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Cuando Wall Street sale más caro que la suegra FMI

Durante casi dos décadas, el Fondo Monetario Internacional (FMI) fue presentado en Bolivia como esa suegra metiche insoportable que llega a la casa sin avisar, critica la comida y revisa las cuentas familiares. Porque mientras el Gobierno de Morales y Arce renegaban de la suegra en los discursos, también sonreía discretamente cuando ella felicitaba algunos indicadores macroeconómicos. 
En aquellos años de bonanza, los informes positivos del Fondo aparecían orgullosamente exhibidos por autoridades nacionales casi como fotos familiares después de una reconciliación navideña. A los Chuquiago boys les gustaban los besitos de la suegra.

​Hoy la historia da otro giro digno de telenovela económica. Bloomberg sostiene que Bolivia estaría negociando alrededor de $us 3.300 millones con la segunda madre. Las nuevas autoridades todavía responden con el clásico lenguaje ambiguo de la macroeconomía boli: “No hay nada confirmado”,  “desde el principio estamos hablando», «todo está abierto”. Traducción: sí hay conversaciones, pero todavía no sabemos cómo explicarle al país que la suegra volverá a dormir en la habitación de huéspedes.

​La explicación es brutalmente sencilla: la necesidad tiene cara de dólar. Bolivia necesita divisas líquidas, rápidas y creíbles. No dólares psicológicos anunciados en conferencias patrióticas y música épica de fondo. Dólares reales, capaces de reconstruir reservas internacionales, estabilizar expectativas y convencer al sistema financiero de que todavía existe algún adulto responsable dentro de la casa macroeconómica.

​Y justamente allí aparece uno de los episodios más fascinantes y paradójicos de esta semana. El Gobierno logró colocar $us 1.000 millones en los mercados internacionales de bonos soberanos a una tasa cercana al 9,45 %. La operación fue presentada casi como un triunfo épico de confianza internacional. Y sí, hay mérito en haber vuelto al mercado privado después de años complicados.

Pero también conviene mirar la factura antes de abrir el champagne. Porque 9,45 % no es precisamente una tasa romántica. Es una tasa de “cliente riesgoso con antecedentes y mirada sospechosa”. En términos financieros, Bolivia acaba de aceptar pagar casi el doble de lo que probablemente costaría un financiamiento asociado al FMI o a otros organismos multilaterales vinculados a un programa de estabilización.

​La ironía resulta maravillosa. Después de años insultando a la suegra FMI, el país terminó saliendo desesperadamente a los vecinos usureros, en el mercado privado, para pedir plata mucho más cara que la que probablemente hubiera conseguido sentándose primero a conversar civilizadamente con la segunda madre. 

Inclusive desde una lógica puramente pragmática, hubiera sido más eficiente negociar primero algún acuerdo con el Fondo. Eso probablemente habría reducido aún más el riesgo país, mejorado la percepción de solvencia y permitido emitir bonos soberanos posteriormente a una tasa bastante menor. 

O, mejor todavía: concentrarse inicialmente en créditos multilaterales mucho más baratos y estables. Pero Bolivia decidió hacer exactamente lo contrario: primero fue al prestamista caro del barrio y recién ahora parece estar considerando reconciliarse con la suegra financiera internacional.

​Y aquí aparece el elemento central de toda esta historia: el Gobierno ya está aplicando buena parte de las medidas que normalmente sugeriría el FMI. El retiro parcial de subsidios a los combustibles, la flexibilización cambiaria de facto, los recortes graduales del gasto público, el acercamiento más pragmático al sector privado y la devolución escalonada de dólares retenidos son –en esencia– parte del clásico menú de estabilización macroeconómica. 

La diferencia es que Bolivia comenzó a cocinar la receta del Fondo sin asegurarse todavía el financiamiento barato de la suegra. Algo parecido a decidir remodelar toda la casa con un préstamo de tarjeta de crédito mientras se sigue peleando por orgullo familiar con la persona que podía prestar el dinero a menor interés.

​Por supuesto, el retorno oficial del FMI tendría costos políticos importantes. Durante años, buena parte de la identidad ideológica del MAS se construyó precisamente alrededor del rechazo al Fondo y al neoliberalismo. Ver ahora a las nuevas autoridades abrazando sonrientes a tecnócratas de Washington tendría algo de culebrón económico mexicano: “La suegra vuelve al hogar”, “La metiche neoliberal manda en Bolivia”.

Habrá explicaciones creativas, piruetas semánticas y probablemente nuevos conceptos ideológicos en los que el acuerdo no será llamado “ajuste”, sino “alianza soberana de estabilización productiva por Bolivia, Bolivia, Bolivia”.

​Pero la realidad macroeconómica suele ser bastante menos poética que los discursos políticos. Cuando las reservas desaparecen, el déficit fiscal persiste y el dólar paralelo comienza a fluctuar, la ideología empieza a cotizar muy por debajo del mercado. Y es allí cuando los gobiernos descubren –tragando orgullo y ajustándose el traje del pragmatismo– que la querida suegra FMI quizá no era tan fea después de todo… especialmente cuando presta más barato que Wall Street.

​Probablemente existen varias razones por las cuales el gobierno de Rodrigo Paz todavía no terminó de cerrar oficialmente un acuerdo con el FMI. La primera puede ser perfectamente legítima: una diferencia ideológica real. 

El oficialismo aún cree –o necesita creer– que está defendiendo una estrategia nacional y soberana, y que aceptar demasiado explícitamente a la suegra financiera internacional equivaldría a admitir que el pragmatismo terminó ocupando el dormitorio principal de la casa. El problema, por supuesto, es que mientras el discurso pelea con el FMI, la política económica ya comenzó a parecerse bastante a varios capítulos del manual de estabilización del propio Fondo.

​La segunda razón tiene un delicioso componente político doméstico: la idea de acercarse al FMI fue impulsada tempranamente por opositores como Jorge Quiroga y por numerosos analistas económicos. Y en política boliviana existe una regla no escrita pero profundamente respetada: antes de darle la razón al rival, algunos prefieren discutir con la realidad macroeconómica durante varios meses adicionales.

​Finalmente, también es posible que el Gobierno haya esperado sinceramente un mejor momento, confiando en que las medidas internas, el ordenamiento gradual de la casa y algunos dólares milagrosos permitirían evitar el abrazo formal con la suegra. 

Pero la macroeconomía tiene una crueldad exquisita: no suele esperar a que los gobiernos encuentren el momento políticamente cómodo para madurar emocionalmente. Y así, entre ideología, cálculo político y optimismo administrativo, Bolivia terminó pagando 9,45 % en Wall Street para no sentarse antes a tomar té con la suegra que prestaba más barato.

​Gonzalo Chávez es economista.

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