De relatos de la soledad y el tiempo
José Pablo Juárez
Sentado en esta silla de madera, a mis escasos veinte años, observo el naufragio de mi familia. Hay quienes lloran con un dolor ruidoso, pero otros —como mi padre— se hunden en un desconsuelo seco y mudo. Nos congrega el funeral del abuelo, cuyo corazón se detuvo anoche, vencido finalmente por el peso de los años.
Todos dicen que era un hombre bueno, pero omiten lo evidente: era un muro de piedra. De él heredamos este rechazo innato a convivir con los demás; mi padre lo hizo suyo, y yo, casi por una ley de la sangre, también. Crecimos bajo una sospecha silenciosa hacia el mundo exterior, refugiados en nuestro propio aislamiento.
Dicen que los moribundos presienten su hora. Quizá por eso ayer, con una lucidez extraña, el abuelo nos llamó uno a uno a su cabecera: primero mi padre, luego mi madre, mis tíos y, al final, yo. Cuando me acerqué, me reveló un secreto que arrastró durante décadas: una pequeña caja oculta en el fondo del ático.
—No son riquezas —me susurró con el último aliento—, pero es lo que necesitas para sanar.
No comprendí sus palabras, ni tampoco me interesaba hacerlo. Al abuelo lo quería a nuestra manera: una convivencia silenciosa, despojada de cualquier muestra de cariño. La gente me es indiferente; siempre he preferido una casa sitiada por la maleza y el refugio de los animales antes que la presencia humana. Nunca he sabido de dónde nace esa desconfianza: tal vez sea una herencia inevitable, un rasgo que comparto con mi padre y que él tomó del abuelo. Pero él ya no tendrá que soportar el peso de los demás; le basta su pequeño terreno bajo tierra.
Así pasaron los días. Dejé que se diluyera un poco la pena y, por pura curiosidad, decidí subir a ver qué contenía la caja.
Dentro había papeles: la factura de un viejo rifle y muchas hojas sueltas donde estaban escritas sus memorias. Al leer un fragmento, un escalofrío me recorrió el cuerpo:
«Él era un demonio. Por las noches me miraba a través de la ventana y, en la oscuridad, avanzaba por mi cuarto. Luego sentía cómo se sentaba en la cama, se recostaba a mi lado y percibía su cuerpo junto al mío. Ahí me quedaba, muerto de miedo, hasta que se marchaba».
Por la fecha escrita al margen de la página, supe que en ese entonces el abuelo era apenas un adolescente.
Las hojas del diario estaban revueltas. Otra de ellas decía:
«Ya habían pasado muchas noches desde que el demonio empezó a visitarme. Venía cada martes por la noche, a la misma hora: el único día en que me quedaba solo porque mis padres salían a divertirse. Así fue mi tormento durante tres años. Se recostaba, luego me abrazaba y sentía cómo se me subía, de la misma forma en que se te sube el muerto por las noches. Yo solo cerraba los ojos; prefería no estar consciente de lo que sucedía».
Era aterrador lo que leía. Me pregunté qué clase de demonio habría sido aquel. Ya no quise leer más y cerré la caja. Sentí como si la criatura me conociera, como si me observara desde algún rincón. Una parte de mí reconocía esa sensación del abuelo, aun sin haber visto jamás al monstruo. Dejé la caja en su sitio y corrí a mi cuarto.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi madre discutía con mi padre. Decía que deberíamos mudarnos a un lugar más céntrico, más cerca de la ciudad y de la gente; que ahora que el abuelo había muerto, finalmente podíamos hacerlo. Pero mi padre se negaba: aseguraba que no estaba acostumbrado a vivir cerca de nadie, que si por él fuera, con intercambiar un saludo lejano era más que suficiente. Recordó que el abuelo, desde que él era niño, lo había alejado de todos, incluso de su propia familia; decía que ni siquiera conoció a sus tíos, porque después de que el abuelo se marchó del pueblo, jamás volvieron a visitarlos.
