La aparición de Luna Madre marca un momento significativo en la poesía boliviana contemporánea. La voz de Calixta Choque Churata irrumpe con fuerza desde la raíz aymara, tejiendo un puente entre la memoria ancestral y la sensibilidad actual. Su escritura, directa y auténtica, nos invita a recorrer territorios donde la contemplación se entrelaza con la herida, y donde lo íntimo se expande hacia lo colectivo.
El prólogo de Norma Mayorga, poeta y narradora boliviana, ilumina este tránsito con una lectura sensible y crítica. Nos introduce en un universo donde la lengua es resistencia, la naturaleza es presencia viva, y la mujer se afirma como sujeto de voluntad y fortaleza. Mayorga nos prepara para escuchar la respiración doble de este poemario —en aymara y en castellano— y para reconocer en la obra de Calixta un acto de afirmación cultural y espiritual.
Prólogo
Hay libros que nacen de la contemplación; otros, de la herida. Luna Madre pertenece a ambos territorios. En este poemario, la voz de Calixta Choque Churata, se alza desde una experiencia vital atravesada por la memoria, el dolor, la pertenencia y la resistencia, articulando una poética que no se limita a lo íntimo, sino que se expande hacia lo colectivo y lo ancestral.
Luna Madre, escrito originalmente en lengua aymara y traducido por la propia autora al castellano, contiene una doble respiración: la de la lengua originaria que guarda la cosmovisión de un pueblo, y la del español que permite su apertura hacia otros lectores. No se trata únicamente de una traducción, sino de un acto de reciprocidad – casi un ayni – donde la palabra transita como un puente entre dos mundos, sin renunciar a su raíz. La lengua, aquí no es solo un instrumento, es territorio, es memoria viva.
Desde los primeros poemas, se advierte una constante: el desarraigo. En “Mi niñez”, la voz poética atraviesa distintos espacios —el agrícola, el comercial, el intelectual, el del lujo— sin hallar pertenencia plena. Esta sensación de incomodidad y búsqueda se convierte en una clave de lectura del libro. La infancia aparece como un territorio perdido y, al mismo tiempo, como un núcleo de verdad al que se regresa desde el llanto. Sin embargo, ese tránsito no es solo individual, remite a una fractura más amplia, propia de quienes habitan entre lo comunitario y lo urbano, entre la tradición y las exigencias de la modernidad.
En la concepción andina, la vida no es una experiencia aislada, sino una red de relaciones donde todo está vinculado. Esta visión se manifiesta en el breve poema “La vida” donde lo natural se vincula con lo divino: el agua que llega a la planta sedienta no puede ser negada, como tampoco puede ser negado el derecho a existir y florecer. Nada existe en soledad. Cada elemento cumple una función en la armonía del todo. En los versos de Calixta, la naturaleza no es adorno, sino algo esencial. Los pájaros, el viento, la noche, la lluvia no son solo paisajes, son parte de la experiencia humana.
El dolor, por su parte, se expresa con una intensidad que desborda lo individual. La contemplación no excluye la tragedia. En “Destinado a morir”, el dolor se vuelve desgarrador y colectivo. La pérdida no solo afecta al yo poético, sino que se comparte en la figura de los padres que lloran “a la vista del sol y a la vista de la luna”. La repetición insistente del verso acentúa lo inevitable de la muerte y la impotencia frente al destino.
Uno de los símbolos más logrados del poemario es “El pañuelo”. En este objeto cotidiano confluyen el duelo y la fiesta: sirve “más para llorar”, pero también forma parte del baile y la celebración. Enjuga lágrimas y también brilla en el cuello de los bailarines. Esta dualidad se siente a lo largo de todo el poemario.: La vida como espacio donde coexisten la alegría y la pena, lo festivo y lo doloroso, sin anularse mutuamente.
El libro también incorpora una dimensión social explícita. En poemas como “Esperando” o “¿Qué ha pasado?”, se percibe una preocupación por la violencia, la injusticia y la falta de transformación. La voz interpela, cuestiona, y deja abiertas preguntas que resuenan más allá del texto. No hay respuestas concluyentes, pero sí una conciencia lúcida del contexto.
Particular relevancia adquiere “La lengua”, donde la autora afirma con fuerza la vigencia del idioma de su pueblo frente a los discursos que lo consideran herido o condenado al olvido. Escribir en aymara y traducirlo al castellano se convierte en un acto de resistencia cultural: hacer oír la lengua propia es afirmar una identidad y reclamar un lugar en el mundo.
En “Mujer” y “Voluntad”, emerge con claridad una voz femenina que reconoce las cargas, las humillaciones y las luchas cotidianas, pero que también reivindica su capacidad de levantarse, de decidir y de avanzar. No se trata de una voz resignada, sino de una conciencia que se construye en la adversidad. Su fortaleza es a la vez individual y comunitaria.
El poema que da título al libro, “Luna Madre”, constituye el eje simbólico de la obra. La luna aparece como guía, testigo y presencia protectora. En ella confluyen lo espiritual, lo natural y lo humano. Su luz orienta, acompaña y observa: es una figura maternal que trasciende lo individual y se inscribe en una cosmovisión donde los astros participan de la vida de los seres.
Hacia el final, poemas como “Privilegiada” y “Viento con viento” revelan una voz que, sin negar el dolor vivido, reconoce también la posibilidad de la celebración y la afirmación. La experiencia se asume en su complejidad: hay caídas, pero también encuentros; hay desencanto, pero no renuncia a la sensibilidad ni a la esperanza.
Luna Madre, es en suma, un poemario que dialoga con la tierra, con la memoria y con el presente. La poeta maneja un lenguaje directo, cargado de imágenes significativas, sin adornos. Así como es la cultura aymara. Su fuerza reside en la autenticidad. Calixta escribe desde su tierra, desde sus experiencias y en ese gesto nos convoca a escucharla. En muchas tradiciones andinas, los cuerpos celestes participan activamente en la vida de los seres vivos marcando ritmos, acompañando trabajos, iluminando caminos, En estos versos la Luna madre vela, orienta, observa, convirtiéndose en una presencia espiritual que trasciende lo humano. Asimismo la referencia a los caminos del sol, de la luna y las personas sugiere trayectorias distintas pero interrelacionadas. La comparación de la luz de la luna que desaparece con la luz del sol. Comparación con la mujer que “ desaparece detrás de su hombre. Sutil crítica a la estructura social que invisibilizan su trabajo.
Leer Luna Madre es convivir con el dolor de la autora cuando descubre que el ser humano se debe a un creador bienhechor y también maléfico y que es responsable de lo que le ocurre, por eso hasta su último aliento debe agradecerle por lo bueno y por lo malo.
En el poema “Habrá” surge la voz poética y esperanzadora con un anuncio reiterado de que “dinero, oro, habrá”. Trasciende lo material como un símbolo de abundancia vital, de recompensa al esfuerzo cotidiano. Las imágenes _ el cerro, el agua, los pájaros, el otro lado del mundo_ sitúan esta esperanza en un paisaje casi mítico donde la naturaleza y la distancia no son obstáculos, son caminos por donde la vida devuelve lo sembrado. El equilibrio entre esfuerzo, paciencia y confianza rige el destino humano.
Un poemario breve, intenso y auténtico que muestra las penurias de la escasez, pero también muestra la fe en el porvenir. Certeza de que mientras haya vida, habrá también posibilidad de cambiar el ocaso en amanecer.
Felicitaciones a Calixta por este su primer poemario que con seguridad tendrá acogida entre lectores de diferentes culturas.
Norma Mayorga
Poeta y narradora boliviana.