores actuales son los ciudadanos de clase media, urbanos, liberales y emprendedores. La creación de una institucionalidad orientada a satisfacer las demandas de estos nuevos actores, y, sobre todo, la puesta en marcha de una estructura de gestión y administración del Poder, de la economía, de la cultura, etcétera, fundada en una definición precisa de sus necesidades y expectativas define la naturaleza del ciclo iniciado.
En el pasado inmediato el masismo armó toda la estructura del Estado en la perspectiva de un interlocutor histórico definido a través de la raza. El Estado y el poder se racializaron a despecho de un discurso de pluralidad que periclitó ante el intento andinocentrista. Así, el experimento plurinacional pretendió sustituir el ciclo nacionalista revolucionario del MNR por el indigenismo trasnochado de García Linera, y fracasó.
La pregunta que sugieren estos argumentos es si estamos con un gobierno que desea construir un ciclo diferente al que acaba de cerrarse, o si ha entrado en una dinámica de cambios que no van a alterar el curso y la naturaleza de la historia.
Esto implica consideraciones muy delicadas, por ejemplo, ¿el actual Gobierno está llevando adecuadamente bien el proceso de transición entre un ciclo agotado y la necesidad de construir uno nuevo? ¿Sabe exactamente el Gobierno qué tipo de ciclo pretende construir, dónde quiere llegar? ¿Se ha preguntado para qué actores, dado que los que hacían parte de lo “nacional-popular” ya agotaron sus posibilidades históricas? ¿Está actuando en consonancia con su visión de ciclo? Respuestas a preguntas de este tipo son las que la ciudadanía desea tener claro. No conocer estas dimensiones nos deja la impresión de que el accionar gubernamental es aleatorio y hasta cierto punto errático.