Treinta y un años después de su estreno, Cuestión de fe, del director boliviano Marcos Loayza, volvió a las salas de cine. La película conserva intacto su humor, la calidez de sus personajes y ese retrato entrañable de La Paz y los Yungas que la convirtió en un clásico del cine boliviano. Su reestreno no solo despierta nostalgia; también invita a mirar nuevamente una realidad que permanece casi inalterable.
Porque detrás de la comedia hay una crítica social profunda. Entre las peripecias de sus protagonistas aparecen dos problemas que siguen acompañando a la sociedad boliviana: la adicción al juego y, sobre todo, la adicción al alcohol. Lo que hace tres décadas parecía un elemento más del paisaje cultural hoy continúa siendo una de las principales expresiones de una crisis silenciosa de salud pública.
En Bolivia se bebe por cualquier motivo. Se brinda cuando se gana y también cuando se pierde. Se bebe para celebrar un nacimiento, un bautizo, una graduación, un matrimonio, una entrada folklórica, una fiesta patronal e incluso un velorio. El alcohol se ha convertido en el lenguaje universal de nuestras emociones: alegría, tristeza, éxito, frustración, despedida o reencuentro.
Lo preocupante es que hemos normalizado una enfermedad. Basta caminar por cualquier ciudad del país para observar personas consumiendo alcohol desde tempranas horas del día. En plazas, mercados y barrios enteros encontramos hombres y mujeres atrapados por la dependencia alcohólica, muchos de ellos viviendo en situación de abandono, sin acceso a tratamiento especializado y prácticamente invisibles para las políticas públicas.
Durante décadas miles de familias bolivianas han sufrido las consecuencias del alcoholismo: violencia intrafamiliar, accidentes de tránsito, abandono de niñas y niños, pérdida del empleo, enfermedades crónicas y deterioro de la salud mental. Muchas personas de la generación de nuestros padres y abuelos fueron víctimas de esta enfermedad, y hoy el problema continúa reproduciéndose entre jóvenes y adultos.
La evidencia científica confirma que no estamos frente a un simple hábito social. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que el alcohol es una sustancia psicoactiva capaz de generar dependencia y está asociado a más de 200 enfermedades y trastornos, entre ellos cirrosis hepática, distintos tipos de cáncer, enfermedades cardiovasculares, lesiones por accidentes y múltiples trastornos de salud mental. Además, en el mundo provoca aproximadamente 2,6 millones de muertes cada año, lo que representa cerca del 5 % de todas las defunciones.
La situación boliviana tampoco puede minimizarse. Aunque el consumo promedio anual de alcohol puro por persona es menor que el registrado en algunos países vecinos, la forma en que se consume resulta especialmente preocupante. Los especialistas advierten que en Bolivia predominan los episodios de consumo excesivo concentrados en celebraciones y fines de semana, un patrón estrechamente asociado con accidentes, violencia y dependencia.
Las estimaciones de la OMS indican que alrededor del 6,7 % de la población boliviana mayor de 15 años presenta trastornos por consumo de alcohol, mientras que casi el 3 % vive con dependencia alcohólica. Estas cifras son mayores entre los hombres, aunque el consumo entre mujeres y jóvenes ha mostrado un incremento en los últimos años.
Sin embargo, el problema rara vez ocupa un lugar prioritario en la agenda pública. Bolivia carece de una política integral y sostenida para la prevención y el tratamiento de las adicciones. Los servicios especializados son insuficientes, el acceso a atención en salud mental sigue siendo limitado y la prevención suele reducirse a campañas ocasionales, sin continuidad ni evaluación de resultados.
Mientras tanto, la sociedad continúa reproduciendo una cultura donde beber es casi una obligación. En muchas reuniones quien decide no consumir alcohol debe justificar su decisión. El consumo excesivo se celebra como una demostración de fortaleza, compañerismo o alegría. Hemos convertido una conducta de riesgo en una expresión de identidad cultural.
No se trata de cuestionar nuestras tradiciones ni de eliminar las celebraciones populares. Se trata de reconocer que ninguna manifestación cultural debería implicar la normalización de una enfermedad que destruye vidas, familias y comunidades.
El reestreno de Cuestión de fe nos recuerda precisamente eso. Su extraordinario valor no reside únicamente en haber retratado una época, sino en mostrarnos un espejo que continúa vigente. Treinta años después seguimos riéndonos de escenas que, en realidad, describen uno de los mayores problemas de salud pública del país.
Si Bolivia aspira a construir una sociedad más saludable, también deberá aprender que la salud mental merece la misma prioridad que cualquier otra política pública. Romper la normalización del consumo abusivo de alcohol no significa renunciar a nuestras fiestas ni a nuestras tradiciones; significa proteger la vida, especialmente la de las nuevas generaciones.
Treinta años después, Cuestión de fe sigue siendo una magnífica película. Lo verdaderamente preocupante es que el problema que denunció continúa siendo tan actual como entonces.
Es necesario que Bolivia adopte una Política Nacional de Prevención de las Adicciones, articulada entre los ministerios de Salud, Educación, Culturas, Deportes y los gobiernos subnacionales, incorporando educación preventiva desde las escuelas, regulación de la publicidad de bebidas alcohólicas y una red pública de atención en salud mental.
Elizabeth Salguero es comunicadora social.