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El gobierno cuenta cifras, el pueblo cuenta pérdidas

La Paz atraviesa una crisis que hace tiempo dejó de ser una disputa política para convertirse en una tragedia humana, económica, cultural y social. Más de cuarenta días de bloqueos, enfrentamientos, escasez y paralización terminaron asfixiando a la sede de gobierno y golpeando a miles de ciudadanos que no participan de ninguna pugna partidaria.

La ciudad vive entre filas interminables por combustible, mercados con productos cada vez más caros, carreteras cerradas, incertidumbre permanente y una creciente sensación de abandono. Lo más preocupante es que mientras el daño se acumula día tras día, las respuestas continúan siendo lentas, contradictorias y claramente insuficientes frente a la magnitud del problema.

Resultó llamativo que mientras gran parte del planeta seguía la inauguración del Mundial 2026, en Bolivia el acontecimiento prácticamente no generara el entusiasmo habitual. No fue por falta de pasión futbolera, sino porque las preocupaciones de la población son mucho más urgentes. Para miles de familias la prioridad dejó de ser el deporte para convertirse en algo mucho más básico como conseguir gasolina, encontrar alimentos a precios razonables, llegar al trabajo o trasladar a un familiar enfermo a un centro médico.

La dimensión humana de esta crisis es probablemente la más dolorosa porque los reportes periodísticos informaron sobre la muerte de una niña con cáncer que no logró llegar a La Paz para recibir tratamiento. También se conoció el caso de una paciente oncológica que no pudo acceder a radioterapia debido a los bloqueos, así como el fallecimiento de un chofer que permaneció varado durante días en condiciones extremas.

A esas tragedias se sumaron la muerte de un niño de doce años y la de una ciudadana de Belice, víctimas indirectas de una situación que dejó de medir sus consecuencias. Como si ello no fuera suficiente, dos uniformados y dos civiles perdieron la vida en un accidente ocurrido en el lago Titicaca, cuando una embarcación de la Armada Boliviana prestaba apoyo para trasladar personas afectadas por el aislamiento generado por los bloqueos. Cada uno de estos casos demuestra que el costo de la crisis ya no puede analizarse únicamente desde la política; se trata de vidas humanas que no podrán recuperarse.

La situación provoca además una profunda indignación porque junto al dolor aparece la sensación de indiferencia cuando duele observar cómo las autoridades parecen incapaces de comprender la gravedad de lo que ocurre. Duele ver que mientras familias enteras enfrentan incertidumbre, escasez y pérdidas económicas, la respuesta oficial continúa girando alrededor de reuniones, diálogos y anuncios que rara vez se traducen en soluciones concretas y duele igualmente la crueldad de quienes sostienen los bloqueos sin considerar el impacto que generan sobre personas que nada tienen que ver con el conflicto.

Cuando una carretera cerrada impide que un paciente reciba atención médica, cuando un niño pierde una oportunidad de tratamiento o cuando una familia queda atrapada durante días lejos de su destino, la protesta deja de ser un mecanismo de presión y se convierte en una fuente de sufrimiento humano.

Las carreteras ofrecen quizás la imagen más clara de esta realidad porque miles de transportistas permanecieron atrapados durante días y semanas sin poder avanzar. Inicialmente se habló de más de 1.500 camioneros varados, pero posteriormente el transporte pesado denunció que cerca de 5.000 unidades quedaron detenidas en distintos puntos del país. Muchos conductores sobrevivieron en condiciones precarias, soportando frío, hambre y agotamiento.

Uno de los episodios que mejor refleja el nivel de desesperación fue el accidente de un camión cargado con cientos de huevos que volcó al intentar utilizar una ruta alternativa para evitar los bloqueos. El hecho puede parecer menor frente a otras tragedias, pero simboliza perfectamente el caos que vive el país.

Del mismo modo, toneladas de frutas, verduras y otros productos terminaron pudriéndose en las carreteras sin llegar a los mercados. Cada carga perdida representa trabajo desperdiciado, inversión destruida y alimentos que nunca llegaron a las mesas de las familias bolivianas.

Las consecuencias económicas ya son visibles en toda la ciudad porque los precios de los alimentos subieron de manera pronunciada, algunos productos duplicaron e incluso triplicaron su valor, mientras la oferta disminuyó por las dificultades de transporte y abastecimiento. La escasez de gasolina y diésel agravó todavía más el panorama. Las largas filas en los surtidores pasaron a formar parte de la rutina diaria y afectaron desde el transporte público hasta la distribución de alimentos y medicamentos. La Paz no solamente enfrenta bloqueos; enfrenta también una creciente parálisis de su actividad económica.

Los efectos sobre el empleo y la producción son igualmente preocupantes pues miles de trabajadores vieron reducidos sus ingresos. Pequeños negocios suspendieron actividades y numerosos emprendimientos familiares quedaron al borde del cierre. Empresas medianas y grandes también resultaron afectadas, entre los casos más visibles se encuentra PIL, que enfrentó dificultades para mantener la producción y distribución de sus productos. El sector hotelero tampoco escapó al impacto, establecimientos como el Hotel Salquis anunciaron cierres temporales o restricciones operativas como consecuencia de la caída de actividades y de las dificultades provocadas por la crisis.

