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La derrota de Orban

Carlos Decker-Molina

Está bien, se debe aplaudir la victoria de los europeístas frente a los iliberales en Hungría, pero no se trata se ganar una elección, se debe observar sin apasionamiento la vigencia del iliberalismo.

¿Acaso Maduro en Venezuela no fue también un iliberal? No tengo dudas que hay iliberalismo que puede reclamarse de izquierda o el otro, el de Orbán.

La democracia frente al iliberalismo es una crisis de fondo, intento una explicación:

El caso de Viktor Orbán es paradigmático no por su excepcionalidad, sino por su capacidad de anticipación. Hungría no es una anomalía en el sistema europeo, sino un laboratorio adelantado de lo que ocurre cuando la democracia pierde sus defensas internas.

Objetivamente, Orbán no destruyó la democracia; la reconfiguró. Mantuvo elecciones, preservó una retórica constitucional y, sin embargo, subordinó el poder judicial, domesticó a la prensa y convirtió al Estado en una extensión del partido, como lo hizo el orteguismo en Nicaragua.  Ese es el verdadero giro: La institucionalización del iliberalismo dentro del marco democrático.

La mutación interna de la democracia hacia formas iliberales que conservan su apariencia mientras altera su sustancia.

¿Qué hacer?

El error de época: nombrar mal la crisis

Una de las grandes debilidades de las democracias contemporáneas es su incapacidad para nombrar con precisión el fenómeno que las amenaza. Se habla de “populismo”, de “deriva autoritaria”, de “crisis institucional”, como si se tratara de anomalías pasajeras o desviaciones corregibles dentro del mismo sistema. No lo son.

El iliberalismo no es una ruptura externa del orden democrático, sino una mutación interna. No llega desde fuera, porque emerge desde las propias fallas estructurales de la democracia liberal. Es, en este sentido, un producto endógeno. Es una criatura monstruosa nacida en la placenta democrática.

Reducirlo a irracionalidad política o manipulación emocional equivale a un acto de ceguera voluntaria. Lo que se expresa en el voto iliberal no es simplemente ignorancia, sino una experiencia acumulada de desprotección, desposesión y pérdida de control.

La democracia vaciada, entonces el poder se desplaza

La crisis de la democracia no puede entenderse sin atender a un desplazamiento fundamental, es decir es la separación entre poder y política.

Durante la segunda mitad del siglo XX, el equilibrio entre Estado, mercado y sociedad permitió a las democracias occidentales sostener una promesa básica, la política tenía la capacidad de intervenir en la economía para corregir desigualdades y garantizar cohesión social. Ese equilibrio se ha roto.

El poder efectivo —económico, tecnológico, financiero— se ha desplazado fuera del ámbito democrático, hacia espacios no sujetos a control ciudadano. La política, en consecuencia, ha quedado reducida a una función administrativa, es decir gestionar lo que no decide.

Aquí resulta pertinente la lectura de Byung-Chul Han, el neoliberalismo no solo reorganiza la economía, sino que produce un nuevo tipo de sujeto. Un individuo que interioriza el fracaso como culpa propia y desactiva así la posibilidad del conflicto político. La explotación ya no es externa; es autoimpuesta.

Por su parte, Slavoj Žižek advierte que el sistema genera sus propias formas de antagonismo. El iliberalismo no es una anomalía, sino la respuesta distorsionada a una estructura que ha vaciado de contenido a la democracia.

La confusión estructural: democracia como sinónimo de mercado

Uno de los núcleos ideológicos de la crisis reside en la identificación progresiva entre democracia y capitalismo desregulado (neoliberalismo).

Esta equivalencia, nunca del todo explícita pero ampliamente asumida, ha producido una inversión conceptual de largo alcance; la democracia ha dejado de ser un sistema político capaz de limitar al mercado para convertirse en su garante institucional.

En este marco, la política pierde su función arbitral. Ya no decide entre intereses en conflicto; se limita a asegurar condiciones de estabilidad para el funcionamiento del mercado.

El resultado es una paradoja, mientras la democracia sobrevive formalmente, pierde sustancia material.

Es en ese vacío donde el iliberalismo encuentra su oportunidad. Su promesa no es ideológicamente sofisticada, pero sí políticamente eficaz. Simplifica señalando con el dedo, recuperar la soberanía, restaurar el control, reponer una comunidad política percibida como disuelta. No a la inmigración. La proclaman como el caldo de cultivo de la delincuencia, etc.

Que esta promesa se articule a costa de las libertades y de los contrapesos institucionales no la debilita en términos de adhesión social; por el contrario, la refuerza en contextos de incertidumbre.

