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El espejismo kurdo

Carlos Decker-Molina

Cada cierto tiempo, cuando en Washington se discute la posibilidad de debilitar o provocar el colapso del régimen iraní, reaparece una idea que parece lógica sobre el papel, utilizar a las minorías étnicas del país como catalizadores de una rebelión interna. Entre esas minorías, los kurdos suelen ocupar un lugar central en los análisis estratégicos de la Casa Blanca. Su historia de resistencia, su presencia en varios países del Medio Oriente y su experiencia militar reciente en Siria e Irak parecen convertirlos en un candidato natural para desempeñar ese papel.

Sin embargo, esa hipótesis —repetida por analistas, estrategas y comentaristas— descansa más en una ilusión geopolítica que en una realidad política.

Los kurdos de Irán difícilmente podrán convertirse en el detonante de un cambio de régimen. Las razones son históricas, sociológicas y estratégicas.

En primer lugar, la situación de los kurdos iraníes es distinta de la de sus hermanos en Turquía, Irak o Siria. Aunque forman una minoría significativa —entre ocho y diez millones de personas— su integración en el Estado iraní ha sido históricamente más compleja y menos conflictiva que en otros países de la región.

Durante siglos, los imperios persas gobernaron las regiones kurdas mediante sistemas de autonomía tribal, permitiendo un cierto margen de autogobierno local. Esa tradición, aunque erosionada por el Estado moderno y teocrático, dejó una memoria política diferente a la que existe en Turquía, donde el nacionalismo kurdo se desarrolló en abierta confrontación con el poder central que los consideraba “turcos montañeses”, además no les permitían hablar su lengua.

Los kurdos de Irán no constituyen un bloque homogéneo. Existen diferencias lingüísticas, tribales y religiosas que han dificultado la formación de un movimiento nacional cohesionado.

Muchos hablan la variante sorani del kurdo, pero también existen comunidades que utilizan otros dialectos. A ello se suma un elemento fundamental, una parte importante de los kurdos iraníes es suníta, también hay sectores chiítas, especialmente en regiones como Kermanshah. Esa diversidad religiosa reduce la fractura absoluta con el Estado iraní, cuya legitimidad política se apoya en el islam chiíta.

El único intento serio de independencia kurda en Irán fue la efímera República de Mahabad en 1946, un pequeño experimento estatal apoyado por la Unión Soviética que desapareció cuando Moscú retiró su respaldo. La experiencia dejó una marca profunda en la memoria política kurda, pues, sin apoyo internacional sostenido, cualquier intento de secesión estaba condenado al fracaso.

Los partidos kurdos iraníes actuales —como el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (KDPI), Komala o el PJAK— tienen una capacidad limitada. Muchos de sus cuadros operan desde el Kurdistán iraquí y su presencia dentro de Irán es restringida. La Guardia Revolucionaria mantiene una vigilancia constante sobre las zonas kurdas y ha desarrollado un aparato de control que combina presencia militar, inteligencia y cooptación local.

A diferencia del PKK en Turquía o de las fuerzas kurdas de Siria, los movimientos kurdos iraníes no poseen una estructura militar ni un liderazgo capaz de sostener una insurgencia prolongada contra el Estado.

A ello se suma un factor que suele subestimarse en los análisis occidentales y es la memoria histórica de las traiciones internacionales. Los kurdos han sido utilizados repetidamente como instrumento táctico por potencias extranjeras y abandonados cuando cambian las prioridades estratégicas.

En 1975, Estados Unidos e Irán retiraron su apoyo a los kurdos iraquíes tras el acuerdo de Argel entre el Sha y Saddam Hussein. En 1991, durante la Guerra del Golfo, Washington alentó una rebelión contra Saddam y luego observó sin intervenir cómo el régimen iraquí aplastaba a los insurgentes. Más recientemente, en 2019, Estados Unidos permitió que Turquía atacara a las fuerzas kurdas en Siria, a pesar de que estas habían sido aliados clave en la lucha contra el Estado Islámico. Los kurdos sirios fueron el eje principal de la victoria sobre el Estado Islámico. Pero, Turquía no lo quiere al lado de su frontera y el gobierno actual tampoco. EE.UU. simplemente los abandonó.

Estas experiencias han dejado una profunda desconfianza hacia las promesas de apoyo externo.

Por otra parte, el propio Estado iraní posee características que dificultan un colapso provocado desde las periferias étnicas. No se trata de una dictadura convencional ni de un régimen monolítico. El sistema político iraní funciona como una estructura de múltiples capas: el liderazgo religioso, la Guardia Revolucionaria, las redes económicas vinculadas al Estado, la burocracia civil y los mecanismos electorales controlados forman un entramado complejo de poder.

Este sistema no depende exclusivamente de la coerción militar. También se apoya en estructuras sociales, económicas y clientelares que penetran en la vida cotidiana del país. Incluso en regiones periféricas como las zonas kurdas, el Estado teocrático mantiene presencia institucional y redes de influencia.

Por ello, la idea de que una insurgencia kurda podría desencadenar un colapso general del régimen responde más a una simplificación estratégica que a un análisis realista.

El problema central de muchos análisis en Washington es la tendencia a proyectar modelos de cambio de régimen que funcionaron —o parecieron funcionar— en otros contextos. Se supone que basta con armar a una minoría, estimular una rebelión y esperar que el sistema político se derrumbe como un castillo de naipes.

Irán no es Libia, ni Irak en 2003, ni Siria en 2011. Su estructura estatal es más sólida, su identidad nacional es más antigua y su aparato de seguridad es más sofisticado.

El llamado “factor kurdo” sigue siendo un elemento importante en la política regional, pero su capacidad para provocar transformaciones profundas dentro de Irán es limitada. Convertirlo en la clave de un cambio de régimen es, en el mejor de los casos, un cálculo optimista; en el peor, una ilusión estratégica.

En política internacional, los espejismos suelen aparecer cuando el análisis se subordina al deseo. El espejismo kurdo pertenece a esa categoría.

Y cuando las potencias externas intentan forzar ese proceso, el resultado suele ser el contrario del que esperaban.

Alguien que conoce esta historia le sopló al oído de Trump que desistió de la idea de comprometer a los kurdos en su lucha contra el régimen de Irán. Pero, con Trump nunca se sabe lo que pasa al otro día.

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