Quise hablarles de la caja y de lo que contenía, pero no dejaban de discutir, así que preferí marcharme a la escuela. Sin embargo, aunque los escritos me daban miedo, la curiosidad por saber qué clase de demonio era aquel me consumía por dentro. En cuanto regresé a la casa, subí directo al ático. Con las manos temblorosas por el temor, tomé otra hoja y comencé a leer:
«Hoy por fin cumplo la mayoría de edad y me largo de aquí. Ya pagué los cargos de ese crimen que yo no cometí; fue un año entero de mi vida perdido en un juicio donde nadie creyó lo que dije. Pero, al final, la justicia se cumplió y me dejaron ir. Me alejo para siempre de esta casa y de sus demonios. Todos son demonios con disfraces de personas. Me voy a donde no vuelvan a saber de mí, al bosque; prefiero lidiar con alimañas antes que con la gente».
Tomé otra página al azar y leí:
«Lo único que le da paz a mi vida eres tú, Aurora. Se cumple un año desde que te conocí; gracias le doy a Dios por haber aceptado vivir conmigo en esta, nuestra casa, rodeados de nuestros animales y de tantos árboles que, de pie, parecen cuidarnos. El tiempo aquí sería perfecto si no fuera porque cada mes tenemos que ir a la ciudad a traer víveres. Sí, el tiempo aquí es perfecto; aquí no hay temor a la noche, solo mi Aurora, que ilumina mis mañanas con su presencia».
Iba a leer otra de esas hojas cuando mi padre me llamó desde abajo. Bajé presuroso.
—A propósito de la pelea con tu madre —me dijo—, te aseguro que no nos mudaremos. Esta casa es donde yo nací y fue la casa de tus abuelos. La ciudad ya casi nos ha alcanzado; si por mí fuera, me adentraría más en el bosque. Además, en otra escuela tendrías que conseguir nuevos amigos.
Me quedé pensando: ¿cuáles amigos? En la escuela soy el chico raro al que nadie le habla. Todo el tiempo estoy sumergido en mis propios pensamientos, como si el demonio de mi abuelo habitara en los ojos de todas las personas. Me siento observado, juzgado; prefiero no hacer nada con tal de no convertirme en el centro de atención, incluso en las cosas en las que sé que soy muy bueno.
En el autobús de regreso procuro no hablar con nadie. Siento que la casa es mi refugio, el único lugar donde nadie me observa: un santuario que ahora parece llamarme con urgencia. Sé que en esa caja hay algo que debo descubrir. En cuanto termino de comer, subo de prisa al ático. Abro la madera y, al seleccionar la siguiente hoja, observo que hay cinco páginas engrapadas, unidas como si formaran un solo recuerdo. Las tomo y comienzo a leer:
«Llegó el momento en que me sentí cansado de contarle a todos las visitas del demonio y que nadie me creyera, cansado de que pensaran que los demonios son solo parte de la imaginación. Así que, con mis ahorros, compré un rifle y lo metí a la casa sin que nadie se diera cuenta. A pesar de ser un arma de bajo calibre, tuve que contar muchas mentiras para conseguirla. Pero yo estaba dispuesto a cazarlo.
Esa noche hacía mucho frío. Me puse el pijama, unos calcetines y guantes afelpados, y me cobijé muy bien, abrazando el rifle bajo las mantas. La noche avanzó y, como cada martes, sentí al demonio observándome desde la ventana. Se escabullió en la habitación y escuché sus pasos. Mi corazón latía con tanta fuerza que parecía que la criatura se alimentaba de mi miedo. Se sentó en mi cama, se recostó junto a mí y luego sentí cómo se subía, con esa pesadez de cuando se te sube el muerto. Fue ahí donde le disparé.
Sentí cómo el cuerpo del demonio caía al suelo. De inmediato salté de la cama y, sin atreverme a mirarlo, escapé corriendo por la ventana. Me adentré en el bosque, donde permanecí perdido durante tres días. Vagué mucho tiempo y, a pesar de estar solo en la oscuridad, no sentí miedo. Al contrario, me sentí liberado. Viendo a los animales correr, me preguntaba si ellos no irían al infierno, o si no tendrían demonios acechándolos; yo los veía muy tranquilos, sin que ningún mal los perturbara. Era como ver la libertad en la negrura de la noche, y a los árboles como gigantes protectores que me escondían de la ciudad.
