Manfredo, el regionalista

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Manfredo Kempff, un escritor cruceño, ha disparado nuevamente contra los migrantes “collas” en Santa Cruz en su artículo “Lo que no deseamos”. Poco serio, no sustenta lo que sostiene –Kempff atribuye el “desorden” de su ciudad a los “collas”, que son vendedores, pero no nos dice cuántos migrantes “collas” viven en su ciudad, en qué rubros trabajan, y dice más bien que, para comprender la situación, es “cosa de ver la televisión”- nos empuja, como lectores ingenuos que él cree que somos, a confundir “orden” (que es, seguramente, algo que todos queremos en nuestras caóticas ciudades bolivianas) con migración. En otras palabras, recrea un prejuicio que recorre Santa Cruz: que hay una migración “colla” tan excesiva, tan grande, que se acumula en mercados y “ventas” y que, por ser tantos, los “valores” de la sociedad cruceña (que no son desorden, suciedad, inseguridad, etc.) están en amenaza.

Si el artículo de Kempff es poco serio porque no cita fuentes y más bien prejuicioso, por las asociaciones que hace (¿por qué Kempff, si habla de “desorden” y de “invasiones”, no habla del narcotráfico?), es más llamativo el intento de oposición que hace entre racismo y regionalismo. En lo nuclear, Kempff nos dice que él no es racista, pero sí regionalista. Aquí está lo preocupante, ¿cuál es la distancia entre regionalismo y racismo en el pensamiento de Kempff? En otro artículo, “racismo y regionalismo”, su confusión es más que evidente: dice que “(…) en Bolivia, como en otras naciones muy avanzadas, lo que siempre existió fue el regionalismo, que es muy distinto al racismo. El regionalista ama su campanario, sus costumbres, su hablar y sus creencias, como es el cruceño. El racista, como el Vice y otros oficialistas, quiere imponer a una etnia sobre otra alegando que la propia es superior a la ajena.” En otras palabras, muy confusamente, Kempff acusa al Movimiento Al Socialismo de crear racismo –aunque luego habla de una “reivindicación racial”- sobreponiendo a “una etnia” sobre otra y también desplazando al regionalismo (dice “(…) en todo el mundo existen regionalismos, y en Bolivia data de siempre.”)

Vamos por partes. En primer lugar, el regionalismo cruceño que Kempff defiende es consecuencia de un excesivo centralismo estatal en las primeras décadas del siglo XX, en la República. Así lo sostiene “Los Enemigos del Alma. Élite terrateniente y discursos racistas en Santa Cruz” de Arián Laguna Quiroga (2013): en otras palabras, el regionalismo solo se da en tanto el Estado mantiene una relación desigual con algunas regiones. En segundo lugar, y esta es la parte interesante, el regionalismo defendido originalmente por la élite cruceña, es un discurso político que lucha por mantener un “status quo”, en el sentido que las relaciones sociales vigentes en Santa Cruz, en las haciendas, mantiene una fuerte relación con el patrimonialismo que es, en palabras de Laguna, una naturalización de relaciones esclavistas con los indígenas de la región en función a una suerte de “derecho propio”, a propiedad de tierras, y que acude a esencialismos para mantenerse en vigencia. Esto quiere decir que el discurso regionalista cruceño, en origen, es un discurso político de las élites terratenientes cruceñas por no perder sus privilegios. El levantamiento de los Igualitaristas a la cabeza de Andrés Ibáñez en 1870 explica esto enormemente.

La naturalización de relaciones verticales y esclavistas en la región provoca un discurso: el de los indígenas orientales que son “sumisos” o “limpios”, sostenido por el gran Gabriel René Moreno en “Nicómedes Antelo”, y el de los indígenas que “invaden” y por tanto, “rebeldes”. ¿Hay alguna diferencia con lo que dice Manfredo Kempff Suárez en sus habituales columnas? Es forzado mantener que Kempff no dista de Moreno, pero aquí lo relevante está en la supuesta oposición entre racismo y regionalismo de Manfredo Kempff: el segundo, regionalismo y como sostiene Kempff, es una interpretación política en base a relaciones desiguales, de superioridad, entre un grupo y otro. Ahora, desconozco si Kempff es terrateniente o tiene una hacienda en la que mantiene como esclavos a indígenas, el punto es otro: hay una “invasión” o una “amenaza” a los “valores” de un grupo, que Kempff supone “superiores” frente a otro al que asocia con suciedad o desorden, o yendo más allá, de “reivindicación racial”.

 Al respecto, algunos intelectuales a lo largo y ancho del país han justificado a Kempff diciendo que él dice lo que otros no dicen y que no podríamos ampararnos en lo “políticamente correcto” para callar ciertas cosas. Pero Kempff usa al “regionalismo” para escudar un discurso viejo, antiguo, que estoy seguro que no es del todo popular y vigente en Santa Cruz. El regionalismo, si bien es una suspensión de antagonismos sociales, debe en todo momento articular los objetivos de restar la desigualdad no de las clases dirigentes, sino de quienes componen la región, y el caso de Manfredo Kempff es todo lo contrario.