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Microrrelatos – Colección de literatura breve CCXLIII

Rescate

Virginia González Dorta –  España

Se sienta y teclea sin orden ni concierto. Aunque le suenan extrañas, siente que las palabras le acarician: jahurnap, nviemtos, ñozrisna, lur, cuancreonso, sa, tlions, xbali.

Con esas y otras parecidas, compone el relato que tiene en la cabeza. Cuando acaba, su acompañante lo felicita, es la primera vez que escribe algo después de salir del coma.

La proposición

Estéfani Huiza Fernández – Bolivia

Nos queda tu voz y mi voz dormidas en el silencio. Aquello que no se dijo pero que tanto quisimos, una canción de amor por cantar, un suspiro bajo la almohada, una pregunta sin respuesta, un café que se enfría, un whisky sin beber, una primavera por conocer, una película que ver, tu mundo y mi mundo, ambos tan distintos. Nos queda Guaqui, todavía está, como vos; ambos no se irán jamás. En resumen, me quedas vos y tu tonta proposición.

Noche

Jorge Larrea Mendieta – Bolivia

La noche cayó sobre la ciudad como un manto pesado, cubriendo las calles con un velo de misterio. Las luces apenas lograban abrirse paso entre la oscuridad, y en una ventana alguien observaba con desvelo. La calma nunca llegaba: la noche traía recuerdos que golpeaban como fantasmas. El insomnio era su castigo, y cada sombra parecía susurrar secretos olvidados. La noche, más que descanso, era un espejo cruel de su propia soledad.

Sangre de ángel

Adriana Azucena Rodríguez – México

El tráfico de ángeles para obtener su sangre —la droga de moda en la Unión Americana— se aprovechó de la materia prima de siempre: los migrantes ilegales. Los trasladaban en contenedores que en realidad eran laboratorios clandestinos. Vaciaban la preciosa sangre del lado americano y abandonaban a los migrantes que, ya sin su ángel de la guarda, perecían casi de inmediato. Los que alcanzaban a pactar con el diablo tenían alguna posibilidad.

El amarre

Paola Tena – México

—¿Estás segura? —me preguntó apenas entré.

Y yo, que sí, que bien segura, acordándome de tu carita de santo.

—¿Trajiste lo necesario?

Y yo le di el trozo de tela marrón que recorté de tu hábito y un billete de cincuenta. Encendió una vela, embadurnó todo con miel.

—Amarre potente, amarre para siempre.

Y yo afiebrada por culpa del mal de amores.

Pero al final funcionó y ahora eres solo para mí, Antoñito, que me miras con tus ojillos pícaros desde el nicho de la iglesia. Pero sin moverte, eso sí. No vaya a ser que alguno descubra nuestro secreto.

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