Pasé la noche bajo la lluvia, pero todo se sentía en paz en comparación con lo que sufría en mi cuarto. Al ver caer el agua y preguntarme dónde estaba el mal, contemplando la vida que germinaba en el bosque, intuí que el mal era la ciudad: donde de mala forma le llamaban «mal tiempo» a la bendición de la lluvia. Encontré moras silvestres, tunas y miel, y así sobreviví tres días, hasta que decidí que debía volver. Mis padres seguro me estarían buscando, así que dirigí mis pasos de regreso a casa.
Al llegar, vi una patrulla estacionada afuera. Mis padres, al verme, corrieron a mi encuentro. Me preguntaron alarmados dónde había estado y les dije la verdad: que un demonio me acechaba todas las noches y por eso había decidido huir; que en el bosque había encontrado mi refugio.
Los policías se acercaron de inmediato y procedieron a meterme en la patrulla. Dijeron haber encontrado a una persona herida en mi cuarto, pero que esa misma mañana había perdido la batalla en el hospital. Llevaba una bala alojada en un costado del pecho que, al final, le había costado la vida. Al llegar a la estación, mi declaración fue la misma: huí por la presencia de un demonio que me acechaba. Me preguntaron por el rifle y yo negué saber nada de él. Dijeron que el principal sospechoso era yo, que podría pasar hasta veinte años en la cárcel. Pero yo no maté a nadie, no soy un asesino; solo me defendí de una fuerza demoníaca».
Hasta ahí terminaba el escrito: hojas unidas como un archivo en la memoria, engrapadas para que nunca se perdieran.
Busqué presurosamente otra hoja; tenía que saber más. La página que tomé decía:
«Así pasé cada martes, presentándome a declarar. Siempre respondí lo mismo. Nunca me creyeron, pero también es cierto que nadie puede ser condenado por huir de sus miedos. En el arma jamás encontraron huellas, ni pudieron averiguar cómo había llegado ahí; así que, después de un año, me dejaron en paz. Al demonio no lo volví a ver físicamente, pero lo veía en los ojos de las personas que me miraban. Sentía que ellos sabían algo y eso me ocasionaba mucha vergüenza; no podía soportar sus miradas y prefería huir».
Tiré la caja al piso. Aquello era una biografía mía y de mi propio sentir; describía mis miedos con tanta precisión que me asusté y corrí a mi cuarto. Trataba de procesar lo que acababa de leer: ¿el demonio realmente había muerto, o solo cambiaba de rostro cada generación? Yo no lo podía ver, nunca lo había visto, pero su presencia en mi vida era demasiado fuerte y real.
Aunque resultaba abrumador encontrarme reflejado en esas cartas, sabía que debía leerlas completas. Necesitaba descubrir, de una vez por todas, quién o qué era el demonio que había marcado a mi familia. Así que regresé al ático, tomé una de las hojas sueltas y comencé a leer:
«Ahora que he cumplido la mayoría de edad, me largo de esta casa. Me iré a la pequeña cabaña y allá haré mi vida. Antes de partir, pasé a despedirme de mi viejo amigo Juan. Él era nuestro vecino, un hombre de unos cuarenta y cinco años que había enviudado muy joven. Como nunca tuvo hijos, vivía solo desde entonces. La gente murmuraba que él había matado a su esposa, pero no era cierto: era una buena persona y un gran amigo de la familia. De niño me invitaba a su casa, me daba galletas, me sentaba en sus piernas y me contaba grandes historias. Siempre estuvo ahí para nosotros y decía que me quería como a un hijo.
Antes de marcharme pasé a su casa, pero no había nadie. Los vecinos me dijeron que la vivienda llevaba tiempo sola; entre tantos problemas y la angustia del juicio, no me había dado cuenta. Fue una pena no poder despedirme de él. Sin más, tomé mis cosas y seguí mi camino hacia el bosque».
Lo que leía sobrepasaba mi capacidad de comprensión. No estaba leyendo simplemente un puñado de cartas viejas: estaba leyendo el alma del abuelo, desentrañando cada uno de sus gestos, el porqué de su silencio y la razón absoluta de su aislamiento. Ni siquiera en la intimidad de esas hojas se atrevió a nombrarlo con todas sus letras, pero en el fondo él lo supo todo, y por eso decidió alejarse para siempre de la raza humana.
