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La antiargentinidad boliviana

Hace unas semanas, la directora de una radioemisora boliviana me confesó: “No quiero que Argentina gane porque son muy prepotentes. Pero también admito que el boliviano, en general, es muy envidioso”. Esta sentencia encierra dos verdades incómodas pero innegables. La primera, el inmoderado orgullo nacional del argentino —particularmente del porteño—; la segunda, la soterrada envidia que en Bolivia, y por lo menos desde épocas coloniales, profesan las masas e incluso los sectores encumbrados hacia quienes prosperan o se elevan. Ambas conductas colectivas poseen raíces históricas profundas.

Desde la psicología social, existen motivos —muchos de ellos irracionales— por los cuales Argentina, tanto su selección como el país mismo, generó el repudio de millones de personas durante las febriles semanas de la Copa del Mundo. Sin embargo, a mí me interesa analizar la antipatía que despertó en los bolivianos, quienes se pusieron las camisetas de Argelia, Austria, Jordania, Cabo Verde, Egipto, Suiza, Inglaterra y España —y que se habrían puesto las de Chile, Brasil o EEUU, si la geopolítica del torneo lo hubiese exigido— con tal de ver caer y sufrir a la Scaloneta, a Messi y, en general, a la nación del tango. Las redes sociales operaron como termómetro de este encono. “No soy anti-Messi. Soy anti-Argentina”, leí en un grupo de WhatsApp, junto a comentarios como: “Pobres fanfarrones, había que bajarles los humos”. Incluso un reconocido historiador boliviano justificó su rechazo argumentando supuestas afrentas históricas del vecino país a los intereses del país que fuera el Alto Perú, hoy Estado Plurinacional de Bolivia.

Estos sentimientos germinan como reacción al exacerbado orgullo del Otro, pero también se nutren de traumas históricos vinculados al sufrimiento de la migración boliviana y a una larga secuencia de triunfos argentinos en el fútbol, la política y la cultura, que terminan por despertar el celo regional. Hace más de un siglo, Alcides Arguedas sentenció: “En Bolivia todo es inmenso, todo, menos el hombre”. Con esa frase provocadora, el autor sugería que en el habitante de estas vastas geografías suelen agitarse pequeñeces que lo empujan al resentimiento o la mediocridad. La premisa ilustra a la perfección el fenómeno mundialista: la psicología deportiva advierte que el ser humano tiende a desear la caída del campeón recurrente y a experimentar placer ante el fracaso de la excelencia. A esto, por supuesto, debemos sumar la natural frustración psicológica que arrastra el boliviano debido a los reiterados fracasos de La Verde.

El fenómeno posee también aristas fenotípicas, culturales y hasta religiosas. Frente a un plantel argentino de rasgos predominantemente caucásicos y valores cristianos, el contraste con el fenotipo aimara o cunumi de los jugadores de La Verde —de tez más morena y biotipos no tan atléticos— resulta evidente y doloroso, ya que para sectores locales alineados con las tendencias del progresismo woke, este contraste se vuelve muy incómodo. Existe, además, una suerte de romanticismo de la escasez: los países de población afro, musulmanes o subdesarrollados suelen generar una empatía automática en las masas que, aun sin entender de balompié, gritan sus goles, analizan arbitrajes “injustos” o especulan sobre el comportamiento de la FIFA y corean sus cánticos con pasión vicaria.

Argentina posee la garra y la pasión de América Latina, pero los conjuga con una estética y una mesura de corte europeo. Esa dualidad incomoda en una región que reivindica lo mestizo y lo indígena. Y siendo Bolivia un bastión de estas identidades, la antipatía surge como una consecuencia natural, aunque lamentable por ser antideportiva.

No obstante, desde mi propia experiencia, puedo afirmar que muchos de los estigmas que pesan sobre el argentino, y particularmente sobre el porteño, nacen de infundados prejuicios. Casi toda interpretación de lo foráneo se construye desde el cliché o la experiencia autobiográfica. En mi caso, el recuerdo es más que grato: muchos porteños nos cautivaron a mi familia y a mí con su calidez y hospitalidad durante las hermosas temporadas que habitamos su suelo.

Fenómenos de complejo de inferioridad similares ocurren en el boliviano respecto a España, Chile o Estados Unidos; dinámicas que un psicólogo podría abordar con mayor rigor científico. Al final, este dilema nos devuelve al eterno debate filosófico entre la idea y la materia: ¿qué determina realmente la psique humana? ¿Actuamos con auténtico libre albedrío o somos simples esclavos de nuestras condiciones materiales?

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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