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Cada historia

Maurizio Bagatin

“El mundo es como la impresión que deja la narración de una historia” – Yagavasistha

“Al salir de La Sábila cargué una maleta llena de ropa y una otra llena de Bolívares devaluados”. Vanessa tiene una silueta caribeña, el contorno de algún baile ha ido moldeando un cuerpo que inició a sufrir demasiado joven. “En la calle Bolívar de Cochabamba todas las mañanas iba con mi hija y nos sentábamos frente a la oficina de Cuarto Intermedio, ofreciendo billetes a los transeúntes, a cambio de monedas para nuestro almuerzo. Pasamos seis o siete meses así, sobreviviendo con las pesadillas del tirano Chávez y de su delfín Maduro”. Vanessa, ama a su hija, al plátano frito, el baseball y bailar salsa. Hoy está trabajando en una empresa de limpieza, la mitad de su pobre sueldo lo envía a su madre a Caracas. Ella vive con sus hermanos en un barrio muy peligroso de la monstruosa Caracas, los casi 100 dólares que reciben cada mes vale una fortuna en un país hoy despulpado. “Uno de mis hermano llegó el año pasado: improvisándose limpiavidrios, albañil explotado, chapero sin experiencia, sigue de un trabajo a otro, logrando enviar cada mes algo de dinero para los hermanos que quedaron allá”. En los años cincuenta Venezuela era el sueño americano, la gasolina era casi gratis, y en los ochenta muchos bolivianos fueron a trabajar en aquella tierra prometida, prometida por un capitalismo salvaje que de ahí a poco habría hundido a todos. Son las diez de la mañana, su turno inicia en un hospital de una zona céntrica de la ciudad, de 6 hasta las 9 hace limpieza por cuenta propia en casas de familias de la Zona Norte. “Son gente con mucho dinero, dueños de inmobiliarias, uno me prometió un departamento mas cómodo, más barato y más céntrico”. Mientras sigue viviendo por el Cruce Taquiña con otras seis chicas venezolanas como ellas, escapándose de la violenta Caracas, comparten un departamento, las arepas del domingo, un baile entre compaisanos después de un partido de baseball en la Laguna Alalay.

“Ningún pueblo puede prescindir de los demás” – Leopold Sédar Senghor –

Las noches aquí son largas. Estela es kinesióloga, estudió aquí en Cochabamba y es de Curuguaty. Sabe muy bien que Curuguaty es tristemente famoso por algo hasta hoy nunca aclarado. A Fernando Lugo le costó la presidencia, a muchos indígenas, la vida. Con su compañera de trabajo habla un engatusador guaraní; conoce a memoria una poesía de Roa Bastos, y me la recita, mientras espera el micro de la línea A hacia la Simón López, luego quizás, Tiquipaya, otra noche larga, otra vida: “Tan tierra son los hombres de mi tierra/que ya parece que estuvieran muertos,/por afuera dormidos y despiertos/por dentro con el sueño de la guerra./Tan tierra son que son ellos la tierra/andando con los huesos de sus muertos,/y no hay semblantes, años ni desiertos/que no muestren el paso de la guerra./De florecer antiguas cicatrices/tienen la piel arada y su barbecho/alumbran desde el fondo las rices./Tan hombres son los hombres de mi tierra/que en el color sangriento de su pecho/la paz florida brota de su guerra.” Su padre le recordaba siempre que después de la Guerra de la Triple Alianza, en su pueblo y en otros pueblos, se aceptó el incesto, tan despoblados eran que Solano López no tuvo “otro remedio” que reconocerlo como método para repoblar el Paraguay entero. Las noches aquí son largas. “Nuestra patria fue siempre envidiada, al pueblo guaraní nunca se lo pudo someter. Hoy los jóvenes se van, los brasileños y los argentinos la hacen de dueños, soya, ganadería, todo está en mano de ellos y a nosotros quedan 48 horas de explotación semanales a cambio de un sueldo miserable. Nos iremos todos…”. Parece recordar al Supremo, mientras sonríe, pasándole el mate a su compañera de trabajo, le sigue hablando en guaraní, sintiéndose feliz aquí en Bolivia. “Tal vez me case con un boliviano y pueda quedarme en paz en esta tierra que un día una brutal guerra nos puso en contra: somos iguales, dos islas rodeadas por la tierra”.

