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BADRAS: El Eco de los Siglos

Miguel Alfonso Avila

​Un día solitario y sombrío, Badras se abría paso entre la multitud de invasores. Muchos lo injuriaban, lo ofendían, lo clavaban con miradas cargadas de desprecio, pero su mente permanecía en silencio y su cuerpo continuaba su marcha. Se veía obligado a abandonar la tierra que había sido su hogar —dejando atrás las sombras tutelares de sus antepasados, sus dioses y la historia que los unía. Sin embargo, antes de partir, Badras había combatido con todas sus fuerzas por lo que era suyo. Por ese acto de resistencia, los invasores lo etiquetaron como traidor y lo acusaron de ladrón; así, distorsionaron su nombre para justificar el despojo de sus tierras y bienes.

​Dirán que fue un esclavo rebelde o un rey sin redención. Dirán que fue cruel, que asesinó sin piedad, que es un criminal que mereció la muerte. Lo calumniarán con la peor de las acusaciones: lo llamarán parricida como ningún otro en sus crónicas. Pero la verdad es distinta: Badras había soñado con la libertad de su pueblo y entregado su vida por los suyos, recibiendo a cambio el olvido y el odio de quienes tenían el poder de escribir la historia. Fue un hilo de esperanza que se secó y envejeció prematuramente. En medio de la derrota, mientras la nave que lo llevaba hacia lo desconocido se perdía en la bruma de una guerra aún encendida, sintió el frío del metal contra su piel. Un disparo lo alcanzó. Badras cayó al suelo, y su sacrificio se disolvió en el polvo de la tierra que defendió.

​Quinientos años después, el suelo bajo los pies de Badras ya no exhala el aroma cálido de la lluvia sobre la tierra húmeda, sino el vaho tóxico del asfalto caliente que se desprende bajo el sol abrasador. Camina entre las calles anchas, aturdido por un rugido constante que no proviene de bestias salvajes, sino de máquinas de metal que devoran la distancia con sus ruedas y motores. El pasado, ese peso añejo y oculto en sus venas, le late en las sienes como una herida profunda que se niega a cerrar.

​Al mirar hacia arriba, se siente aplastado por la altura de las construcciones. Los edificios no son hogares donde se alberguen familias, sino monolitos de cristal y acero que se elevan desafiando al cielo, reflejando una luz artificial que hiere sus ojos acostumbrados a la tenue claridad de las antorchas y el fuego sagrado. Las paredes se levantan a su alrededor como muros de una prisión invisible; ya no hay horizontes abiertos que perduren hasta el infinito, solo pasillos de cemento y acero que canalizan el paso de los hombres apresurados. Agobiado por la opresión del paisaje, huye hacia los arrabales tiznados de hollín y humo, buscando el refugio de las sombras que antaño lo protegían… pero que ya no existen.

​​Badras se detuvo frente a un escaparate iluminado de colores intensos. Su reflejo —sucio, cansado y marcado por el tiempo— se superponía a una pantalla que anunciaba paraísos artificiales, destinos lejanos y bienes que prometen felicidad instantánea. Fue entonces cuando un joven, envuelto en una chaqueta sintética de tonos metálicos y con auriculares brillantes que cubrían sus oídos, se detuvo a su lado.

​—¿Tienes hora, abuelo? —preguntó el joven sin mirarlo, fijo en la pantalla de su dispositivo de muñeca.

​Badras tardó unos instantes en reaccionar; su voz emergió lenta y grave, como un eco que retumba desde una tumba:

​—El tiempo ya no tiene horas para mí. Solo tiene cicatrices que cuentan lo que fue.

​El joven soltó una risa nerviosa, desconcertado por la respuesta:

​—Vaya, qué intenso. ¿Estás perdido? Pareces salido de una película de época, con esa ropa y esa mirada…

​—No estoy perdido —respondió Badras, mirando más allá del escaparate hacia los edificios altos—. Estoy en mi tierra, pero ya no reconozco su rostro. ¿Cómo pueden vivir entre estos muros de cristal sin extrañar el cielo abierto, sin sentir la llamada del horizonte?

​—¿El horizonte? Eso está en la red, viejo —dijo el joven, moviendo la mano para indicar que lo bloqueaba—. Hay fotos, videos, incluso simulaciones 3D. Ahora muévete, que te están esperando en la fila.

​Badras lo vio marcharse entre la multitud, con la cabeza baja y los ojos pegados a su pantalla. Nadie más se detuvo a su lado. Nadie escuchó el crujido de la historia que latía en sus palabras.

