El reguetón triunfa porque las masas hace tiempo que alcanzaron la hegemonía, cuestionando la jerarquía basada en el mérito, el trabajo, el esfuerzo

Rafael Narbona

La semana anterior manifesté mi incapacidad de apreciar nada estimable en Motomami, el último disco de Rosalía. Confesé que solo había escuchado dos o tres minutos, algo que me recriminaron de forma no muy amable. Después de oír el disco entero, he de decir que mi criterio no ha cambiado. Solo es marketing, no música; entretenimiento, no arte. Los supuestos hallazgos filológicos –»Okay, motomami / Pesa mi tatami / Hit a lo tsunami»– me parecen tan interesantes como el «slam» que aparece en Bola de fuego, la divertidísima comedia de Howard Hawks.

Comparar estas majaderías lingüísticas con las innovaciones formales del esperpento de Valle-Inclán, que asimila la jerga de rufianes, espadones y busconas, me parece sencillamente una insensatez. Motomami me ha hecho pensar en la necesaria distinción entre alta y baja cultura. Soy de los que consideran un disparate la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Me gustan sus canciones, pero no creo sus letras le deban abrir las puertas del mismo club donde se encuentran William FaulknerVicente AleixandreAlbert Camus o Thomas Mann.

¿Qué es lo que caracteriza a la alta cultura? Su ambición formal, su capacidad de innovar sin desperdiciar las enseñanzas de la tradición, su afán de conocimiento, su profundidad al hablar de los grandes temas: el bien, la belleza, el ser humano, Dios. Citemos tres ejemplos: ShakespeareMozartGoya. Shakespeare es un maestro en la técnica teatral. Sus obras apenas necesitan unos minutos para que olvidemos el mundo real, sumergiéndonos en su trama. Macbeth nos lleva a las catacumbas del poder; Romeo y Julieta nos revela la trascendencia del amor; Hamlet nos obliga a mirar la vida en su desnudez, con su mezcla de seducción y espanto, placer y dolor, insignificancia y grandeza.

Rosalía presentando su disco 'Motomami'

Rosalía presentando su disco ‘Motomami’

Mozart nos enseña la infinita belleza que puede desprender un instrumento, su capacidad de trasladarnos a otro mundo, su fuerza iluminadora. Sus piezas más alegres estimulan nuestro amor a la vida. Sus notas más melancólicas nos descubren que la tristeza puede ser dulce y apacible. Sus últimas sinfonías y su Réquiem nos adentran en el misterio de la muerte, pero sin incurrir en un pesimismo estéril. Goya nos muestra el contraste entre la paz y la guerra, la dicha y el duelo, lo festivo y lo trágico. Sus tapices nos introducen en un universo luminoso y saturado de color. Sus pinturas negras y sus grabados nos arrojan a un paisaje desolado, donde prosperan la barbarie, el absurdo, lo ilógico y monstruoso. Shakespeare, Mozart y Goya son algo más que una experiencia estética. Nos ayudan a comprender mejor la realidad, dilatan nuestra imaginación, pulen nuestra sensibilidad, nos transforman, nos hacen mejores.

¿Qué nos aporta el reguetón? Aunque dicen que procede el reggae, yo no aprecio ninguna semejanza. Bob Marley era un músico interesante. Al final de su trayectoria, se dejó arrastrar por lo comercial, peros sus primeros álbumes poseen ritmo, sensibilidad y conciencia social. No woman, no cray es un bello tema que refleja el sufrimiento y la desesperanza de las mujeres humildes de Jamaica, abocadas a soportar la escasez, las pérdidas y la violencia de una sociedad injusta y desigual. Las letras del reguetón no despuntan por su sensibilidad. La mayoría son sexistas e insoportablemente bobas: «Le gusta a lo kinky nasty y aunque sea fancy / Se pone cranky si lo hago romantic»; «Tú ere’ bien puta / Es lo que ella buscaz se difraza y me ejecuta / cuando se convierte en puta». Podría seguir, pero creo que es suficiente. Suscribo la reflexión de Pablo Milanés, un admirable cantautor: «El reguetón no es música».

He oído el primer disco de Rosalía, Los Ángeles, y me ha gustado bastante. El Mal Querer, su segundo álbum, tampoco me ha desagradado, pero me parece menos interesante. Su tratamiento del flamenco me ha parecido original y fresco. No entiendo cómo ha podido pasar de su estilo inicial, que me ha recordado a Lole y Manuel y Triana, al engendro del Motomami, un producto sin alma. Rosalía es una joven simpática y agradable. Parece inteligente y sincera. ¿Qué ha cambiado? ¿El deseo –legítimo– de ganar dinero? ¿Se ha convertido en una «material girl»? Me cuesta trabajo relacionar a la joven de aspecto austero que cantaba con sentimiento en compañía del guitarrista y compositor Raül Refree con la muchacha vulgar que agita el trasero entre motos de gran cilindrada. Presumo que ha cambiado su público y, sin duda, para peor.

No pierdo la esperanza de que el péndulo de la historia cambie de dirección y se restaure el prestigio de los viejos maestros como Sócrates

La baja cultura o arte menor no es nada despreciable. Doy gracias de haber nacido en la época de los Beatles o Hergé, que me han proporcionado tantas horas de felicidad. A veces es difícil discriminar entre arte mayor y menor. Cuando Paco de Lucía y Camarón de la Isla coincidían lo que surgía era arte con mayúsculas, como me recordó hace poco mi gran amigo Miguel Herce. ¿Por qué triunfa el reguetón? Porque las masas hace tiempo que alcanzaron la hegemonía, cuestionando la jerarquía basada en el mérito, el trabajo, el esfuerzo. No puedes hablar de excelencia sin que te acusen de elitista o clasista. Como dijo Ortega y Gasset, «mandan los escaparates».

Se ha impuesto lo banal e inmediato, la gratificación instantánea, que exime de pensar y educar el gusto. Las jerarquías son necesarias. El pop está a años luz de Mozart y el reguetón ni siquiera es música. El sentido de la justicia exige poner a cada uno en su lugar. Los que se disgustaron con mi artículo sobre Motomami y la filosofía me llamaron vejestorio. Esa imprecación es muy reveladora, pues manifiesta ese bobalicón culto a la juventud que empezó a propagarse en los albores del siglo XX. Me permito responder a mis detractores con una frase de Ortega y Gasset: «La juventud de ahora, tan gloriosa, corre el riesgo de arribar a una madurez inepta». No pierdo la esperanza de que el péndulo de la historia cambie de dirección y se restaure el prestigio de los viejos maestros como Sócrates, gracias al cual aprendimos que lo esencial en el ser humano no es el cuerpo, frágil, caduco y pueril, sino el alma, siempre en crecimiento y con hambre de eternidad.