Los drones del fin del mundo

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Lo cubrieron con frazadas antibalas. El chofer Nicolás Maduro miraba atrás hacia alguien, visiblemente alterado. Cilia, la esposa, desapareció por lo pequeña. Después, Padrino López, comandante, amenazó.

Si fue un auto-atentado o no está por verse. Algún analista gringo sugiere que fue real porque la desbandada que se miró por televisión no le quedaba nada bien al gobierno. En caso de que lo hubiesen orquestado ellos mismos; de todos modos salió mal.

Si los drones hubiesen tenido éxito no alcanzarían botellas para saciar el festejo. Este individuo tiene nomás que seguir la huella de Kadafi (así muchos otros). No cabe la corrección política ni alegatos humanísticos. Hay momentos en los que se llega a una insalvable cumbre, esos donde se debe decidir si se va al precipicio o a algo, incluso desconocido, que será mejor.

O será que Nicolás desea encaramarse en el trono de los supuestos supervivientes donde impera Fidel, no importa muerto. No le veo lo práctico al asunto. Está tan quemado que el mote de inmortal no le cabría. Mejor creer que alguien menos tonto que una oposición caduca ideó deshacerse del amo de una vez por todas y a la mala. Derecho que nos asiste a todos. Si el gobierno aterra, dar fin con él. Simple y llano. Decisivo, definitivo en el escaso alcance de este adjetivo y sin embargo productivo (perdón por la pobre rima).

Tres quedan en la América Latina: Maduro, Ortega, Morales. Dudo que López Obrador opte por el burdo camino de estos tres tristes tigrillos. Creo que aprecia más su reputación como para menearse con la escoria. Hay que ver; no sabemos. De los tres, dos transitan por la cuerda floja. El otro es malabarista de lo étnico y extensivo en el dispendio del dinero mal habido. La droga se ha democratizado hasta cierto punto en Bolivia y no es exclusividad de los zares. Eso da a Evo Morales buena cobertura entre la base delincuente. Sobre ello basa su poder: un lumpen narcotizado y pudiente, que no va a soltar el mango a no ser que le corten las manos. Hay machetes y pangas, sierras y motosierras…

La espera atormenta. Por años se predice la caída del colombo-venezolano, ducho en cambios de aceite y en ardides de fatales hinduistas. ¿A dónde se ha llegado? De la épica de Páez (que no era trigo limpio, tampoco) y el “vuelvan caras” del llano, el romanticismo bolivarista, hasta el mameluco de Hugo Chávez y su hijastro incluso por debajo en la escala animal.

Todo vale, supongo. O debiese. Y hay que decirlo, porque cada uno defiende su lar como puede y contra quien sea. Y si los niños pasan hambre y los rojos rojitos, la boliburguesía chavista, ostentan lo que la masa jamás tendrá, pues a tomarlo con violencia que es lo único que a veces se tiene, lo poco de que cada uno dispone, para solucionar entuertos y destrozar aficiones.

Ese vicio, el del poder, prima entre este colectivo engañoso que se hizo pasar por revolucionario. Y dentro de las normas revolucionarias habrá que juzgarlos y pasarlos por las armas. Drones van, drones vienen, o cohetes o lanzallamas, o una honda al estilo del judío David, con una canica metálica que perfore la cabezota del líder y demuestre con hechos que el acero que supuestamente llevan, el metal que dicen ser, no pasa de ser bagazo de caña, masticado y escupido.

A ponerlos en carrera que, como en el tango, uno se adelantará al otro en su camino final por una cabeza. O sin cabeza.