Blog Post

News > En pocas palabras > Microrrelatos – Colección de literatura breve CCXXVIII

Microrrelatos – Colección de literatura breve CCXXVIII

Emperador

Felicidad Batista – España

Cuando Julio César sintió la daga rasgar su cuello, no lamentó el dolor, la conspiración, la traición de Bruto, las veintitrés puñaladas y la sangre que manchaba su túnica. Ni siquiera dejar viuda a Calpurnia ni como la muerte lo miraba deseosa a los ojos. Lo que le dolió en aquel instante final, fue que impidieran vivir su eternidad.

Amor filial

Virginia González Dorta – España

Se acerca a la barra con un agaporni sobre el hombro. Va en busca de la botella de ron, aquella del capitán Silver y su canción eterna. Lo tiene todo: el parche, la casaca, el gorro, un sable algo oxidado. Sólo le falta el loro, por eso trae el periquito de su hermano más chico, el que le pide una y otra vez que le lea algo de La isla del tesoro.

Tiempo Extra

Jorge Larrea Mendieta – Bolivia

El delantero falló en el tiempo extra. Pero en su cabeza, el gol perfecto se repite cada madrugada.

Diógenes

Karla I. Herrera – Honduras

Su habitación parecía una bodega, apenas se podía caminar en medio de tantos objetos acumulados y apilados en forma desordenada. Él no estaba consciente de aquel maremágnum, sólo pensaba en que debía tener consigo cada una de sus pertenencias, aunque no fuesen imprescindibles. Se aferraba al pasado, a sus gustos excéntricos y a lo que pudiera faltar en un futuro inmediato o lejano. Y ocurrió lo que nadie previó a tiempo: un incendio destruyó gran parte del edificio que albergaba aquel patológico amontonamiento. Todos fallecieron carbonizados, menos Diógenes, quien quedó estupefacto, casi aleccionado e, increíblemente ileso, en su doceavo piso, pero atrapado entre trastos, disímiles herramientas y materiales ígneos que nunca llegaron a combustionar.

El cansancio del contrabajo

Sara Coca – España

Agotado tras horas de mecánico esfuerzo toca regresar a casa. La calle no es lugar para conciertos, con tantos gritos y motores. A los transeúntes les importa poco mi vibrante sonido, pero él se empeña en continuar, día tras día, pese al frío, el viento y el calor.

Echo de menos aquellos tiempos en la escuela de música, donde los aplausos se prolongaban hasta el infinito. En la calle nadie me escucha. Por eso lo empujo de repente cuando pasa el tranvía. Después de todo, a mí cualquier luthier me devolverá a la vida.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights