Juan Carlos Vásquez

Cuando vino mi mujer y me regalo una camiseta de color rosada, dije y de donde salió esto, viendo que era de buena marca y de buena calidad, que difícilmente con mi sueldo de empleado público habría comprado algo igual.

            -Le quedo grande al Carlitos, el enamorado de mi hermana y dice que si te gusta te la regala.

Yo como imbécil, comencé a lucirme todos los fines de semana con la camiseta rosada marca GAP, sin olvidarme de lo buen tipo que era mi cuasi cuñado, que no supo que decirme cuando le agradecí por la camiseta, otro día volví y vi la ropa secando en el patio, ropa nueva de mis hijas, y dije ¡mierda de donde salió eso¡, mi mujer con una seriedad y frunciendo el ceño

            -Me la dio mi hermana, me dijo que a sus hijas ya les queda chica la ropa, que esas guaguas crecen rápido,

            – Por suerte tienen el Padre que les compra todo lo que piden, bueno yo me quede con la ropa húmeda en las manos, viendo la marca en el cuello de cada una de las prendas.

Hasta que un día vi otra camiseta, unas camisas, Ives Saint Laurent, Old Navy, y eso de donde salió, overoles para mis hijas que solo veía a los amigos del barrio, cuando tenía doce años y me moría de envidia, porque con el sueldo que traía mi padre a la casa no alcanzaba ni para comprar los botones, eran los hijos de los pilotos, que su papi le trajo de Miami.

            -Compre en El Alto, en la dieciséis de julio donde venden ropa usada,

 me confeso mi mujer, lo único que atine a decir fue

– ¡Carajo no jodas!, ni que estaríamos en el extremo de la pobreza, mierda boten todo eso, de quien será, seguramente de algún gringo apestoso, como vas a comprar eso, que te pasa estás loco, me replico

             -No que con una lavada queda como nuevo, le pondré lavandina para desinfectarlo.

Me resistí a que usen mis hijas, “la ropa nueva” pero después uno se va aflojando, un día regreso del colegio mi hija, feliz con su overol Levi Strauss, genuinamente americano, envidia de sus amigas. Las camisas no quise ponerme me resistí a vestirme con ellas, me esperaban  perfectamente planchadas y colgadas en el ropero, como camisa de militar, sin raya en la manga, oliendo a lavandina,  mi mujer a la espera de que me ponga cualquier rato,  porque sabía que al ponerme las camisas seria  como legalizar, la ropa ajena, yo las veía todas las mañanas, me coqueteaban las dos camisas, me guiñaban el ojo, para que me ponga una de ellas,  era como una pulseta todos los días probando cual sería el más débil, quien será el  que doble el codo, hasta que un lunes en la mañana ante la necesidad de ponerme una camisa de cuello, para la  reunión que tenía con el gerente del banco, cogí y me la puse, sentí la suavidad de la tela fina,  que a pesar de mi exceso de peso, se  acomodaba a mi cuerpo como si fuera un guante de seda,  no pensé en el gringo que dejo el olor amargo a  desodorante rexona for men, el que estreno la camisa por primera vez,  ni en el negro  que  dejo impregnaba la camisa con  un olor  repugnante a metro de Nueva York, un olor  que se te queda en las fosas nasales y penetra  en lo más profundo de la persona,  era mi camisa Ives Saint Laurent, perfecta para una reunión con la Gerencia del Banco.

Ya paso quince años de esto, ahora se oyen marchas de protesta se queman banderas, se quema ropa, que los gremialistas, son los más afectados que se les termino el negocio a las costureras, en la vereda del frente los nadies, los que encontraron un ingreso para su familia, vendiendo y viviendo de fardo en fardo. Ya nos son tiendas clandestinas son barrios, megasupermercados,  de puestos en fila, ves a madres de familia  mimetizándose, con un gorro con visera que les tape y les cubra toda la cara,  haciéndose a las cojudas , cuando se encuentran con la vecina, que está en lo mismo, rebuscando en una montaña de camisas de seda o lino y la voz de la vendedora que grita, cómprame casera, a cinco bolivianitos, si hasta los botones son lindos  y uno mete la mano quitoneándose  con la gente, pidiendo rebaja, que sean tres por diez, la vendedora con la cabeza complaciente por vender sonriendo le dice,  vas a volver casera, el domingo temprano voy abrir fardo, te vas a escoger lo mejor.