En esa pequeña caja de madera no guardaba recuerdos; había construido una especie de cripta donde intentó sepultar a su demonio para siempre. Pero aunque el demonio murió aquella noche, su fantasma continuó persiguiéndolo durante el resto de sus días, extendiendo su sombra hasta alcanzar a las siguientes generaciones. Ya no era una amenaza física que cruzara la ventana los martes por la noche; se había transformado en un espectro invisible, en una coraza ideada por su mente para no volver a encarar el horror de aquel tiempo.
Me quedé en un estado de shock. Mis pensamientos vagaban sin rumbo, como nubes en un cielo a la deriva. Así bajé del ático y caminé por la casa, ido, flotando en una especie de bruma. Mi padre me vio, me tomó del brazo y me sentó en una de las sillas del comedor.
—¿Qué tienes? —me preguntó, observándome con preocupación.
—Nada —alcancé a decir. Hice una pausa y, buscando su mirada, le pregunté—: Papá… ¿por qué crees que no nos gusta el contacto con la gente?
Él me miró durante un largo silencio.
—Debe ser algo que nos heredó tu abuelo —dijo finalmente, rascándose la nuca—. O quizás sea por un cuento que me contaba de niño y que me daba muchísimo miedo. Decía que había un demonio que vivía en la ciudad y que acechaba a los niños que dormían solos; los observaba por la ventana, los llenaba de terror y luego los atacaba. Yo sé que solo era un cuento, pero tu abuelo lo contaba con tanta certeza que se me metió en el cuerpo. Por eso nunca quise tener un cuarto para mí solo; siempre dormí con tus abuelos. Supongo que eso creó un apego muy fuerte hacia ellos y, al mismo tiempo, este miedo y desapego por los demás.
Me quedé helado. No pude decirle nada sobre la caja, ni sobre la bala alojada en el pecho del vecino. No encontré las palabras para explicarle que el relato que lo había acompañado de niño no era una fábula, sino el testimonio disfrazado de una herida.
Sin decir una sola palabra, me levanté, lo rodeé con los brazos y lo abracé con una fuerza que nunca nos habíamos permitido, rompiendo por fin, sin palabras, el silencio que nos había gobernado durante tanto tiempo.
Subí al ático, tomé la caja, la metí en mi mochila y me adentré en el bosque. Ya estando en lo profundo, entre la sombra de los árboles, la saqué. Al moverla, cayó una última hoja que no había visto antes. Decía:
«Qué buen tiempo fue aquel en que pude disfrutar a mis tres hijos: el mayor, que siempre estuvo conmigo; el menor, que siempre me demostró su amor antes de mudarse y que aún me manda cartas para decirme cómo está; y el de en medio, a quien quise tanto a pesar de que no pudimos llevarnos bien. Él siempre me decía que parecía que yo no lo quería, que sentía mi rechazo constante, a pesar de que siempre busqué cuidarlo… tal vez demasiado. Un día se fue y no volví a saber de él: mis tres hijos, Pedro el mayor, Rodrigo el menor y Juan el de en medio».
Aquello que leía se volvía cada vez más terrible. Comprender que mi abuelo le había puesto a su hijo el nombre de su antiguo agresor, y que por ese trauma no resuelto había terminado proyectando en él su propio rechazo hasta ahuyentarlo, me oprimió el pecho. Sentí un nudo sofocante en la garganta y decidí no leer más.
Guardé las hojas, busqué un poco de leña seca y saqué una caja de fósforos. Hice una pequeña fogata en el suelo y, sin dudarlo, arrojé la caja y las cartas al fuego. Ya había leído suficiente: eran secretos que debían desaparecer para dejar de hacer daño; cenizas que el viento debía llevarse para siempre.
Regresé a casa. Con el paso de los días, el aire en las habitaciones se volvió más ligero, más tranquilo. Ya no había una fuerza que me llamara con urgencia hacia el ático, ni la sensación helada de que alguien me observara desde la ventana.
Ese mismo año llegó el momento de despedirme. A pesar de haber dicho desde niño que me gustaría vivir aislado en el campo, tomé una decisión distinta: quería estudiar una carrera, salir al mundo. Así que llegó el día. Me despedí de mis padres con un abrazo sincero, me colgué la mochila al hombro y, con mis propios sueños por cumplir, me fui a la ciudad.