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Afrocentrismo y construcción identitaria

« Mɔgɔ kelen tɛ yɛlɛma kɔni kelen ka kɛ bɛɛ ye. »
une seule personne ne peut devenir tout à elle seule.
Proverbe Bambara, Mali.

Ismaël Diadié Haïdara

El nacimiento del Atlántico y la construcción de la figura del “negro”

En Juan Latino Exemplar humanae vitae dije, la Historia de la humanidad no es solo un ciclo en el tiempo, lo es también en la sucesión de los espacios que dan al tiempo humano una realidad geográfica. En una breve obra inédita de juventud, Le partage des eaux , mostró que los ciclos históricos tienen siempre lagos, ríos, mares u océanos como centro. Al comienzo, estuvo el tiempo de los grandes lagos en el este de África. Aparece el hombre y los más antiguos instrumentos que inventó en su desarrollo como los estudiaron André Leroy Gourhan y varios paleontólogos. Con la extensión del hombre en otros continentes, el centro del mundo se desplaza hacía el Mar Rojo, ya sus alrededores, con el Nilo donde se desarrollan culturas africanas, el Éufrates y más lejos las culturas del mar de china y el índico. Las civilizaciones las más destacadas serán las faraónicas y las mesopotámicas. Cuando muere el mar rojo, nace el Mediterráneo, con el nacimiento de las religiones monoteístas al margen de las culturas paganas de Grecia y Roma. El centro del mundo se desplaza del Mediterráneo al Atlántico a partir de la caída del mundo capitalístico del Islam en el siglo XV y el “descubrimiento” de América que mi estimada y añorada amiga, la Duquesa de Medina Sidonia se puso en tela de juicio. África decía estaba en relación con América antes de la llegada de Colón.

El surgimiento del Atlántico como centro del mundo se hizo con el hundimiento de la economía basada sobre las caravanas frente a una nueva alimentada por las carabelas, como lo dijo Vitorino Magalhães Godinho (1969) en su magna obra, L’économie de l’Empire portugais aux XVe et XVIe siècles. La evolución de las técnicas y de la cartografía de la escuela catalana permitieron en gran parte el hundimiento del mar interior del mundo romano. Fernand Braudel en La Méditerranée et le Monde méditerranéen à l’époque de Philippe II (1949), Huguette y Pierre Chaunu en su Séville et l’Atlantique (1955-1960), describen las actividades económicas que generan la muerte del mar y el nacimiento del océano.

El poeta francés Paul Valéry dijo en 1919 en su obra, la Crise de l’Esprit, «Nous autres, civilisations, nous savons maintenant que nous sommes mortels«. No es nada nuevo. Ibn Khaldún (1332 – 1406), el padre de la sociología moderna, en su Muqaddima () habló de la açabiya y de la kaçabiya. El ciclo que lleva a la formación de los imperios o de cohesiones sociales más reducidas, de su ascensión y de sus caídas, cuyas semillas lleva en su nacimiento. Arnold Toybee, en su Study of History, en 12 volúmenes escritos de 1934 a 1961, comentados por J. Ortega y Gasset en “Una interpretación de la historia universal». En torno a Arnold J. Toynbee, vuelve sobre esa lectura cíclica de la historia que llevó a Samuel P. Huntington a hablar de Choque de civilizaciones.

Con el Atlántico, se gesta una nueva geopolítica, desplazando los centros de la demografía, del saber y de las grandes empresas económicas de las costas del Sur de Europa al norte del continente. Coïmbra y Salamanca dejan de ser grandes centros del conocimiento frente a París, Berlín, Amsterdam…

En este nuevo mundo epistemológico que nace, Europa del Norte se transforma en centro del mundo y el Sur se produce como una periferia necesaria por sus materias primas y su mano de obra. Cada centro del mundo reescribe la Historia a su medida y en esos nuevos anales de la Historia surge el “negro” en una ciencia naciente, la biología y la antropología, que acaban creando una geografía de las razas.

La construcción de la visión occidental de África y de los negros evolucionó desde la Ilustración hasta los románticos, creando la idea una raza inferior en una tierra salvaje que debía ser conquistada y civilizada por compasión.

«Los blancos son superiores a estos negros, como los negros a los monos, y como los monos a las ostras»

Decía Voltaires (1694-1778) en su Traité de métaphysique en 1734. Ernest Renan (1823-1892), en su Discours sur la Nation de 1882, no se quedó atrás. El traductor de los Cánticos de Salomón y del Eclesiastés, gran estilista y biógrafo de Marco Aurelio y de su época, observó que :

«la Naturaleza ha hecho una raza de trabajadores, la raza china () una raza de trabajadores de la tierra , el negro () una raza de amos y soldados, la raza europea».

