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Colcha de vicuña para Hitler

He leído “Dos Disparos al Amanecer” de nuestro querido Robert Brockmann como si un sicario me hubiera apremiado a que devolviera el libro al día siguiente de su arribo a casa. Es un bocado exquisito, sazonado con dotes literarias y tenacidad periodística. Agradecí en silencio a Naciones Unidas por dejarlo usar su pluma en libertad. Quizás no se lo impidieron porque se trata de un tema sin incidencia en la política actual de Bolivia, pensé. La cooperación internacional tiene el mal tino de censurar todo lo que dicen y hacen sus funcionarios, así sea dentro de la sagrada privacidad de sus escritorios familiares. Me consta, ya me liberé de ello y por eso no desaprovecho esta oportunidad para gritarlo desde el papel.

Aunque el libro tiene un título que alude a la controversia sobre si Germán Busch se suicidó o fue asesinado, en la práctica, versa sobre una faceta menos atendida de la vida del ex presidente. Brockmann no se obsesiona por esos “disparos al amanecer”, pero tampoco por el intrascendente lugar de nacimiento del “Camba”; al autor lo tenía desvelado la relación de Busch con el Tercer Reich.  Y claro, no es casual que uno de sus primeros agradecimientos vaya dirigido a quien le abrió las puertas del archivo histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania. Es lo que él mismo califica como “el núcleo” de su libro: medir la influencia del nazismo germano en una de las figuras más seductoras de la política boliviana en la primera mitad del siglo XX. Llegaron a su auxilio los cables diplomáticos del embajador de Hitler en La Paz, el berlinés Félix Tripeloury, muerto en agosto de 1945 durante la ofensiva soviética sobre la capital.

¿Cuál fue el resultado?  He ahí precisamente el mayor imán para el lector, quien devora páginas y páginas ansiando arribar a la meta: ¿fue Busch un nazi?, ¿si fue así, que era plausible para la época, por qué le abrió el país a los judíos, esos perseguidos primordiales de Hitler?  Me disculpo por el spoiler y lo digo: no hubo tal. Brockmann dice en su descargo que el pensamiento de Busch es “inclasificable” y termina reconociendo que no hay evidencias de una vecindad de ideas con el nazismo. Entre la Bolivia de la posguerra y la Alemania de entre guerras no se dieron acercamientos sólidos, en gran medida, por la distancia geográfica, pero sobre todo por la insignificancia de nuestro país como aspirante a protagonizar algo más allá que no sean sus propias convulsiones partidarias. Quizás el mejor modo de graficar el desencanto de nuestro investigador sea recordando aquel viaje oficioso del padre de Busch a su país en 1939. Don Pablo toma un barco hasta Hamburgo a fin de negociar un préstamo bancario para Bolivia. Ya en la capital germana, le informa a su hijo-presidente sobre un desfile de la legión Cóndor, una conversación con el ministro de Exteriores y una función de ópera en la que el emisario beniano-sajón le regala a Hitler una “colcha de vicuña”. Muero por ver alguna foto del Führer ataviado con ella.

Sin embargo, Robert arriba a un núcleo inesperado y completamente agradecible de su libro. Nos regala un retrato de la personalidad de Busch, de su inestabilidad emocional y cómo, a tientas, se va transformando en un nacionalista sustancial. Al mismo tiempo, nos hace un diagnóstico del modo atrabiliario en que funcionaba la política boliviana, actividad más parecida a un duelo de pistoleros que a un intercambio de perspectivas. El producto es tan colateral como fascinante. Busch reaparece como la conciencia nacional que trastabilla en su búsqueda afanosa por servir mejor el interés de la patria. Y así, esos disparos angustiantes al amanecer, lo comprendemos, terminaron por abrir brecha a las huestes insurrectas del 52.

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