«Para la historia nada es definitivo excepto el cambio, para la tragedia cada cambio es definitivo» –Octavio Paz.

Maurizio Bagatin

Giacomo Casanova, veneciano pícaro y bribón. Tal vez pasó por aquí, tal vez aquí estuvo, en este Bósc, en este Casín del Bósc. Cuentan que las leyendas, aunque sean mentiras, con el tiempo, eterno, consolador y madurador, se vuelven verdades o se hacen historias. El duelo es el cuento autobiográfico del aventurero, la narración del duelo que Casanova sostuvo con el Príncipe Braniski, el favorito del rey de Polonia; este testimonio puede ser que empezó a escribirlo aquí, en una de sus estadías, de paso hacia sus diplomacias en Austria, o de vuelta de uno de sus libertinajes en Hungría, quizás cuando el canto de unas sirenas del Bósc lo habrían persuadido en permanecer en el Casín del Bósc más de una sola noche… la curiosidad es filosofía, y él, iluminista, honorable caballero y aficionado espadachín, se quedó. Siempre hijo perfecto y fiel de la sociedad absolutista, siempre, hasta Robespierre…

El Bósc era un encanto de árboles, su calle, donde nuestra infancia deslizaba, tenía una coreografía natural, en un territorio sin obstáculos físicos y geográficos, solo árboles y más árboles, los que sobrevivieron a ser cimientos de la Serenissima y los que no cedieron a los embarques de Atila, que propio aquí destruyó un castillo, en una sus arrasadoras incursiones… en 1551 de Zechinis… de Cechinis, en 1580 di Zechini… alli Zechini… alli Cechini, en 1588 en la rivera dicha i cecchini. Ponerle nombres a un lugar. Hoy Cecchini. Casanova, Atila, y Andreotti, el donjuán, el azote de Dios, y belcebú, tres ilustres del síndrome de Stendhal por Cecchini… Y luego, los años setenta, de las ventanas salían aromas a platos de comidas auténticas y la música de los beat, de los últimos románticos y el zigar de nuestras madres… en la esquina con la Calle Codopé -del nombre de unos fantasmales condes venecianos- una insólita placa de madera -feliz intuición de un excéntrico artesano local-, debajo de la indicación con el nombre de la calle, decía de los amores. Amores de día y amores de noche, calle que no quería perder su fama y su encanto, su charme nos decía siempre Toni Vignando cuando volvió de su largo migrar por Francia, él, siempre visionario y bohemio; se respiraba el tránsito de aquellos amores en los perfumes de las peluquería del sábado por la tarde, porque a la misa del domingo el comulgar sin aquel pecado ya estaba perdiendo canon, se estaba debilitando, y hasta el cura a veces pasaba por ahí; o con el raro auto parqueado en el pasaje del atajo, o el señor nunca visto antes, que las mojigatas y los curiosos decían haber visto pasar y luego entrar en la casa del pecado. La comedia a la italiana nace provincial y pueblerina, sana en todos sus ingredientes naturales, pan amor y fantasía.

El Casín del Bósc fue una casa de caza o de pesca, una casa de juego, un burdel, o una casa de descanso para los nobles venecianos, un refugio, tal vez, durante las dos guerras mundiales, luego, fue una casa de campesinos que hoy día parecen extraídos de una novela de Bacchelli o de una película de Bertolucci; ambientes calientes para hacer hilar los gusanos de seda, depósitos de las hojas de los árboles de moreras cosechadas verdes en primavera, y en diciembre, cuando la neblina invadía campos y bosques, en su galpón un cerdo colgado se rendía, un grito aún, y luego la sangre se volvía baldon, el postre pobre que hoy tanto extrañamos… sangre y amor alguien le decía. Fue Giovanni Comisso quien nos contó que hasta el famoso Tiramisú, del cual se ha dicho mucho y del cual muchos se jactan de tener su derecho de nacimiento, en realidad nació en un casín, en una casa de tolerancia de la ciudad de Treviso, en esta Cae de oro tan famosa por sus bellas mujeres y tan desprestigiada por sus intrépidos frecuentadores… vicios y virtudes inseparables a la necesidad de reconstituirse antes de volver a la rutina del hogar.

Así fue que para nosotros cruzar la línea de sombra era como cruzar la Via Paal, cruzar la Via Bosco de los amores, de los amores imperfectos y de las aventuras aún imposibles o casi imposibles… viñedos y álamos, moreras y frutales, alfalfa y heno, fronteras y emboscadas, el misticismo histórico y las leyendas campesinas, las canciones de amor y los zumbidos reales… lo consagramos con amor, el Bósc de los amores, Casanova que aún busca el abrazo famélico de la curiosidad erótica y de todas las curiosidades efímeras, Casanova huérfano de Fellini, y nosotros que seguimos buscando una posible existencia en la leyenda, una posible verdad en las mentiras, y darle una historia. Tenía razón San Agustín al decir que los hombres viajan para maravillarse con los océanos y las montañas, los ríos y las estrellas y pasan al lado de sí mismos sin asombrarse.