Oscar Puky Gutiérrez

Estoy colmado, conmovido. La lectura es exactamente lo que se dice de ella: “una de las formas de la felicidad”. Y con los textos de Andrés Canedo esto me sucede. Siempre.

Los antecedentes son remotos. Hace un buen puñado de años fui severamente abducido por “Pasaje a la nostalgia”, una extensa e intensa novela suya cuyo recuerdo, aún hoy, me detona sonrisas y saudades cómplices.

Tiempo después me adentré en “Territorio de signos”, y ahí, otra vez, de manera harto evidente, su destreza narrativa me condujo, diestramente, por algunos de los más escondidos recovecos del alma humana, rincones poco transitados que el autor parece conocer con la exhaustiva precisión de un asceta siberiano. Recorrer esos insólitos parajes de piel, ausencia, nostalgia y ternura, detonó en mí, nuevamente, la inquietante y adictiva sensación de estar ante algo parecido a la belleza y la sabiduría.

Y es ahora, con los cuentos de “El fisgón del patio de comidas y otros cuentos” que comprendo algunas de las razones que explican, imperfectamente, mi agradecido entusiasmo.

 Sucede (y es nomás una personal intuición) que el polifacético autor de estas páginas es un caso congénito e incurable de devoción por la belleza. Es capaz de detectarla (o, quizás, de crearla) en casi todos los lugares en los que ejerce el olvidado arte de la mirada: en el arcano misterio con que fue modelado el inolvidable rostro de Nefertiti, en una bellísima muchacha que come pollo en una de las mesas de un anónimo patio de comidas, en extrañísimas pinturas orientales que creíamos conocer, o en la trágica y previsible rutina de las arduas despedidas…

Observar mi-nu-cio-sa-men-te la vida y luego contarla, parece ser su oficio más trascendente, y para ejecutarlo dispone de la no tan frecuente habilidad de elegir certeramente cada palabra.

Andrés es un artesano que cultiva el lenguaje habitado, decidor, sus párrafos son filigranas de inteligente y hermosa densidad poética: quien lo lee accede a otro estado de conciencia, una suerte de imprescindible pátina de felicidad en los suburbios del alma.

La mujer, la docencia de la piel, las pasiones exageradas, las horrorosas despedidas y la posibilidad de la ternura en medio del naufragio cotidiano, son algunos de sus territorios predilectos y, en todos ellos, tiene algo preci(o)so para aportarnos.

Siempre es una noticia alentadora la existencia de creadores así, porque los espejos íntimos que nos ofrendan son artefactos emocionales que nos elevan, por terapéuticos momentos, sobre el enrarecido aire de nuestras cotidianas rutinas.

“Y aquí estoy, dentro de ti, milagro de la vida, tibieza que me absorbe, sueño breve que me acerca a la luz. Ahí voy, a deshacerme en el prodigio de tu vientre, para salir renovado desde tu abismo cálido que me integra, que me reconstruye, que me lanza al efímero resplandor de la alegría”.

Así es Andrés. Así escribe él. Y yo no encuentro mejores palabras que las arriba citadas para describir el intenso, conmovedor, pulcro y sorprendente viaje que su escritura nos ofrece. Bienvenidos sean todos a esta estupenda travesía.