Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Escuchando London’s Burning por The Clash. Regalé este cassette a Ronald en 1990 en Dupont Circle, centro cultural de la capital, Washington. Era un lugar precioso, con disqueras, librerías, trattorias y mucho más. Allí obtuve mis dos primeros afiches que hoy, casi cuarenta años después, cuelgan de mis paredes: los ojos de Kafka sobre Praga y una leyenda en francés: “Prague Ne Nous Lâchera Pas… La Petite Mère a des Griffes…” La pelirroja arrodillada, de Egon Schiele, cuadro de la Galería Nacional de Praga. Están intactos, a pesar de la diáspora, de tanto bagaje gitano que mi vida ha sido. Moverse entre continentes, entre ciudades, cada vez más numerosos, nosotros. Y ahí están, mudos y victoriosos. Y me sonríen. Y les sonrío.
Conocí a Judith, antropóloga norteamericana, sus trabajos en Terezinha, estado de Pernambuco. Su departamento de Adams Morgan, sexo bañado en vodka y frenesí. Ha quedado en las páginas de una novela mía. Habrá muerto, era algo mayor que yo. Hablaba de anillos ilusorios, de casa con cortinas blancas, de rubicundos niños que crecerían en la fe judía. Mucho para un estibador de camiones cuya mayor posesión era una chamarra de piloto en cuero marrón. No prosperó pero desollamos la piel. Ya casado, recibí una llamada suya y tomamos un café en Dupont Circle. Le conté de mi esposa noruega y hablamos de Lubicz Milosz y la selva lituana de donde provenía su familia. Alegué un malestar y jamás la vi otra vez. El metro de la línea roja sonaba chas chas. Dormité, enfilando hacia Arlington, Virginia, a nuestro estudio que visitaban bermellones cardenales y donde cantaban Bob Dylan y Mikis Theodorakis. Música medieval, renacentista, barroca, Hildegard von Bingen y Claudio Monteverdi. Terezinha y los estudios de antropología fueron desvaneciéndose. Lévi-Strauss también. Our house, decían Crosby, Stills, Nash & Young…
En un estante, un tallado en madera de un caimán verde.
Ah, memoria, sueles aparecer casi mustia y despertarte de pronto. Aprovechas la noche que por ahora está vacía. De entre esas memorias recuerdo un artículo del Financial Times, papel entre amarillo y naranja, que tenía los sábados el mejor suplemento cultural. Allá leí una magnífica reseña del Jardin des Plantes, en París, muy cercano a mis días franceses. La historia de Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, que lo dirigió en el siglo XVIII. Magnífico viaje en una página entera del diario inglés que recibíamos en el Denver Post donde yo trabajaba. Otra página completa en la cual un periodista relataba su viaje a Premujino, la hacienda donde nació Mijail Bakunin. Hablo de unos veinte años atrás. Ese bucolismo rural que tan bien conozco porque era, supongo, el de Cochabamba muy similar al de la campiña rusa. Parecido que ha sido arrasado por lo urbano, por el caótico y destructivo crecimiento de esta ciudad que ha cubierto de concreto tanta tierra feraz. No más Turgueniev por acá, no más Leskov. Solo botaderos de basura y la visión retrospectiva de lo perdido.
Premujino… Me machaca en la cabeza la idea de ir. E iré. La guerra del fin del mundo no es más que la guerra otra plagada de malos presagios que los pastizales han de engullir. Espero que el campo redima la vida y la estepa retorne a lo que era. Hay una tumba cubierta de flores que también debo visitar. Lo cuenta Chejov, tártaro de Taganrog, gloria de la literatura eslava.
La primera vez que supe de la Confesión al zar que escribió Miguel Bakunin fue en la biografía de E. H. Carr, voluminoso y precioso libro que regalé en los tiempos del amor, cómo si hubieran existido, cómo si existieran. Pero, bueno, está en la mente de todos modos. Jamás tropecé con la famosa carta, dos en realidad, a Nicolás I y a Alejandro II, donde Bakunin se confesaba y era duramente atacado por sus enemigos por ello. Hasta ayer que en una librería de viejo encontré la primera edición en español, la de Ercilla chilena, 1940. La he hojeado, leído el prólogo y la introducción editorial. Descansa aquí a mi lado derecho, a la vera de Dios dirían los creyentes, y no la tocaré hasta haber terminado este texto de impresiones. Hay mucha paz alrededor, incluso con el golpeteo incesante del martillo y el rugir de las batidoras de concreto. Leeré la obra enfrente de una fantasmal, aunque sonriente, máscara punu y otra, negra y adusta, de los guro. Con Siouxsie and the Banshees y Macbeth.
¿Por qué he pensado en Walter Scott?
Mescolanza de años de aprendizaje, de libro tras libro, de desear mujeres que nunca estaban y soñar que un día podría escribir. Cumbres borrascosas, simas fecundas, prestándome títulos de Emily Brontë y Augusto Guzmán. Está el volumen, a la diestra, como objeto de culto. Premujino en la imagen, la campiña soleada del periodista inglés, tan ajena a la explosión dostoievskiana que sobrevendría. Los días con Herzen y Ogarev en Londres. Kolokol.
Devoré aquellas voluminosas páginas, creo que en Grijalbo o Planeta, tapa dura. “Príncipe convertido en ácrata” rezaba la contratapa sin ser muy cierto. Venía de cierta pequeña nobleza pero no a la manera de Tolstoi. Fascinante vida, triste si vemos cómo terminó, pero era un hombre de tal dinamismo que no podía haber sido diferente. Guardaré la Confesión para el fin de semana, cuando cese el ruido del trabajo y el calor cochabambino se inmiscuya dulzón por las ventanas. Alguna vez pregunté a la mujer a quien regalé el libro de Carr si era posible rescatarlo. Creo que ni sabía de lo que hablaba. Un cuerpo masculino, cualquiera que sea y en cualquier estado aromático, evidentemente vale más que las páginas de unas memorias que considerarán obsoletas. Y eso era cuarenta años atrás. Hoy mejor ni imaginar, con profusión de instagramers de erección perpetua. Bakunin y Marx, cuán lejos queda aquello. El gran Alexander Herzen, el poeta Georg Herwegh, los ires y venires de la pasión entre los miembros de aquella notable sociedad. No lo merecían pero eran seres humanos. Las grandes ideas sirven y prosperan pero también lo hacen los prosaicos deseos corporales.
He leído de Bakunin su obra filosófica. Muero de ganas de entrar en sus palabras de hombre confesando una vida que fue riquísima y que pagó siempre mal. Como ruso se debía a su zar, es algo muy intrínseco para ellos, incluso en alguien del intelecto de este personaje. Sería incompresible para Marx, seguro, pero en el contexto suyo cabría perfectamente dentro de la idiosincrasia popular. Es Demetrio Rudin, por supuesto, en la novela de Turgueniev, pero es de igual manera el mujik que grita estentóreo en los tiempos difíciles del mil seicientos.
No pasará otra vez por mis manos aquel texto del Financial Times. Al menos lo leí, en la nevada Denver, cuando la casa tenía ruidos de familia y se olía el comino siendo esparcido sobre el puerco. El campo ruso, de intenso verde, la presente humedad de tierra sin sequía. Alguien se alojaba en la casa solariega entre la hojarasca, quién iba a creerlo, el revolucionario de 1848, del 63, adalid y mártir, incansable, ajeno al desasosiego. Ubicuo y feroz. Era Mijail Bakunin y ahora va de rodillas a confesarse ante los zares.