“El tiempo presente y el tiempo pasado están presentes en el tiempo futuro” – T.S. Eliot –

Mylena es Paisa y con su pareja han abierto un pequeño restaurante de especialidades antioqueñas. De sus ojos negros puedo ver la historia de toda la alegría triste o de la triste alegría que solo La virgen de los sicarios puso frente a mí. No le gustó nunca al Gabo, le prefirió siempre el incómodo Fernando Vallejo, la poesía de Mutis, ahora está leyendo a Juan Gabriel Vásquez, Volver la vista atrás. “Parece la historia de todos nosotros, los Paisa”, me dice mientras sirve una arepa a una chica muy apresurada. Hoy Cochabamba vive un ritmo al borde de la esquizofrenia, todos andan con un empeño, una cita, un lugar adonde presentarse, y luego los encuentras siempre el mismo lugar, comiendo. “En nuestra zona, pero creo que en toda Colombia, durante medio siglo no hubo una familia sin un muerto por la violencia del estado o de las guerrillas, y parece que todo esto no va acabarse tampoco con Petro”. La imagino, aunque a ella no le guste, como una Pilar Ternera, pero con las fugas de una Úrsula Iguarán, siempre retornando a una Macondo imposible, siempre mirando atrás y recordar el futuro. De esto, tal vez, se trata, ser profetas afuera de la propia tierra. Me mira desconcertada, en la calle hay una presencia de boliches y otros oficios administrados por Paisa. Su nueva tierra hoy le está garantizando paz, solo esto pedían cuando llegaron.

“Nada agita tanto los fantasmas del racismo como la pobreza” – Anónimo –

La chica de Tingo María no quiso decir su nombre. Estudió medicina en una universidad en Santa Cruz de la Sierra y de ahí la enviaron hacer su tirocinio en la provincia profunda de Bolivia, en el Chapare. No le pareció para nada distinto a su pueblo natal. Toda su estadía transcurrida en el trópico cochabambino fue tranquila, horarios extenuantes en el hospital del pueblo y algunos que otros fines de semana a visitar amigas y amigos en Santa Cruz. Ellos, después de los estudios, se instalaron ahí, según ellas sin hacer las experiencias necesarias. Le encanta comparar Tingo María con el Chapare, hay coca y cocaleros, narcos y mucho dinero, todo bien disfrazado en esta “nuestra viveza criolla” que sabe poner las alfombras rojas cuando recibe visitas, ocultando debajo de ellas todo cuanto hay que ocultar. Ahora debe decidir si quedarse al chantaje de un trabajo fijo y bien explotador o volverse al Perú. Si le preguntas que cree que realmente está ocurriendo en Perú ahora, te contestará que “es lo de siempre, una reforma agraria en plena época senderista, un virreinato que sigue vivo en un imaginario colectivo racista, un encholamiento violento y un mestizaje sin amor”. Preferirá especializarse en Chile, tal vez vaya a México, antes pero seguirá ahorrando y comparando, el Chapare es otra Tingo María, solo su gente es distinta: “Aquí hay altiplánico que ahora viven a 40 grado bajo la sombra, en mi pueblo aún hay gente nativa que se ha adaptado a la nueva época que estamos viviendo”.

“La naturaleza humana no solo tiene lados buenos, tiene muchos lados malos” – Joseph Conrad –

