Pablo Cingolani

Vi a dos tipos desgarrándose, subidos al techo de un tráiler, distorsionando al mango sus guitarras eléctricas, brindando un concierto demente al desierto helado, al más allá insondable, a la nada viva y latiente, al mundo perdido de Arthur Gordon Pym.

Vi una medusa roja, belleza extática, flotando en el mar congelado, danzando sola.

Vi a una persona, un físico, que debía atajar a su aura mientras hablaba de sus venerables neutrinos y no le alcanzaban las palabras para explicarlos, para enaltecerlos, para transmitir el amor que sentía por ellos.

Vi a un hombre, estremecido, casi llorando, el rostro entumecido por el frío, recordando las palabras de un filósofo del cosmos, un pensador contracultural: Alan Watts.

Vi a otro hombre, un biólogo marino que buceaba en las aguas más gélidas del orbe, asegurando que allí abajo las criaturas son tan horripilantes, tan brutales, tan terroríficas, que eso explicaría el por qué los futuros humanos salimos espantados de ese mundo líquido, procurando un mejor destino.

Vi un documental de Herzog grabado en la Antártida, en el mismísimo Polo Sur, la base McMurdo, adyacencias y por ahí. La obra es valiosa por muchos motivos, incluyendo la música de David Lindley, el otrora violero-estrella de Jackson Browne. La película se titula Encuentros en el fin del mundo.

Tierra incógnita. Imperio de la desolación. Una heredad vacía, deshabitada, solo ocupada, temporalmente, por militares y científicos, la Antártida es el continente más nuevo de todos. El menos gastado. En su pesquisa-cacería desenfrenada de imágenes no filmadas, era inevitable que Herzog fuera a cavar a la Antártida. Fue en el año 2006. Lo que encontró, por momentos, cautiva, seduce, maravilla. Las imágenes atesoran una belleza tan atrapante que uno desearía verlas siempre.

Hay varios hallazgos. Uno es el sonido de las voces de las focas. Es alucinante. La bióloga que las estudia dice de ellos que le recuerdan a la música de Pink Floyd. Las texturas sonoras que incluye el film son, en mi criterio, incomparables, incluso con las que creaban los autores de El lado oscuro de la luna. El sonido de las focas es metálico, tubular, raspa el alma, inquieta, recrea el eco de las grutas o las catedrales, clama por algo alejado de lo ordinario, irradia un micro cosmos desconocido, inspira, es seductor y potente en medio del más inmenso e inconcebible territorio de hielo y silencio.

Hay eso y otro poco de todo en el documental: el Monte Erebus, las medusas que te dije, esa extraña fauna submarina que alberga a los terribles equinodermos que nos hicieron rajar, un esturión enigmático, un iceberg del tamaño de Irlanda, la cabaña de la expedición Shackleton donde se siguen añejando botas y correas de trineo para perros, un puñado de historias personales cargadas de desmesuras, al modo de H. Una de esas historias es la del doctor en ecología marina David Aynley.

Desembarcó en las costas de Frozen Land desde San Francisco, la ciudad-ícono del Flower-Power. Es un capo el hombre. Debe ser uno de los más grandes sino el mayor experto en pingüinos del planeta. Y, verdaderamente, los ama. Como los que adoran gatitos. El 25 de abril, entérate, es el Día Mundial del Pingüino. Y, para celebrar semejante ocasión, el bueno de David escribe una loa a la especie y la escribe como un niño grande, con el fervor y el cariño que sólo un niño ilusionado frente a la hoja en blanco de su cuaderno escribe cuando su maestra le dice las cuatro palabras mágicas: composición tema la vaca. En su texto, Aynley se admira de cómo bucean y nadan sus aves –asegura que ni los peces pueden maniobrar como lo hace un pingüino- y no oculta su dolor frente a la desventaja de sus venerados frente a la voraz competencia de focas y delfines por los recursos oceánicos, hecho que llevó a la desaparición de las especies más grandes. El Gran Abuelo de Todos los Pingüinos llegó a medir 1.80 metros y pesar 80 kilos, pero sucumbió. El hambre tumba, arrasa, mata. Ahora sigue la competencia por comida. Su antagonista actual es el hombre y sus barcos factoría de pesca comercial. Aynley clama a los dioses del no man’s land helado: ¡los estamos condenando a morir! Grita a los humanos con los pingüinos de la película Happy Feet: “¡Dejen de comer pescado!”.

Cuando Herzog lo entrevista, llevaba ya dos décadas estudiando, comulgando, compartiendo con las aves. Aynley aparece sentado en un risco, encima de una pingüinera, el rostro hachado, quemado por el viento y el frío, flaco, el pelo blanco ceniza, largo, enfundado en una parka roja y unos anteojos negros amenazantes.

