Medallitas, medallas y medallones

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Cuando hablamos de medallitas, las asociamos a un símbolo religioso que representa la divinidad y, con más frecuencia, en la fe católica, a la gracia de María la Virgen que se derrama en quienes la usan —lo que puede o no ser cierto—, y se acostumbra regalarlas a los niños en su Bautismo y a los adolescentes en su Primera Comunión. En todo caso, eso forma parte de la tradición humana, y son los que mantienen esas costumbres los únicos involucrados en ellas. Y, lo más importante, lo hacen con dinero privado y no público.

Pero cuando hablamos de medallas, estamos hablando de preseas que se confieren a hombres y mujeres que se distinguen por eminentes servicios prestados en favor de un determinado círculo o causa, honrando los actos edificantes de quienes desde dentro o fuera se distinguen nítidamente en determinadas áreas.

Por definición, las medallas se las confiere por un mérito particular, y excepto el caso de hace varios años, en que un canciller boliviano se autoimpuso el Cóndor de los Andes, y ante el bochorno cometido tuvo que devolverlo, nunca más escuché que alguna persona natural o un cuerpo colegiado como lo es la Cámara de Diputados se autopremie con una medalla. Es que las medallas son eso: reconocimientos a una labor inspiradora o estimulante que testimonia el homenaje de quien la otorga. Pero no es sorprendente que el presidente de la Cámara baja aduzca que aquello obedece a la previsión del Art. 24 de su reglamento, porque se incurren en tantas medidas o declaraciones insólitas que ésta solo se suma a la larga lista. Mas lo que en lo personal me provoca decepción, es la adhesión total del diputado opositor Walter Villagra, para  el que su larga trayectoria política no le ha servido de mucho. Pues, para su ilustración, el invocado artículo 24 del reglamento (que, por otra parte, no es la Biblia) en ninguna de sus partes habla de medallas, sino de distintivos especiales para actos oficiales y desfiles.

Pero los distintivos distan, y mucho, de las medallas. Los primeros son insignias u objetos y hasta uniformes característicos para distinguirse de los demás y no suponen ningún accesorio que denote que portar uno sea reconocimiento de algún mérito. En el caso de nuestros representantes legislativos, desfilar con una medalla al cuello supone un irrespeto consigo mismos porque en la Cámara existen algunos diputados (incluyendo uno que otro del oficialismo) que tienen un desempeño eficiente, pero eso es parte de su trabajo y su obligación; luego, presumir una medalla de metal precioso que con mérito propio la exhibe un campeón o un ilustre servidor, está fuera de todo razonamiento porque pensar que los 260 legisladores son depositarios de esas virtudes, sería una grosera broma.

Qué falta de sensibilidad y de tacto político la de Freddy Mamani, al refugiarse, con ridícula sumisión a la “norma”, en un precepto de rango casi insignificante en la escala normativa nacional, dilapidando recursos fiscales sin importar el monto, cuando por obligación reglamentaria de la misma Cámara de Diputados (Art. 25) se establece que sus miembros deben cumplir y velar por la vigencia de la Constitución, la cual fue vulnerada hace algunos años por permitirse una candidatura ilegal y desconocerse el resultado de un referendo que, conceptualmente, es un instituto fundamental de la democracia, y por eso mismo su ejecución es vinculante.

Indudablemente ha de ser motivo de fundado orgullo ostentar en el pecho una medalla no comprada y que sea el símbolo y emblema de una excelencia alcanzada que supone ser el mejor, o de los mejores, en algo; pero ganarla por hacer un trabajo cuando menos mediocre, y tenerla que utilizar casi obligadamente en el desfile del 6 de agosto en la capital del Estado, ha de ser motivo de vergüenza.

En fin, esto es Bolivia, donde se cree que la dinamita debe ser declarada patrimonio cultural del Estado pero se ignora a los artistas, deportistas, pensadores y profesionales que se destacan y contribuyen a la construcción de un país de tan livianas mentalidades. Ser diputado, por sí mismo, no es sinónimo de excelencia merecedora de una medalla, distinción que, según el manual del sentido común, debe proceder de una instancia ajena y jamás de uno mismo.

Luego del homenaje a Bolivia y los siempre cansadores actos que son puro formalismo, los diputados lo que sí merecidamente ganaron fue un opíparo almuerzo o unos medallones de cerdo a la cebolla que conozco en un acogedor restaurant de Sucre.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor