La teoría de las ventanas rotas de Kelling y Wilson (1982) es ya cultura popular. Cambió el entendimiento de la función policial. La idea es simple: si en un edificio una ventana está rota y no se repara, poco después todas lo estarán. Llegarán vándalos, ocupas, prostitutas, drogadictos, y ocurrirá el primer crimen.
A ella subyace un experimento (nunca publicado en una revista científica) de un joven psicólogo social en los 60: Zimbardo (quien sería famoso por el experimento de la prisión de Stanford) dejó un coche sin placas y con el capó abierto en el Bronx. En 10 minutos empezó a ser saqueado y en 24 horas estaba destruido. También había estacionado otro similar en Palo Alto, intacto una semana después. Entonces rompió uno de sus cristales. En 24 horas yacía volcado por blancos comunes y corrientes.
En la epidemia de criminalidad que azoló Nueva York en los 90 la teoría caló hondo. Pero, siguiendo las ideas de Wilson en su influyente Thinking about crime (1975), las ventanas fueron más que un símil de objetos descuidados: son personas. Cuando borrachos, pordioseros, sin casa, grupos de jóvenes, enfermos mentales, etc. incomodan, los vecinos se sienten amenazados, se refugian en sus viviendas y dejan el espacio público a los criminales.
Bratton, desde 1994 jefe de la Policía de la ciudad, extremó la implementación de la teoría. Reparar ventanas rotas significó tolerancia cero frente a lo que parezca desorden o descuido.
Esta política, emulada en muchas ciudades, disminuyó el crimen (aunque la literatura científica disputa la evidencia de la relación). Pero el costo fue alto. Wilson mismo admitía que muchas prácticas policiales no resistirían escrutinio legal. Se establecieron metas y la policía se puso creativa multiplicando controles, detenciones y multas. Llevó a un control exacerbado de afroamericanos (solo 10 por ciento de los arrestados por faltas menores eran blancos). Aumentaron los abusos y la brutalidad policial. Cuando desviaciones y faltas leves exigen arresto, no está lejos el uso de fuerza desmedida. Hay casos desquiciantes. En una noche de invierno, un anciano rumbo a la farmacia de urgencia fue enviado por la policía a su casa, caminando, a buscar sus documentos para multarlo por conducir sin cinturón de seguridad: murió de un infarto. No es casual el lema de las manifestaciones en 2014 en EE.UU.: Broken Windows, Broken Lives.
Kelling (el coautor de Wilson), asesor de la policía, se quejó amargamente de esta implementación: la idea era que los barrios estuviesen cuidados, no perseguir comportamientos y arrestar y multar a diestra y siniestra. En vez de tolerancia cero debía implementarse integrando a la policía como agente comunitario.
La teoría de las ventanas rotas muestra como una buena idea, mal interpretada e implementada, puede tener consecuencias desastrosas. Cuando nuestro país evalúa una política de incivilidades, no se lo debe perder de vista.
Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales Universidad Adolfo Ibáñez