Juan José Hoyos

Escribí una crónica sobre la bendición de la tierra por parte del jaibaná Salvador porque me pareció hermoso encontrar una historia de esas en un país como Colombia donde cada año mueren asesinados miles de indígenas por defender los últimos pedazos de tierra que aún les quedan.

El relato fue publicado en El Tiempo, de Bogotá, y conmovió a muchos lectores. Pero, en cambio, a los indios les causó muchos problemas. Para empezar, la tribu comenzó a ser visitada por un ejército de antropólogos que querían estudiar de cerca ese fenómeno.

Por unas semanas el Jaibaná se puso bravo conmigo porque se volvió famoso y él era un hombre místico y sencillo que solo deseaba vivir en paz.

El Jaibaná Salvador tenía toda la razón: uno de los antropólogos que fue a visitarlo, después de la publicación de la crónica, le robó un tambor.

Cuando lo supe, me quedé mudo. Yo sabía lo que para el jaibaná Salvador significaba ese tambor. Había sido fabricado con la piel de un mico cuya especie se había extinguido hasta en las selvas del Chocó. Había sido fabricado por un jaibaná viejo, a comienzos del siglo, y había pasado por las manos de varias generaciones de brujos, a los que él llamaba “los abuelos de antigua”.

“El jaibaná se encerró y no volvió a hablar desde ese día. Tenía motivos más que suficientes para estar así. El tambor lo usaba para casi todo: para curar a un enfermo, para espantar a los animales ponzoñosos, para sacar al diablo de un cuerpo o de un cultivo.

Después de escuchar toda la historia yo no sabía qué hacer. Nadie en la tribu, ni siquiera el chamán, sabía los nombres de los antropólogos, ni de dónde eran, ni dónde vivían, ni dónde trabajaban. Y yo me sentía culpable, de algún modo, del robo del tambor. Sabía que ellos jamás habrían descubierto la tribu si la crónica no hubiera aparecido en las páginas de El Tiempo.

Pasé varios días tan triste y tan callado como el jaibaná Salvador.

De pronto pensé que si por una historia como la que había escrito en El Tiempo se había jodido la vida del jaibaná, con otra historia las cosas se podrían arreglar. Entonces decidí escribir la historia completa. Y traté de contar el desamparo en que los ladrones habían dejado al chamán y a la tribu, con el robo del tambor. Al final de la crónica, les dije a los antropólogos que el jaibaná estaba dispuesto a devolverles la flauta, el portacomidas, el tenedor, el cuchillo y la cuchara y hasta los doscientos pesos que le habían dejado, con tal de que ellos le devolvieran el tambor.

La historia apareció, tal como yo lo había pedido, en un lugar destacado. Además, le agregaron una foto del jaibaná y otra del portacomidas y la flauta, y le pusieron un título que me gustó mucho, una especie de orden, levantada en un cuerpo de más de cuarenta puntos: “¡Que devuelvan el tambor!”.

Al día siguiente, por la noche, recibí una llamada del jefe de redacción. Decía que en el periódico había una fiesta, pues ¡habían devuelto el tambor!

Las palabras del chamán, cuando cogió el tambor entre sus manos otra vez, me dejaron pasmado. Me dijo: “usted tiene más poder que yo”.

Yo me quedé pensando: “eso no es verdad. Yo no puedo curar enfermos. Yo no puedo conjurar las plagas de las cosechas. Yo no soy capaz de curar la mordedura de una serpiente, ni sacar el diablo del cuerpo de un hombre vivo. Y si se refiere al poder de un periodista, está muy equivocado porque todos los periodistas hemos escrito miles y miles de noticias y llenamos con tinta, día tras día, miles de toneladas de papel y, sin embargo, no pasa nada en el mundo, todo sigue igual”.

Con el paso del tiempo, sin embargo, he aprendido que las palabras del jaibaná Salvador eran muy sabias. Ahora comprendo a qué clase de poder se refería él cuando hablaba de poder.

(Vía Alberto Salcedo Ramos)