Voltaire fletaba barcos que pasaban por Cádiz para comprar hombres en África y venderlos como esclavos en América. Para Georg Wilhem Friedrich Hegel (1770 – 1831) en La razón en la historia, París, Plon, 1965:

«Lo que caracteriza a los negros es precisamente que su conciencia no ha alcanzado la contemplación de una objetividad sólida, como Dios, la ley a la que puede adherirse la voluntad del hombre, ya a través de la cual puede alcanzar la intuición de su propia esencia».

El gran Hugo marcó la pausa de su época y abrió el camino a la colonización, justificándola e incluso considerándola necesaria. En uno de sus escritos, comienza con una observación que no es gratuita:

«¡Qué tierra es esta África!» Asia tiene su Historia; la propia Australia tiene su Historia, que se remonta a sus comienzos en la memoria humana; África no tiene Historia; una especie de vasta y oscura leyenda la envuelve».

Víctor Hugo, que defendió la justicia y la libertad para los condenados de su Francia natal, llegó a decir en un discurso pronunciado el 18 de mayo de 1879, durante un banquete conmemorativo de la abolición de la esclavitud:

«Esta África feroz sólo tiene dos aspectos: poblada, es la barbarie; desierta, es el salvajismo, pero ya no se amilanaEn el siglo XIX, el hombre blanco hizo del negro un hombre; en el siglo XX, Europa hará de África un mundo. Rehacer una nueva África, hacer que la vieja África sea manejable para la civilización, ése es el problema». Sólo le queda señalar un continente entero, virgen y poblado por hombres sin alma, y ​​pedir su invasión, porque eso es algo que Dios ha reservado para Europa: «¡Vamos, pueblos de Europa!» Tomad esta tierra (África). Tomadla. ¿De quién? De nadie. Tomad esta tierra de Dios. Dios de la tierra a la humanidad. Dios le da África a Europa. Tomadla».

Así se ha resumido en francés:

«Au dix-neuvième siècle, le blanc a fait du noir un homme ; au vingtième siècle, lEurope fera de lAfrique un monde Refaire une Afrique nouvelle, rendre la vieille Afrique maniable à la civilisation, tel est le problème. LEurope le résoudra. […] Dieu offre lAfrique à lEurope. Prenez-la.»

Víctor Hugo fue un defensor y apólogo de la colonización. Para justificar lo injustificable, hay que añadir el desprecio. Guy de Maupassant (1850 – 1893) escribió: en el relato Marroca, incluido en el volumen Mademoiselle Fifi, en 1882, en pleno contexto del auge del colonialismo europeo y de la literatura naturalista francesa. El pasaje original dice:

«No faltan muchachas en África; abundan, por el contrario; pero, para continuar mi comparación, todas son tan maliciosas y corrompidas como el líquido fangoso de los pozos saharianos.».

La historia de la colonización de África no hizo caso a Maupassant. Se convirtió en una crónica de violaciones, de colonos posando con niñas y mujeres desnudas, de niños nacidos y no reconocidos por sus padres civilizados. Un libro reciente se propuso exponer los hechos de aquellos tiempos bárbaros, demostrando que los civilizados de Hugo no eran capaces más que de salvajismo.

La arqueología del saber es un ejercicio que permitió a Nietzsche desvelar los fundamentos de la moral, y a Foucault (1969), que le siguió en el método, mostrar cómo se construye una episteme, cómo un orden de discurso permite construir una mirada y la mirada fabricada con hechos. El discurso que rige las palabras y las cosas descubre que a través del nacimiento de las ciencias humanas en la modernidad, tenemos una fabricación de objetos y ciencias que deben revelar su verdad. La antropología, y luego la etnografía, se ocuparán de comprender este nuevo objeto, el buen salvaje, al que Buffon ya miraba con recelo, lejos de los alegatos de un Montaigne curioso que veía su mundo lejano como un paraíso perdido para Europa. Durkheim se dedicó a sentar las bases de la sociología. Ésta estudiaría las sociedades humanas (civilizadas), y Marcel Mauss (1950) proseguiría sus investigaciones sobre la otra cara de esas sociedades, fundando en cierta medida la etnografía, la ciencia que tomaría como objeto a los grupos étnicos.