Las estimaciones difundidas por distintos sectores sitúan el costo económico total entre 1.600 y 2.000 millones de dólares. La cifra resulta gigantesca, pero incluso así no alcanza para reflejar el verdadero alcance del daño. Detrás de esos números existen empresarios que perdieron inversiones, comerciantes que agotaron sus ahorros, productores que no lograron vender su mercadería y trabajadores que hoy desconocen cómo sostendrán a sus familias en los próximos meses.

La cultura y el turismo tampoco quedaron al margen porque la postergación y afectación de eventos emblemáticos como la Larga Noche de Museos, la Entrada del Señor Jesús del Gran Poder y otras actividades culturales provocó pérdidas económicas significativas y dañó una de las principales cartas de presentación de la ciudad ante el país y el mundo. Cada evento suspendido afecta a artistas, artesanos, músicos, hoteleros, restaurantes, transportistas y pequeños comerciantes. El perjuicio no se limita a una fecha en el calendario; afecta a toda una cadena económica vinculada a la actividad cultural y turística.

En las calles, el deterioro también se volvió visible pues los reportes mencionan daños a cabinas del teleférico, contenedores de basura, jardineras, mobiliario urbano, limpiaparabrisas e instalaciones del Ministerio de Educación. La basura acumulada en diversos sectores de la ciudad y los daños a la infraestructura pública transmiten la sensación de una urbe que comienza a perder la capacidad de sostener su funcionamiento normal. Lo peor…cada destrozo deberá ser reparado con recursos que pertenecen a todos los bolivianos.

A este escenario se suman hechos de violencia que afectan directamente a ciudadanos comunes. Una joven fue interceptada y despojada violentamente de una bolsa con sus pertenencias; un lustrabotas sufrió un robo; un efectivo policial resultó gravemente herido durante los enfrentamientos. Son episodios que muestran cómo el conflicto termina golpeando a personas que simplemente intentan trabajar, desplazarse o sobrevivir en medio de la crisis.

Todos estos hechos tienen un origen común, una crisis que se prolonga porque existen actores políticos que continúan apostando por la confrontación. En ese contexto, Evo Morales aparece  en el centro del debate nacional porque para una gran parte de la población y para el propio Gobierno, el exmandatario es uno de los principales responsables de impulsar y sostener las medidas de presión que mantienen bloqueado al país.

Mientras las pérdidas económicas se acumulan, los alimentos escasean, las empresas reducen operaciones y las familias enfrentan incertidumbre, Morales continúa alentando movilizaciones y bloqueos a través de sus sectores afines. A ello se suman los procesos judiciales que enfrenta, su declaratoria de rebeldía y la orden de aprehensión vigente en su contra.

Pero si los bloqueos y la confrontación explican una parte de la crisis, la otra parte de la responsabilidad recae en un gobierno que no logra estar a la altura de la emergencia. A medida que se acumulaban las muertes, las pérdidas económicas y el desabastecimiento, la respuesta presidencial parece moverse entre diálogos interminables, mensajes contradictorios y decisiones que llegan tarde o resultan insuficientes.

La sensación que crece entre muchos ciudadanos es que el presidente observa la crisis desde la distancia, como si se tratara de cifras en un informe y no de personas de carne y hueso. Mientras las autoridades presentan balances y evaluaciones, hay familias que pierden ingresos, empresas que dejan de producir, trabajadores que se quedan sin empleo y pacientes que no pueden acceder a atención médica.

Da la impresión de que el gobierno de Rodrigo Paz Pereira espera el momento adecuado para actuar o prepara una respuesta de mayor envergadura, pero cada día de demora tiene un costo que pagan los ciudadanos. Lo que muchos cuestionan no es solo la lentitud de las decisiones, sino la dificultad para comprender la dimensión humana del daño que se acumula.

Mientras todo esto ocurre, las autoridades insisten en privilegiar el diálogo como principal mecanismo de respuesta. Sin embargo, las declaraciones oficiales suelen transmitir señales contradictorias y aumentar la incertidumbre en una población que enfrenta escasez, pérdidas económicas y un creciente desgaste social.

Esa es quizás la crítica más profunda que deja este conflicto… las personas no son números. Detrás de cada cifra existe un comerciante que cerró su negocio, un trabajador que perdió su empleo, un productor que vio pudrirse su mercadería, una familia que ya no puede cubrir sus gastos básicos, un enfermo que no llegó a tiempo a un hospital o una vida que se perdió en medio de una crisis que parece no tener fin.

Por eso las preguntas que quedan flotando sobre la ciudad son inevitables. Si las pérdidas económicas ya alcanzan entre 1.600 y 2.000 millones de dólares, si hay muertos, heridos, empleos destruidos, empresas afectadas, eventos culturales paralizados y una ciudad entera sometida a la incertidumbre, ¿Quién pagará por todo este daño? ¿Quién responderá por las familias que perdieron ingresos, por los negocios que cerraron, por los productores que quedaron arruinados y por las vidas que se perdieron en medio del conflicto? ¿Quién rendirá cuentas cuando todo esto termine? ¿Hasta cuándo esperará el Presidente para actuar con la contundencia que exige la situación? ¿Hasta cuándo resistirá La Paz el aislamiento, la escasez y el desgaste? ¿Cuándo volverán los ciudadanos a despertar sin preguntarse si encontrarán combustible, alimentos o libre tránsito? Y, sobre todo, ¿cuándo entenderán quienes gobiernan que las personas no son cifras dentro de una planilla, sino seres humanos que cargan cada día con las consecuencias de decisiones que otros toman desde la distancia?

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