Blog Post

News > Opinión > Hugo José Suárez > Bicicleta: la experiencia de libertad

Bicicleta: la experiencia de libertad

Tengo que dar una conferencia en un evento de ciclistas. Hace unos meses preparé el resumen que titulé “pedalear es transformar”. Llega el día y no sé por dónde empezar. 

Sucede que para quienes amamos la bicicleta, es difícil focalizarse en una de sus bondades. Empiezo por la salud y termino en la ciudad, pienso en la creación y termino en el descubrimiento. Increíble que un instrumento tan sencillo, básico, mecánico, de más de un siglo de creación, pueda suscitar tantas cosas. Intentaré un orden.

Vivo en Ciudad de México, una de las más grandes del mundo, donde el tráfico es insufrible. Según algunos datos, es la cuarta urbe más lenta del planeta: la velocidad promedio es de 17 kilómetros por hora. Curioso, en bicicleta normalmente se va a 18 kilómetros por hora. Sí, más rápido. El 75 % de los viajes urbanos son menores a 10 kilómetros, que en bicicleta implicaría alrededor de media hora pedaleando -hay pocas pendientes-. 

La industria automotriz se vanagloria de ser una de las más dinámicas del país, crece y crece. En Ciudad de México en 1997 había alrededor de 850.000 vehículos, y para el 2022, 6.300.000. Aquí nada es más fácil que adquirir un coche, hay créditos generosos y planes tentadores, casi cualquier economía doméstica alcanza para adquirirlo. No es casual que tengamos regularmente contingencia ambiental con todas las implicaciones a la salud.

Siempre me he preguntado qué sucede con los coches que ya no funcionan. El dato que acabo de presentar habla del ingreso de vehículos a la ciudad, no de su salida. No conozco auténticos cementerios de automóviles, así que imagino que simplemente se van quedando en casas y calles como chatarra. 

Alguna vez vi el presupuesto de inversión pública para la construcción de avenidas y estacionamientos -lamentablemente no anoté el dato-, que comparado con lo asignado al peatón, a los parques o a las ciclovías, el resultado era escandaloso. 

En fin, se puede abundar en la información sobre el daño que hace a una ciudad la presencia de los automóviles. El “paradigma cochista” -y la industria que lo sostiene- es de los mayores problemas que se enfrenta en la actualidad. 

Pero hay más. Otra entrada es centrarse en la “ilusión de la virtualidad” que hoy es tan común. Me explico.

La sociedad contemporánea ha impreso una nueva naturaleza a la experiencia humana: el internet. Hoy se siente a través de la red, se vive en ella, se piensa con ella. Estamos tan atrapados que no nos damos cuenta de lo que hemos perdido. Nuestras principales relaciones sociales atraviesan, se alimentan y sobreviven en aquellas plataformas. Somos felices si tenemos “like”, conocidos si tenemos seguidores, importantes si divulgan nuestras publicaciones. 

Y no es todo. Hemos perdido la noción del cuerpo. Algún autor señalaba que en un videojuego tenemos muchas vidas, no hay límite. Con una sencilla aplicación, podemos ser más gordos, flacos, altos, bajos, blancos, morenos, cambiar de género, tener cara de animal, ser de una cultura o de otra. El cuerpo dejó de ser un soporte de lo que somos, ahora es un resorte de lo que queremos representar. 

Nuestra relación con el mundo se da a través de la vista prisionera en una pantalla. No hay tacto, no hay sabor, no hay olor, si acaso oído. Vivimos una realidad amputada, que se nos presenta, ilusoriamente, como verdadera. 

¿Y esto qué con la bicicleta? Precisamente salir a pedalear nos devuelve la relación con el cuerpo. Montados en una bici todos nuestros sentidos están activados, sentimos el olor de las plantas, la tierra mojada, el sol, el cansancio, el frío, el viento. Nuestro cuerpo está, y nosotros en él. La magia de la bicicleta es que nos conecta a la vez con nosotros y con el entorno. Somos plenos en una ciudad, en un planeta. Y ni hablar sobre lo que descubrimos pedaleando en cualquier ciudad (lo dejo para otra entrada).

Hemos llegado a un punto de la humanidad en que para volver a ser humanos hay que buscar las formas, los “artefactos liberadores” que nos recuerden que somos un puñado fabuloso de materia viva. La bicicleta, en ese sentido, es una “herramienta convivial” (decía Iván Illich) que nos puede ayudar a ser más civilizados.

Sí, estoy convencido de que “pedalear es transformar”, es resistir, es recrear, es soñar, y es reconectar. Pero sobre todo, lo dice Marc Augé, es “una extraordinaria experiencia –y exigencia, añadiría yo– de libertad”.

Hugo José Suárez es sociólogo e investigador de la UNAM.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights