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El desgaste

Las naciones no se destruyen de un día para otro. No colapsan únicamente por guerras, golpes de Estado o catástrofes naturales. A veces un país comienza a morir lentamente en algo mucho más silencioso: el desgaste.

  • El desgaste de la esperanza. El desgaste del bolsillo.
  • El desgaste de la fe pública.
  • El desgaste de la paciencia colectiva.
  • Eso es lo que Bolivia está viviendo.

Existe un momento peligroso en toda sociedad: cuando el ciudadano deja de indignarse y empieza simplemente a resignarse. Cuando los bloqueos dejan de sorprender. Cuando el caos se vuelve rutina. Cuando el miedo económico se convierte en costumbre. Cuando abrir la aplicación del banco, mirar los precios del mercado o salir a la carretera produce ansiedad.

Hoy Bolivia vive atrapada en esa normalización del deterioro.

La tragedia ya no es solamente la inflación, los conflictos o la incertidumbre política. La tragedia es que nos estamos acostumbrando a vivir mal. Nos estamos acostumbrando a sobrevivir entre discursos optimistas y una realidad cada vez más áspera.

Presidente, el problema del país ya no puede ocultarse detrás de cifras técnicas ni narrativas políticas. Porque la economía real no se mide en conferencias de prensa; se mide en mesas vacías, en familias ajustando gastos, en comerciantes desesperados, en jóvenes que sienten que el futuro se les cerró antes siquiera de empezar.

Y mientras eso ocurre, desde el poder se insiste en administrar el lenguaje en lugar de administrar soluciones.

Pero las palabras tienen un límite.

Llega un punto donde ningún discurso puede competir contra el precio del aceite, contra el incremento del transporte, contra la angustia de una madre que ya no sabe si el dinero alcanzará para toda la semana. Ninguna retórica puede convencer a un pueblo que observa cómo el desgaste avanza sobre cada aspecto de su vida cotidiana.

Porque Bolivia no solamente atraviesa una crisis económica. Atraviesa una crisis de confianza.

Y cuando la confianza se rompe, el Estado comienza a fracturarse desde adentro.

La gente ya no siente seguridad. No siente estabilidad. No siente dirección. Lo que siente es cansancio. Un cansancio profundo, acumulado, silencioso. El cansancio de escuchar promesas mientras la realidad se deteriora delante de sus ojos.

La filosofía política siempre entendió algo esencial: un gobierno no cae únicamente cuando pierde poder; cae cuando pierde legitimidad moral frente a la experiencia diaria de su pueblo. Y hoy existe una distancia brutal entre el relato oficial y la vida concreta del ciudadano boliviano.

Ahí nace el desencanto.

Porque mientras el discurso habla de control, el ciudadano siente descontrol. Mientras el poder habla de estabilidad, las calles transmiten tensión. Mientras las autoridades hablan de esperanza, la población habla de supervivencia.

Ese divorcio entre la narrativa y la realidad es peligroso. Muy peligroso.

Las sociedades pueden soportar pobreza, conflictos e incluso injusticias durante mucho tiempo. Lo que no soportan eternamente es la sensación de abandono. Sentir que nadie escucha. Que nadie comprende. Que nadie gobierna verdaderamente.

Bolivia empieza a mirarse al espejo y a no reconocerse.

Y quizá la pregunta más grave no sea cuánto subieron los precios o cuántos bloqueos habrá mañana. Quizá la pregunta más grave sea otra:
 ¿En qué momento dejamos de creer que el país podía mejorar?

Porque cuando una nación pierde la esperanza colectiva, comienza lentamente a vaciarse de futuro.

Y ningún discurso puede llenar ese vacío.

Sergio J. Pérez Paredes es Historiador, escritor y docente universitario.

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