Política privatizada

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Se ha producido un quiebre total entre la sociedad (o la ciudadanía) y la clase política. Con esto no pretendo ni siquiera insinuar que la clase política boliviana de otrora haya sido un ejemplo en cuanto a sus vectores de representación social ni que sus vasos comunicantes hayan funcionado óptimamente, porque en verdad eso nunca fue así, pero pienso que, al menos, sí había más interacción de realidades entre las necesidades y demandas de la colectividad o de los individuos, por una parte, y las acciones o propuestas —si las había— de los legisladores y los jerarcas del Ejecutivo, por otra.

En este estado de cosas, la conclusión es poco menos que diáfana: la democracia boliviana es aparente, ficticia. Se ha privatizado para los partidos políticos de izquierda y de derecha y sus más estrechos aliados. Se vota por el mal menor (un acto mecánico y casi inconsciente de introducir la papeleta en el ánfora), no se elige al mejor.

Hoy, los individuos y las colectividades que tienen demandas legítimas (demandas que tendría que resolver el Estado porque pagan a éste impuestos) no buscan a los partidos ni a los burócratas del Estado para buscar y hallar soluciones porque han perdido toda la confianza (y en muchos casos el respeto) en ellos; se han disociado. Pues el Estado, incluso siendo elefantiásico, vive en una realidad diferente a la de los pobres, los escritores, los profesionales y los empresarios, porque en él se pagan salarios fijos y se vive como si la maquinaria del país en verdad se estuviera desarrollando. Sencillamente no los entiende y ellos no quieren ya entenderlo a él.

La culpa, más que en ningún otro lugar, está en la sociología de los partidos políticos, tanto de izquierda como de derecha (para hablar de acuerdo con esa taxonomía simplona), que son grupos cerrados con intereses sobre todo pecuniarios y materiales y sin la menor intención de formar cuadros a través de escuelas de formación política. Se tiene una izquierda y una derecha decadentes y miopes: la izquierda está ebria de poder y la derecha no entiende a Bolivia. No se necesita ser cientista social ni tener un agudo ingenio para darse cuenta de que las organizaciones políticas que ganaron alcaldías y gobernaciones y las que están sentadas en el Parlamento nacieron sin estructura seria ni, mucho menos, ideas o programas serios. Lo peor de todo es que su elemento humano no es solo vacío de ideas, también lo es de aquello que, para Aristóteles, debe ser siempre el precedente para que la política pueda continuar: la ética.

Así las cosas, se puede entender que a la hora del sufragio el futuro y la democracia ya estén hipotecados. Se nos hace creer que los partidos políticos son democracia, pero nada es más falso. Este fenómeno de la mediocridad del elemento humano en el seno de los partidos se debe, en buena medida, a los privilegios que promete la eventual función pública de alto rango: vehículo a disposición, altos salarios, seguro social, relevancia mediática, etc., elementos que son muchas veces los únicos que impelen a los advenedizos a formar parte de estructuras partidistas. Poder, dinero y prestigio, son —como dice HCF Mansilla— las motivaciones que excitan a los mediocres que intentan ingresar en el aparato público; esto deviene indefectiblemente populismo en todos los niveles, o sea, la antipolítica.

Con la política secuestrada en manos de los mediocres, ¿qué suerte espera a los virtuosos, éticos e inteligentes?: 1) que se corrompan con junto con la masa (lo cual ocurre no pocas veces, ora en el puesto de poder, ora incluso en el partido), 2) que se sientan exilados en un islote de soledad intelectual y operativa desde el cual no pueden generar ningún cambio real o significativo o 3) que sencilla y directamente no quieran ingresar en el fangal que es la política de partidos boliviana. Cualquiera de esos tres destinos es triste y grave para el país.

Ahora bien, ¿por qué hablo de una “privatización” de la actividad política? Porque tanto en partidos de izquierda como de derecha hay oligarquías que detentan el poder y oligopolios que los apoyan en las campañas electorales y mediáticas. El corolario de esto es que no solo el pobre y menesteroso queda marginado de la aspiración a cargos de poder, sino además el ciudadano de clase media, el profesional liberal, el escritor, el artista, el empresario que no acepta prebendas de políticos y el comerciante.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario