El hombre sin nombre 

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De: Maurizio Bagatin / Inmediaciones

                                                                                                                                              Se despertó a las seis, como todas las mañanas. Se bañó, se rasuró, se vistió y tomó el café, como todas las mañanas. De repente, sintió que algo era diferente de todas las mañanas, pero no sabía que…

¡Su nombre! ¿Cómo se llamaba? No lo recordaba más. Se acordaba que era un contador y que dentro de media hora debía estar en la oficina, de esa se acordaba perfectamente la dirección. Volvió a la cama y despertó a su esposa. ¿Cómo me llamo? Le preguntó. Insistió para que le contestara. Pero tampoco ella lo recordaba. Era desesperado, tenía que ir al trabajo. ¿Y si alguien hubiera pronunciado su nombre, en la calle, en la oficina? ¿Cómo sabría si era él al que llamaban? Bueno, dijo, durante algún día me la arreglaré, luego me llegará una carta o una tarjeta, sino les preguntaré a mis colegas…

¿Preguntar su nombre en la oficina? ¡No! No lo haría jamás. Sería demasiado ridículo. Pensó que de alguna manera, tarde o temprano, recordaría cómo se llamaba. Nunca más lo supo. Ahora yace bajo tres metros de tierra, y su tumba está diferenciada, como todas, por una lápida inmaculada.