La revolución tecnológica avanza y los trabajadores de la industria de la IA, y todos en general, deberían saber que la lucha no hizo más que comenzar. Detrás de esta tecnología todavía hay personas que se encargan de clasificar macrodatos y entrenar sistemas de IA. Pero en un futuro no lejano los entrenadores de IA podrían ser otros agentes de IA, prescindiéndose así de las capacidades humanas. Sabemos que uno de los retos principales ante los que nos enfrentaremos será la desaparición de empleos por la automatización y la creación de servicios con herramientas algorítmicas, pero otro no menos relevante será la erosión de la inteligencia o la creatividad humanas. Sobre este último punto me gustaría reflexionar ahora.
Antes del lanzamiento de aplicaciones como Chat GPT, podría decirse que las máquinas pensaban junto con nosotros. Por ejemplo, una búsqueda en Google nos ayudaba a realizar algún trabajo. Pero con la IA las máquinas piensan por nosotros. Y por mucho que seamos conscientes del peligro que supone delegar el ejercicio de pensar a una máquina, la verdad es que es difícil no hacerlo: el periodista, el diseñador gráfico, el abogado, el psicólogo y el arquitecto, incluso si son conscientes del peligro de la IA, delegan cada vez más su trabajo a un procesador que es más rápido y quizá más perfecto que ellos.
No existe una sola definición sobre lo que es la inteligencia, pero en términos generales podemos decir que es la capacidad de resolver problemas. Y para saber qué tan inteligentes son realmente los jóvenes de la generación digital, habría que reinventar los test tradicionales de inteligencia que se hacen desde hace más de un siglo. Sin embargo, cuando reflexionamos cómo serán las jóvenes generaciones de la era digital en cuanto a memoria, concentración y capacidades lingüísticas, uno no puede ser muy optimista, pues los contenidos rápidos y breves van en contra de todas ellas.
Sabemos que el cerebro es un músculo, un órgano plástico que, si usa, se potencia. Esto hizo que los avances en educación e industria en el mundo hicieran que las personas fueran cada vez más inteligentes. Así, un hombre de inteligencia media del siglo XX podía haber sido como un genio comparado con la mente más brillante del siglo X. Pero ¿qué pasa cuando el cerebro deja de ser exigido? De una generación pegada a la pantalla de los teléfonos y haciendo scroll infinito, ¿qué se puede esperar?
Es improbable que por genética seamos en el futuro menos inteligentes, pero sí es seguro que tendremos menos tiempo para concentrarnos. La sobrecarga de la corteza prefrontal hace, sencillamente, que haya menos paciencia. Las pantallas captan nuestra atención desde edades más tempranas y durante periodos más prolongados, y todo esto nos debería llevar a cuestionarnos sobre hacia dónde vamos. No se trata de ser alarmistas, ya que el mundo siempre enfrentó problemas, pero sí de reflexionar el efecto de la vida en línea en la inteligencia y los procesos cognitivos.
Pero no todo puede ser tan gris. Colaborar, conectar emocionalmente, crear digitalmente, adaptarse y resistir son capacidades que los test de antes no medían, y en todo esto la generación actual es tal vez superior a las anteriores. Paradójicamente, pese a la vida virtual, las generaciones actuales parecen tener una capacidad de empatía que no poseían las generaciones de nuestros abuelos. El “genio” o el “sabio” ya no será el homo universalis, sino alguien que posea empatía y capacidad para enlazar información fidedigna. En este sentido, otro punto a favor es la democratización del conocimiento (que no de la información); hoy, con algo de voluntad y paciencia, se puede leer el Quijote o la Ilíada sin la necesidad de ir a una biblioteca o de comprar un costoso volumen de esas obras.
La vida digital plantea otro paradigma de vida, uno que supondrá varios problemas. Pero ¿es posible ir hacia atrás en el tiempo? A menos que sobrevenga un fenómeno como el Oscurantismo, lo único que podemos hacer es aceptar la tecnología y tratar de controlarla, para convivir con ella razonablemente. Usar la IA como jefes y no como subalternos de ella puede ser decisivo en este sentido. Y para esto, no es suficiente aprender con la tecnología, sino aprender un poco lo que es ella misma.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social