Hay malabaristas por todas partes, a los semáforos, en los bulevares, en las plazas, en los jardines. Hay alegría, ¿quién lo puede refutar? Ellos intentan. A más miseria, mas música en los semáforos, en los bulevares, en las plazas, en los jardines, esto era cuanto tenía como premonición un famoso etnólogo. Parece no haberse equivocado. Los que se llevan la guirnalda son los argentinos. En pareja, solos o en grupo hasta de cuatro o cinco organizan espectáculos donde se encuentren. Uno de ellos dice que tuvo que aprenderlo a la fuerza: “Para sobrevivir en la Argentina actual, y en la de siempre, si no eres malabarista, eres funcionario del gobierno, o un gran pendejo”. Cierto, los porteños no van por el mundo sin su ego, hoy, campeones del mundo de futbol, más que nunca, les durará cuatro años y lo gozaran integralmente. De una villa miseria a otra, Fernando, se desplazó por varios años, hasta conseguir la guita necesaria para el “Gran salto”, fugarse hacia Bolivia y el mundo. Con Carlitos de día andan equilibrándose al hilo – como siempre en su vida – en un semáforo de la avenida América, y de noche tocando bongos y guitarra de boliche en boliche. La sociedad del espectáculo no es la del Guy Debord situacionista, hoy es la de la sobrevivencia diaria, quienes buscándosela en las villas miserias de este mundo siempre más difícil, quienes saltando y cantando, ofreciendo una sonrisa, un canto a los otros desesperados a un semáforo o, en la noche, en algún tugurio por ahí. Situaciones que se van generando por la necesidad.

“Todo tiene una moraleja, solo hay que encontrarla” – Lewis Carroll –

A las 7 de la mañana pasa el basurero. Bajan de los insulsos condominios figuras abstractas, entre el último sueño y el primer café. En nuestra calle las aves nocturnas han ido depositando cartones, bolsas, bultos de basura que algunos perros visitaron al amanecer. Evelyn es originaria de Apulco, estado de Jalisco, pero vivió casi toda su vida en el Distrito Federal. Pijama Walt Disney aun puesto, baja del octavo piso para botar una bolsa de basura, no se parece a la Malinche y no tiene el aspecto de Sor Juana de la Cruz, solo una de las mil soledades del eterno laberinto mexicano. “Aquí separan mejor que en el Distrito Federal la basura”, me dice apresuradamente y se va. Ella tal vez no recuerda la historia de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, alias el rey de los pepenadores, un personaje típico de la región más transparente, político y empresario, fruto de una revolución fallida. Terminó en la cárcel después de enriquecer unas cuantas generaciones que les sucederán. La basura es un gran negocio y los cochabambinos lo saben, de vez en cuando los asentados de Kara Kara saben sacar provecho de su desgraciada zona de residencia. Hace poco que la empresa Colima quiso trasladar su negocio en el Valle Alto, en una cabecera de cuenca, donde ríos aun incontaminados hubiera acabado por terminar como el Rio Rocha, o aun peor. La rebelión de los habitantes de la zona no ha permitido que ahí se instalen. La vuelvo a ver después de dos semanas, bota la bolsa de basura y se va, es casi un fantasma con el pijama de siempre, una Susana San Juan aún con vida, en la memoria de mis lecturas, en el recuerdo de la Apulco de un imposible Juan Rulfo.

“Hay suficiente metafísica en no pensar en nada” – Fernando Pessoa –

Es profesora de matemática y no conocía el Son cubano. La estética revolucionaria cubana no fue más allá de Silvio Rodríguez. Música para viejos románticos que pueden disfrazar sus fracasos con miel, pero sin el ajenjo. De la isla revolucionaria a Bolivia hay mucho trecho, el llamado Proceso de cambio los acercó. Médicos y enfermeros que conocieron Angola y Mozambique, maestros y profesores que alfabetizaron a venezolanos y ecuatorianos, gorilas y expertos en inteligencias. Sus padres fueron hijos de la revolución de los barbudos, Gloria conoció solamente el gran aparato burocrático estatal, las visita de Juan Pablo II y de Obama y el concierto de Los Rolling Stones, la ilusión de que Cuba estaba cambiando. Ama su tierra, una mirada al exilio de Cabrera Infante y otra a los que aquí se hacen llamar movimientos sociales. Me dice: “No entiendo como puedan querer algo que ha tristemente fracasado siempre, a menos que no hablemos del comunismo primitivo”, parece hablar con sus negros ojos: “Nos enseñaron el sueño de Marx, de un tipo que abandonó a sus hijos y vivió a las espalda de su esposa Jenny. Mis padres silenciosamente siempre me decían que Marx tenía buenas teorías pero fracasó en no admitir que el hombre es egoísta”. Su padre había estudiado en una de las escuelas Baldor, ella cuando le preguntaba qué fin hicieron estas escuelas y su método de enseñamiento, él bajaba la mirada y se encendía un habano. Nunca le respondió.

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