​En su memoria, aún vivía el recuerdo del templo —un lugar de piedra tallada donde los suyos ofrecían grano tostado y flores antes de las cosechas, antes de que los invasores quemaran los templos y convirtieran el cielo en humo negro. Guiado por ese recuerdo ancestral, entró por la puerta de servicio de una torre de cristal negro que se alzaba en el centro de la ciudad, y bajó tres niveles hasta alcanzar los cimientos antiguos del lugar. Allí, entre tuberías de calefacción y cables eléctricos, vio un bloque de piedra caliza con grabados antiguos que reconocía al instante.

​Badras se arrodilló con reverencia ante el monolito. Sus dedos curtidos recorrieron la superficie fría de la piedra, siguiendo los trazos de los símbolos que representaban a sus dioses y sus antepasados:

​—Aún respiras bajo este peso de metal y codicia… —susurró, sintiendo una conexión profunda con el corazón de su pueblo.

​—¡Eh! ¿Qué haces ahí abajo? —Una linterna lo cegó, y la voz de un guardia resonó en el espacio cerrado—. Esta zona es restringida. Nadie puede entrar aquí. Sal de inmediato.

​—Esta piedra no es un simple bloque —dijo Badras con dignidad, sin moverse de su lugar—. Es el corazón de mi pueblo, el altar donde nuestros antepasados ofrendaban su gratitud a la tierra. Ustedes construyeron su riqueza sobre nuestras raíces.

​—Eso es un escombro, abuelo —respondió el guardia, impasible—. Ahora es solo un soporte para la caldera del edificio. No hay nada más aquí que metal y piedra vieja. Muévete, o tendré que llamar a la autoridad. No te pagan por hablar con las paredes.

​Badras salió al exterior bajo una lluvia ácida que manchaba las superficies y no limpiaba el alma. En ese momento, comprendió que los invasores no solo habían ganado la guerra hace quinientos años; habían ganado el tiempo, transformando la memoria de su pueblo en leyendas olvidadas. Se sintió como un condenado inmortal, atrapado en un ciclo que no encontraba fin.

​La necesidad lo arrastró de nuevo hacia la servidumbre. Solitario, triste e injustamente inculpado por la historia que se escribió sin su voz, avanzó por las calles cargando las pesadas bolsas de sus nuevos patrones, esperando apenas los restos del banquete ajeno. El mundo había vestido piel de metal y cristal, pero no había cambiado su crueldad. Sin embargo, mientras cruzaba una plaza gris, el peso de las bolsas en sus manos le pareció repentinamente absurdo. Miró sus palmas, manchadas de hollín, y recordó que esas mismas manos habían sostenido el estandarte de la libertad.

​En lugar de retirarse a los arrabales, Badras soltó las cargas ajenas y se sentó en un banco de piedra agrietada. Allí, un grupo de niños jugaba entre los restos de un jardín descuidado. Con un gesto lento, sacó de su túnica un pequeño objeto que el guardia no había visto: un fragmento desprendido del monolito antiguo, una lasca de piedra caliza con un solo grabado, el símbolo del Horizonte Abierto.

​Un niño se acercó, atraído por el brillo extraño de la piedra bajo la luz del atardecer.

​—¿Es un juguete, abuelo? —preguntó el pequeño.

​Badras sonrió, y por primera vez en quinientos años, la calidez de su pueblo iluminó su rostro:

​—No es un juguete, pequeño. Es un mapa. Pero no de las calles, sino de lo que hay debajo de ellas.

​Otros niños se acercaron, incluso algunos transeúntes detuvieron su paso apresurado, intrigados por esa voz que no pertenecía al ruido del motor. Badras comenzó a hablar. No habló de su derrota, ni de la traición. Habló del aroma de la tierra tras la lluvia, del lenguaje de las estrellas y de cómo cada hombre es un guardián del equilibrio del mundo.

​A medida que las palabras fluían, el entorno pareció transformarse. El ruido de los coches se volvió un murmullo lejano y el neón perdió su fuerza ante el relato de un sol que no hería los ojos. Badras comprendió que su destino no era ser un eco olvidado, sino ser el puente. Los invasores habían ganado el tiempo, pero él poseía la esencia que el tiempo no podía marchitar.

​Esa noche, Badras no volvió a servir a sus patrones. Se quedó en la plaza, rodeado de ojos que habían dejado de mirar pantallas para mirar el infinito. Al cerrar los ojos, ya no sintió el frío del metal, sino el calor de una antorcha que pasaba a nuevas manos. Badras ya no era un extranjero; se había convertido en raíz. La historia ya no se escribiría sin su voz, porque ahora vivía en el asombro de quienes habían aprendido, gracias a él, a reconocer el corazón de la tierra bajo el cemento.

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