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Entretenidos en la era del scrolling

Despertamos. Algunos damos las gracias a Dios por un nuevo día, otros van al retrete a hacer pipí. De todas maneras, lo que sigue es encender la pantalla del móvil, ingresar a X, TikTok, Facebook o Instagram y comenzar a deslizar hacia arriba el dedo pulgar (o el índice, en el caso de algunas personas mayores) en ese ejercicio mecánico que, en inglés, se llama scrolling. Y comenzamos a escrolear (supongo que pronto la RAE asimilará este neologismo en su catálogo de palabras) por varios minutos (¿o varias horas?), algunos para enterarse de lo que hicieron sus contactos en las últimas horas, otros para leer noticias, otros para ambas cosas. Y otros por ningún motivo, simplemente porque hay que hacerlo. ¿Qué más se podría hacer?

Las redes cargan contenido sin fin. Podríamos escrolear todo el día, sin un segundo de descanso, y las “noticias” no terminarían nunca. Notas cortas de misiles balísticos, fotos de conocidos (que las redes les llaman “amigos”) al pie de la Torre Eiffel o presumiendo su compromiso nupcial, su boda en Cancún o su embarazo, obituarios, fotos de alguna ciudad islámica destruida o de perros-robot, videos tontos de gatitos y de “influencers” haciendo tonterías, anuncios publicitarios de bancos o agentes inmobiliarios, opiniones políticas que en minutos serán olvidadas o anuncios de perritos extraviados o vagabundos que necesitan un hogar… Encontramos de todo mientras ejecutamos ese mecánico ejercicio en que el pulgar es el protagonista. Y mientras nuestro pulgar escrolea sin descanso, como un remador infatigable que debe llegar a alguna orilla, los administradores de redes sociales monetizan aquella empedernida pero mediocre faena del dedo más pequeño de la mano.

Estímulos rápidos excitan nuestra mente (y la agotan): una explosión en Medio Oriente, un atraco captado por una cámara instalada en un poste, un video idiota que es tendencia, un perrito extraviado, un vientre de mujer embarazada siendo besado por un hombre, una muerte prematura… No hay manera de no detenerse en alguno de aquellos. Incluso los hombres más cultos y serios sucumben a esas celadas digitales revestidas de inofensiva información.

Empero, no solo consumimos ese contenido: también lo creamos. Pues luego de desperezarnos y tomar el desayuno, vamos al trabajo y el profesor toma una foto de su clase para su historia de Facebook, el cirujano se toma una foto con el paciente anestesiado en la sala de operaciones, el escritor toma una foto de su libro y su café (ambos para su historia de Instagram) y el maestro de yoga se graba un video de 15 segundos para su TikTok. Sin darse cuenta, todos ingresaron en una cultura de nivelación (hacia abajo).

El fenómeno afecta, por ejemplo, a la música y el periodismo. ¿Quién recuerda que antes cada sencillo debía tener su correspondiente videoclip? Ahora los artistas, acosados por la aceleración de la vida, lanzan álbumes sin videos; con una carátula o fotografía remplazan lo que antes debían ser videos para cada una de sus canciones. O los reemplazan con videos más caseros, que son tenidos como más “auténticos”: stories naturales con música de fondo grabadas en sus habitaciones o fragmentos de shows en vivo. ¿Y quién no sabe que antes los periódicos publicaban textos más largos, como crónicas o reportajes en profundidad? Pero ahora pedirles a los lectores que se queden en una sola página durante unos 8 o 10 minutos, que es lo que dura la lectura de un texto relativamente largo, es realmente difícil.

El precio que pagamos por todo esto es cognitivo y emocional. Cognitivo, porque la información que consumimos escroleando es generalmente información de baja calidad: superficial y breve (o directamente falsa). Emocional, porque viendo las redes nos comparamos constantemente con la “feliz” vida que los demás exhiben en redes, generándose en nosotros insatisfacción o ansiedad. No pretendo desacreditarlas totalmente, pues usadas con sabiduría pueden ser beneficiosas… Pero, seamos sinceros, ¿quién usa las redes con sabiduría? Como la energía atómica o los machetes, las redes de información digital pueden servir también para desgraciarnos la vida, y nos la están desgraciando ciertamente (sobre todo a los más jóvenes).

¿Desaparecerán los videoclips o las largas crónicas periodísticas? No creo. Pero sí pienso que se convertirán en contenido de nicho (para un cierto público). Lo que preserva profundidad y calidad, ayer masivo, está destinado a ser menos masivo, pero no a desaparecer del todo. La calidad siempre prevalecerá… pero solo para algunos.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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