Ya no son las madres clandestinas, que ocultan su cara, bajo una chompa o un pañuelo en la cabeza, si ahora vienen hasta las señoras de la zona sur a comprar, la zona más in de la ciudad de La Paz, hay están las voces de miles gritando, los precios, las marcas, que las de marca son más caras, de marca es pues, por eso es caro, te replica una vendedora cuando le pides rebaja. Esta es la magia de nuestro país, lo maravilloso de un gigantesco centro comercial de miles de personas que suben por una escalera larga que nos conduce al averno de lo clandestino, equilibrándose, para no caerse, ante la indiferencia de las autoridades de poner unos pasamanos del que puedas sujetarte

La madre de ms hijas me dice que para ella el venir acá es como una terapia, porque ni el mejor sicólogo o siquiatra podría darle esa tranquilidad que le da todo esto,  prefiero todo esto al costo de un siquiatra y el combo de hipnóticos y ansiolíticos que tendría que tomar mi mujer  para no caer en depresión y estar semanas integras como zombi, deambulando por  la casa con la misma pijama de todos los días, sería mucho más caro para todos, que ver la felicidad de mis hijas y  mi mujer  probándose las marcas más finas del mundo, inalcanzables para un sueldo de consultor de ONG. Mi presupuesto ahora tiene cien dólares menos cada mes, es el precio para verla feliz a mi mujer y mis hijas cuando la ven llegar cargada con cinco bolsas negras de plástico y comienza a desempacar las bolsas con doble nudo, como si fueran compradas en las tiendas de Sunset Boulevard de Beverly Hill, porque todo era de marca.

La menor de mis hijas dice el único problema para estrenar esta ropa, es necesario lavarlas antes, pero después pasas desapercibido.

Hasta que un día me fui con ella, porque la curiosidad mato al gato a conocer el mayor mercado de pulgas del mundo. !Una maravilla! con cronopios rebuscando en pilas de libros usados, o miles de discos de vinilo, de los clásicos del rock de los setenta, cuando las dictaduras nos hacían dormir con el testamento bajo el brazo, la tapa de un LP de Palito Ortega, con su sonrisa Kolinos, o Sandro el Gitano, y sus camisas a terciopeladas,  desconocidos ahora que vivimos el frenesí  del dvd, o ipod, o el iPhone donde la música ya no necesita de un plato negro al que tenías que darle la vuelta una y otra vez para poder escuchar las doce canciones que traía,  lo acariciabas con una fina tela de algodón, leías una y otra vez la tapa del disco Ahora todo se hizo más simple, tienes empaquetadas quinientas canciones en una aparatito más pequeño que una caja de fósforos,  que cabe en el bolsillo de la camisa. Esparcidos en el suelo dvds piratas de la colección completa de las películas Alfred Hitchcock, o Fellini, Bertolucci, separadas por directores, por épocas por festivales, con el conocimiento de un experto en cine, uno pregunta al vendedor humilde y temerosamente si están bien grabados, y una respuesta seca e indiferente,  ¡con calidad de Blue Ray¡,  plastificados, en una bolsa de nylon,  abriéndose paso entre los cuatro dvds de las películas de Rambo, serigrafiadas y con el rostro sudoroso de Stallone, el último modelo de  Ipod todavía con la huella digital impregnada en la pantalla del primer dueño, vendiéndose a precio  de mercado de pulgas, máquinas fotográficas en megapíxeles, relojes cucú y cajas registradoras de principios del siglo pasado, lámparas octogenarias de bronce con focos ahorradores que las vuelven más económicas, colección de máquinas fotográficas, gramófonos de boca ancha con el perrito humilde de RCA Victor aguatándose de levantar la pata y  hacer pis, sables y puñales de la época de las guerras perdidas, espadas heredadas de Simón Bolívar garantizadas por el vendedor  mostrándonos el filo oxidado de la antigüedad, vagones olvidados de un tren que nos llevaba al mar.

  Al final la calle donde comienza todo, un letrero de iconografía tiahuanacota, escrito en tres idiomas, para indicarnos el inicio de un mercado interminable que nos abre paso ante la magia de comprar, la mejor ropa del mundo, lo último de la moda de los veinte años pasados, las mejoras marcas, para todos los gustos y los bolsillos, un peregrinaje de fin de semana en familias que ven la mejor forma de poder comprar lo inalcanzable, donde las clases sociales se pierden o se mimetizan en las largas calles y  pasajes de un mercado que lleva la fecha de un día libertario como nombre, dieciséis de julio.

El lunes en la mañana subo al minibús que me lleva al trabajo y veo que el ayudante del chofer el que cobra los pasajes tiene el mismo canguro negro Nike,  que le  compramos a la mayor de mis hijas, el chofer con su parca verde del ejercito de los  Estados Unidos,  con una jata negra en el cuello, que más parece un guerrillero palestino que un chofer de bus, saluda a todos los que entramos,  miro entre las tres primeras filas del  bus, veo a la señorita de atrás con su botas Adidas para esquiar en la nieve, coloridos blue jeans como tela de colchón y de botapie ancho. Me sorprendo al ver a todos, que en nuestro país la mayoría de la gente se vista de marca….

Juan Carlos Vásquez P. – Economista, nacido en Cochabamba, publicó varios cuentos en la revista Cronopio de Colombia.