Gisela Derpic Salazar
El 16 de julio pasado se presentó en el Salón de la Biblioteca del Centro Eclesial de Documentación de San Francisco de Tarija el libro “Fray Mamerto Esquiú en voz y presencia. Biografía, misión y discurso teológico-espiritual”, publicado en Córdoba, Argentina. Es resultado del proyecto de investigación “Pensamiento y espiritualidad de fray Mamerto Esquiú: análisis documental y su legado histórico e influencia en la sociedad de su tiempo”, adscrito a la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Córdoba. Todo dentro del desarrollo de los Congresos Académicos sobre el beato en camino de canonización.
Mamerto Esquiú nació el 11 de mayo de 1826 en Catamarca, Argentina. En una de las chacras de la única calle del pueblo Piedra Blanca donde “la pobreza era unánime”, según afirma Manuel Gálvez, uno de sus muchos biógrafos. Allí, en ese escenario montañoso de escasa vegetación, creció, bebiendo de la herencia mestiza de los españoles, rosario cotidiano, y los indígenas que mezclaban fe católica y el culto a la Pachamama, prosigue el autor.
Llegó a la adolescencia en un país asolado por tremenda inestabilidad política y sangrientos sucesos. En 1841, se hizo novicio franciscano y un año más tarde, profesó haciendo votos de obediencia, castidad y pobreza. Siete años después se fue a San Juan, y allí fue ordenado sacerdote el 18 de octubre de 1848, desempeñando una notable labor pastoral.
Refiere Manuel Gómez que Esquiú ocupó cargos públicos y pronunció dos sermones de trascendencia sobre la Constitución argentina el 9 de julio de 1838, día de la jura de la Constitución, “fundamentales para la pacificación del país”, lo cual le puso en “un lugar destacado en la historia política y religiosa” de su país. Ambas piezas de oratoria se encuentran en el sitio web Argentina Histórica.
La primera, llamada “Sermón de la Constitución” fue una convocatoria a la sumisión a la ley cuyo contenido se sintetiza en estas palabras: “Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad”; asimismo, llamó al cese de las guerras internas originadas en intereses personales y abogó en favor de la libertad de culto como base de la tolerancia para la convivencia pacífica y el desarrollo del país.
Este último asunto llama la atención considerando que en aquellos tiempos pudo haber encontrado una barrera infranqueable entre la doctrina de la Iglesia y su enfoque, pero él tomó el riesgo y actuó según su conciencia, bajo inspiración de la fe.
En el segundo habló sobre la libertad, afirmando que no es una quimera poética ni discursos de guerra, sino que su ejercicio debe orientarse a la creación de una sociedad política justa con base en la aplicación de las normas, donde los gobernantes guíen su desempeño en los valores morales y actúen como ministros de Dios en función del servicio verdadero al pueblo.
Mamerto Esquiú no se quedó siempre en su país; su presencia se extendió hasta Bolivia donde llegó para integrarse al Colegio de Propaganda Fide de Tarija entre 1862-1878. Su llegada se debió a una decisión propia que tomó para alejarse de la vida pública y buscar la perfección religiosa. Es claro que tenía un orden de prioridades y que comprendía la distancia entre ambas. Durante esos años viajó además a Sucre, a Perú y Ecuador.
Con el mismo propósito espiritual marchó a Jerusalén y Roma entre 1876 y 1878. A su retorno a Argentina fue consagrado obispo de Córdoba (1880-1883), habiendo fallecido el 10 de enero de 1883, en circunstancias en que retornaba a su diócesis desde Catamarca.
Fray Mamerto Esquiú fue beatificado el 4 de septiembre de 2021 por Francisco Papa, acontecimiento que ha contribuido a llevar el interés por su vida y obra más allá de su natal Argentina donde cumplió una gran labor desde la perspectiva de su testimonio como hombre de fe y su papel dentro del ámbito político como gran orador y autoridad pública. Combinación extraña cuyo efecto se irradia en tiempos de crisis profunda en el mundo entero.
Sí, se irradia e inspira. Como sucedió en la presentación del libro mientras tres de sus autores compartieron sus sentimientos por el beato, después de haberse internado en las profundidades de su vida. En las alocuciones de Oscar Tapia, Pablo Reartes y Manuel Gómez se fue dibujando ante el auditorio la “voz y presencia” de Mamerto Esquiú, potente testimonio del diálogo y unidad posibles entre la espiritualidad, el trabajo pastoral y la política en torno a la paz, la sumisión al derecho, la tolerancia, la justicia, la libertad y el servicio público. La coherencia entre el pensamiento, la palabra y la acción. Inspiración urgente y necesaria en los tiempos de hoy, para Hispanoamérica y el mundo.
La huella de Esquiú en Argentina, Bolivia, Paraguay, Perú y Ecuador es también una invitación a los hispanoamericanos para reconocerse como una multitud mestiza de origen común en la España europea y los pueblos indígenas. Con vocación a hermanarse por encima de las diferencias. Capaz de lograr maravillas a condición de bien hacerlo y hacerlo bien.