La etnografía permitió descubrir las estructuras sociales de las sociedades llamadas primitivas, sus órdenes políticas nacientes o ausentes, sus modos de producción y representación del mundo, y trabajar para civilizarlas. Como lo indicó Boaventura de Sousa Santos en Epistemologías del Sur (2015), la civilización europea ha sido un largo proceso de epistemocidio, de destrucción del saber, de las lenguas, de las culturas y de la producción y distribución de la riqueza. El imperio colonial y el negro que construyeron y trabajaron para civilizar se levantaron sobre el terreno destruido. Encontró toda la justificación para su empresa en la filosofía de la Ilustración y en las nacientes ciencias humanas. En el ámbito de la política, el Contrato Social justifica la relación entre el Estado totalitario hegeliano y las subjetividades que lo componen. Pero detrás del Contrato Social de la Ilustración, hay una verdad epistemológica tácita que Mills (1977) y Paterman (1988) se esforzarán por sacar a la luz.

Detrás del contrato social que hace posible el funcionamiento de las instituciones de las sociedades atlánticas se esconde un contrato racial que divide el mundo en dos, el que domina y el que sufre, el de la supremacía blanca y la inferioridad institucionalizada del resto del mundo. Como muestra el filósofo jamaicano Charles Wade Mills (1977) en su obra El contrato racial, las teorías contractualistas clásicas como las de Thomas Hobbes, John Locke, Jean Jacques Rousseau e Immanuel Kant se construyeron sobre el supuesto de la dominación blanca del mundo. La misma crítica al contrato social de la Ilustración que se mantiene hasta hoy en la obra de Rawls es sostenida por Carole Pateman en El contrato sexual. Nos lo resume así: «¿Por qué extraña paradoja el contrato social, que se suponía que instituía la libertad civil y la igualdad, ha mantenido a las mujeres en un estado de subordinación? ¿Por qué, en el nuevo orden social, las mujeres no se han emancipado como ‘individuos’ al mismo tiempo que los hombres? Las teorías del contrato social, heredadas de Locke () y Rousseau, y renovadas desde Rawls, no pueden ignorar las cuestiones de justicia que plantea el género. En esta obra ya clásica, Carole Pateman (1988) demuestra que la transición del antiguo orden de estatus a una sociedad contractual moderna no marca en absoluto el fin del patriarcado. La filósofa saca a la luz el reverso reprimido del contrato social: el «contrato sexual», que, mediante la división entre las esferas privada y pública, basa la libertad de los hombres en la dominación de las mujeres. No se trata tanto de explotación como de subordinación, como demuestra la autora analizando el contrato matrimonial, pero también todos los contratos relativos a la propiedad de la persona, desde la prostitución a la maternidad surogada, pasando por la esclavitud y el trabajo asalariado. Desde una perspectiva feminista, éste es el punto de partida de una crítica del principio mismo de la filosofía política liberal: para Carole Pateman, un orden social libre nunca puede ser contractual. Reconstruye la historia del contrato sexual y de la sociedad patriarcal. El mundo del contrato social es, pues, un universo construido a partir de un relato ficticio de los orígenes de las sociedades humanas por individuos contratantes que son en realidad hombres blancos, situados en el norte del mundo conocido, y que basan su dominio sobre el. resto del mundo sexuado y racializado. Aquí es donde las tesis de Charles M. Mills se cruzan con las de Pateman y arrojan una cruda luz sobre la dominación epistemológica del mundo por el hombre blanco, que se otorga a sí mismo el control sobre los cuerpos y sus fuerzas de trabajo en un universo situado bajo el imperio de las democracias liberales y los Estados de Derechos. Estas democracias liberales otorgan a todos un universalismo de derechos, pero no de hecho. El racismo teórico, su esencialización y su consecuencia histórica, la esclavitud y la colonización son ignorados. Wills (1977) sigue los pasos del barón Antoine-Vincent de Vastey (conocido como Baron de Vastey), una de las figuras intelectuales más importantes del Haití posrevolucionario. Vastey, fue secretario del rey Henri Christophe en el Reino de Haití, escribió a comienzos del siglo XIX una crítica del sistema colonial francés y europeo, especialmente en su obra: Le Système colonial dévoilé publicado en 1814, Cap-Haïtien (Reino de Haití). Veía el colonialismo como una «supremacía de la especie blanca». Detrás del Contrato social de Hobbes (1651) y Rousseau (1772) hay, pues, un Contrato blanco y sexual tácito que justifica un sistema jerárquico que influye en la distribución de la riqueza y en el lugar que ocupan en el orden del discurso los no blancos, ya sean negros de África o amarillos de Asia. El contrato social es un acuerdo primordial por el que cada uno «pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos a cada miembro como parte indivisible del todo». A partir de aquí, se supone que cada individuo cede parte de su «potencia», según la expresión de Spinoza, y reconoce más allá de sí mismo la sociedad en la que acepta vivir. Por supuesto, como observó Norman Ajari, lector de Mills:

«En la época en que Rousseau desarrollaba su filosofía política, el Código Negro, que regía la esclavitud, llevaba en vigor tres cuartos de siglo. Sin embargo, la única esclavitud mencionada en sus escritos era la metafórica que sometía a los subditos europeos a la voluntad de un monarca. La filosofía de la emancipación no fue concebida para la liberación de los esclavos y los colonizados; contempla a los blancos como los únicos beneficiarios posibles».

El contrato racial subyacente al Contrato Social impone un universo discriminatorio que puede observarse en tres niveles: el primero es político y pone de relieve el acuerdo sobre los orígenes del Estado, dónde la colonización encuentra su justificación.

La segunda es moral, descubriendo los principios éticos en los que se basa toda la sociedad y distinguiendo a los blancos del resto del mundo, que no encaja en el orden de valores establecido porque es un submundo habitado por no-personas. Ajari lo expresa de forma sencilla: «Las no personas excluidas de los beneficios del contrato racial son así caricaturizadas, consideradas irracionales y asimiladas a imágenes fantasmáticas, lo que legitima su posición subordinada. El contrato racial implica así la ignorancia blanca, que disfraza un orden injusto como una necesidad debida a las incapacidades de los sujetos no blancos». El orden del mundo desde el Atlántico se ha establecido de esta manera hasta nuestros días. Hay que decir que el contrato social de la ilustración no se diseñó pensando en las mujeres y los no blancos.

Europa cae en la soledad del señor al que conduce su provincialismo geopolítico y epistemológico. Añade esa soledad de su provincianismo a este otro de los vivos descrito por TS Eliot (1948), que Henri James (1898) también vio, antes de James Joyce y su Dubliness, escribiendo en su cuaderno de notas que tenía una buena idea para un cuento, el que será El altar de los muertos. En esa obra, el personaje central señala: «Lo aflige que los muertos estén tan olvidados, tan apartados. Lo conmociona la grosería, la frialdad que envuelve su recuerdo«. Con el provincialismo, Europa se ha aislado con el Bien, la Justicia y la Belleza de su lado. El resto del mundo solo le sirve de consuelo como colonias económicas, políticas y culturales.

Datos del autor: Ismaël Diadié Haïdara (Tombuctú, 1957) es poeta, filósofo, historiador, bibliotecario y director de la Biblioteca Fondo Kati (Mali), cuenta con obras publicadas con títulos como: Le statut du monde. Nécessité, possibilité et contingence chez Ibn Arabi, Cordoba, 1992; Yawdar Pasha y la conquista saudí del Songhay (1591-1599) Instituto de Estudios almerienses, 1993 y Rabat 1996; L’Espagne musulmane et l’Afrique subsaharienne, Editions Donniya, Bamako, 1997; Les Juifs à Tombouctou, Editions Donniya, Bamako, 1999; Los últimos Visigodos, rd editores, Sevilla, 2003; Los otros Españoles, mr ediciones, Madrid, 2004; Las lamentaciones del viejo Tombo, Maremoto, Málaga, 2006; Abana, Rihla, Córdoba, Almuzara, 2006; Monólogo del un carnero, Árbol de Poe, Málaga, 2012; Zimma, Vaso Roto Mexico, 2014, Madrid 2015; Tombuctú, Andaluces en la ciudad pérdida del Sahara, Almazara, 2015; Une cabane au bord de l’eau, Málaga, 2016. 23. Diario de un Bibliotecario de Tombuctú, Almuzara, 2017; De Toledo a Tombuctú (con Antonio Llaguno Rojas), 2018. Tombuctú y los heterodoxos españoles I. Yawdar Pasha y la conquista saudí de Tombuctú; Tombuctú y los heterodoxos españoles II. Los Sefardíes (Fondo Kati, 2020); De la Sobriedad, Cordoba, 2020; Tebræ, Cantabria (2021); Sabidurías de Tombuctú, (Códoba, 2024); De la Prudencia (Cordoba 2024); Tebrae (Baronissi, Italia, 2026)

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