El retorno de la política como excepción

El iliberalismo no elimina la política; la reconfigura. Sustituye la política deliberativa por una política de excepción permanente. Decretos en lugar de leyes, controles directos e indirectos de la prensa en general.

En lugar de instituciones, ofrece liderazgo.
En lugar de mediaciones plantea la polarización.
En lugar de normas, ejecuta decisiones.

Su lógica no es la del equilibrio, sino la de la confrontación. Y esa lógica resulta verosímil para sectores que perciben la democracia como un sistema incapaz de responder a sus demandas, además lento y dialogante.

El problema, por tanto, no es solo normativo —la erosión del Estado de derecho— sino funcional. Si, la democracia ha dejado de funcionar como mecanismo de resolución de conflictos. Por eso los pobres votan iliberal.

La respuesta democrática

La reacción de las democracias frente al iliberalismo ha oscilado entre dos estrategias igualmente insuficientes, primero la condena moral y segundo la defensa procedimental.

La primera reduce el problema a una cuestión de valores. La segunda confía en que las instituciones, por sí mismas, resistirán el embate. Ambas ignoran la dimensión material de la crisis un ejemplo actual es EE. UU. Hay quienes sostienen que una victoria del partido Demócrata devolverá los valores perdidos gracias al inquebrantable sostén de las instituciones, pero algunas de ellas han sido vapuleadas tan duramente que pasará muchos años de sanación democrática.

La defensa de la democracia no puede limitarse a preservar sus formas. Debe recuperar su contenido.

Esto implica, en primer lugar, restituir la capacidad efectiva del Estado. No en términos expansivos abstractos, sino como instancia capaz de regular dinámicas económicas desbordadas. Garantizar condiciones mínimas de igualdad e intervenir en procesos que hoy escapan al control democrático.

En segundo lugar, exige reconstruir la representación política. La descomposición de los partidos no es un fenómeno superficial; es la expresión de una ruptura entre sociedad y sistema político. Sin mediaciones sólidas, la política se transforma en espectáculo o en confrontación directa.

En tercer lugar, requiere reequilibrar la relación entre libertad e igualdad. La libertad desvinculada de condiciones materiales se convierte en una abstracción; la igualdad sin libertad degenera en autoritarismo. La tensión entre ambas no es un problema a resolver, sino una condición a gestionar.

Recuperar el contenido de la democracia pasa por aunar esfuerzos, la UE tendría que pasar a ser inspirador y ejecutor al mismo tiempo.

¿Un retorno al liberalismo social?

La apelación al liberalismo social aparece, en este contexto, como una referencia inevitable. Sin embargo, su recuperación no puede ser nostálgica.

El modelo de posguerra se sustentaba en condiciones históricas irrepetibles: Estados nacionales fuertes, economías relativamente cerradas, sociedades más homogéneas. Ninguna de esas condiciones persiste. Los iliberales se afanan por retornar a ese pasado tanto a la izquierda como a la derecha.

Lo que puede recuperarse no es la forma, sino el principio, es decir, la subordinación del mercado a decisiones políticas democráticamente legitimadas.

Esto supone repensar el papel del Estado en un entorno globalizado, regular nuevas formas de poder —especialmente las tecnológicas— y reconstruir un horizonte de cohesión social.

El riesgo de la simetría

Existe, finalmente, un riesgo que atraviesa toda respuesta democrática: combatir al iliberalismo adoptando sus métodos.

La restricción de libertades en nombre de su defensa, la instrumentalización del miedo, la erosión de garantías jurídicas, no fortalecen a la democracia; la desfiguran.

Cuando esto ocurre, la diferencia entre sistema y antisistema se vuelve borrosa. Y en ese terreno, el iliberalismo siempre tiene ventaja.

Conclusión: una democracia con poder

La disyuntiva no es entre democracia liberal e iliberalismo. La disyuntiva real es entre una democracia con capacidad efectiva de acción y una democracia reducida a su dimensión formal.

Si la política no recupera su capacidad de decidir sobre los procesos que afectan a la vida colectiva, el vacío será ocupado —como ya está ocurriendo— por formas de poder que prescinden de los límites democráticos.

El iliberalismo no es el fin de la democracia.
Es el síntoma de su vaciamiento.

Y, como todo síntoma persistente, no se elimina negándolo, sino transformando las condiciones que lo producen.

La democracia no debe elegir entre mercado o Estado, entre libertad o igualdad.

Debe reconstruir una idea más ambiciosa:

Una democracia con poder real, legitimidad social y límites institucionales claros.

Si no lo hace, el iliberalismo seguirá creciendo, no como ideología alternativa, sino como respuesta emocional a una democracia que dejó de cumplir sus promesas.

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