Herzog relata con precaución: “Me habían dicho que era un hombre taciturno, a quien en su soledad ya no le gustaba mucho conversar con seres humanos”. De ahí que, luego de hablar de generalidades sobre los plumíferos –como: este año han pasado un buen invierno y están muy gordos y cosas por el estilo-, ante un vacío espectral en el diálogo, Herzog, para romper el hielo –nunca más conveniente el lugar común-, se despacha con una pregunta sobre la sexualidad de los pingüinos.

Doctor, no sé dónde lo he leído…H. arponea a Aynley interrogándolo sobre si los bichos son maricas. En la cinta, se nota la tensión y cierta gesticulación volcánica del científico que parece anunciar un despacho a la mierda. Sin embargo, eso no sucede y Aynley, mordiéndose los labios, le contesta que no, que no hay evidencias sobre la homosexualidad de los pingüinos, que lo que sí puede probarse es que las hembras practican ménage à trois y que, algunas, son putas, se prostituyen, copulan sumisamente con tal de conseguir piedras para armar sus nidos. Cierra su relato con una forzada media sonrisa.

Eso no es todo. Luego, Herzog lo sigue aguijoneando, mortificándolo con otra pregunta atrevida. Le catapulta: ¿Hay pingüinos locos? Aclara: no es que diga eso, pensando que haya pingüinos que se sientan Lennon o Napoleón, sino que ¿hay pingüinos que no se bancan vivir más en la colonia y pierden la chaveta y se fugan, se van al carajo?

Aynley traga saliva y ya parece seguirle el juego -¿qué otra cosa iba a hacer? ¿arrojarlo a la pingüinera?- y le dice que el no vio a ningún plumífero dándose cabezazos contra las rocas ni nada que se le parezca pero que sí, es cierto, a veces, las aves se desorientan y tienen conductas erráticas, elusivas, incomprensibles.

Ahora viene lo mejor: la parte del pingüino del centro, como lo llama el alemán. Describiré la escena. En un plano abierto, panorámico, desde alguna altura, vemos la inmensidad desértica de la Antártida. La desolación más pura. Al fondo, se ven las montañas de la cordillera Trans- Antártica. Son cinco pingüinos, aleteando, caminando, según el relato de Herzog, hacia el mar que está, en algún lugar, a la derecha de la pantalla. A la izquierda, se supone que está la colonia. La música es oracular. Mientras los cinco pingüinos van saliendo de cuadro, aparecen otros dos, mirando en direcciones opuestas. En un momento, como imantado, uno de los pingüinos, con decisión, empieza a caminar hacia el nidal.

El otro, el del centro, se queda estático. Dice la voz: no iría al borde de los hielos a buscar comida ni regresaría a la colonia. Corta a un plano cerrado donde el pingüino, ya sin compañía, camina entusiasmado. Allá voy, espérame, parece indicar su actitud, su elegante manera de andar, llevando con gracia su aparente torpeza. Vuelve a cortar al plano de inicio de la secuencia: vemos el erial intocado, el hielo masivo, las montañas al fondo y al pequeño pingüino dirigiéndose hacia ellas.

70 kilómetros lo separan de la cordillera. 70 kilómetros de soledad. Dice Herzog que Aynley le había advertido que, si atrapasen al pingüino y lo regresasen a la colonia, el volvería a escapar y a encaminarse hacia los nevados. En un momento, el pingüino se detiene, voltea, parece advertir la presencia de intrusos, sus cámaras, los mira, no le importa, sigue su travesía. La música acentúa el drama. Angustiado, triste frente a la voluntad colosal de ese diminuto ser, H. se pregunta: ¿por qué? ¿Por qué lo hace si frente a la vastedad sin límites, su camino es el de una muerte segura? La escena es tan dura y, a la vez, tan tierna que conmueve sin remedio, atiza la esencia de nuestra condición, nos desnuda frente a un espejo imposible de evitar.

Marcel Schwob en La cruzada de los niños hace delirar a un Papa y a una infanta ciega –la pequeña Allys- con un Armagedón y un retorno del Salvador donde todo es blanco. Blanco y puro. Las túnicas, las flores, las intenciones. Pienso en el pingüino ermitaño y su íntimo apocalipsis antártico. Pienso, en medio de esta peste que nos asfixia y azota, y la maldad que acecha, en todos nosotros. Tal vez el pingüino buscaba lo mismo: de pie, de frente al desenlace de su destino, ansiaba algo verdadero, algo virtuoso y elocuente, una marca, una huella, una señal redentora. Tal vez el pequeño ser, el solitario pingüino, sólo buscaba, simplemente, paz.